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 BENARES
  Microcosmos de la India
Benares. Microcosmos de la India   
   Si hubiera que elegir una ciudad que representara la quintaesencia de la India, ésta sería sin lugar a dudas Benares. Modelada por el Ganges y volcada al Ganges, el río más sagrado del Indostán, sus calles y casas, sus templos y escalinatas, sus chabolas y palacios hierven de gentes venidas de todos los rincones del país en peregrinación, con el fin de darse un baño ritual en las aguas del río. O para morir en la paz de sus orillas y, tras ser aventadas sus cenizas en la corriente, poder franquear las puertas de la eternidad.
   Benares es un crisol donde se funden, en bullicioso caos, todos los pueblos, castas y religiones del subcontinente indio, con sus contradicciones, su espiritualidad y sus miserias.
  
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Indices de fotos
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Indice de textos
El río Ganges, diosa-madre de la India
Benares. Meca del hinduismo
Breve historia de Benares
Inmersión en Benares
    Los ghat. Escaleras al Paraíso
    El Chowk. Bazar de las sorpresas
    Apuntes callejeros
    Incidentes de viaje en rickshaw
    Templos vivientes, palacios agonizantes
La bendición que cayó sobre Sarnath
Otras exposiciones de fotos de la India en fotoAleph
   


 
  
   Vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.
   Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto...

                                                                             (Jorge Luis Borges, extractos de El Aleph)




   Vi el sagrado río Ganges, diosa y madre de la India, a su paso por la ciudad santa de Benares. De todo el país venían peregrinos a sumergirse en sus aguas en baños rituales de purificación.
   Y en las escalinatas de sus orillas se agolpaban hombres y mujeres, niños y ancianos, de todas las edades, de todas las castas y clases, unidos por una misma fe.
   Vi incinerar sus difuntos en las piras de cremación, y aventar sus cenizas en las aguas del río, al tiempo que entonaban un antiguo cántico:
   “Como el hombre deja los vestidos viejos para tomar otros nuevos, así el espíritu abandona los cuerpos viejos y se interna en los nuevos.
   Ni le hieren las armas, ni le quema el fuego, ni le mojan las aguas, ni le marchitan los vientos”.
  
  
  
    
 
   Tus Dioses te han envuelto como en un sudario, 
Sagrada Benares, donde desde el alba hasta la noche, 
Desde la calle coronada de mezquitas y la colina rebosante de templos, 
Vibran los bulliciosos murmullos de la muchedumbre, 
resonando con fuertes ecos sobre el venerado Ganges; 
Mientras en el hondo refugio de las capillas ceñidas de flores, 
Siempre la Forma callada, en calma divina, 
Se cierne sobre las cabezas de los suplicantes postrados ante ella. 
Pero el Río majestuoso avanza allá abajo, 
Sereno, implacable, transportando hacia el mar 
Las cenizas de aquellos que, dichosos en su muerte, 
En sus benditas orillas encuentran la Eternidad. 
Al final, el claro ocaso lanza una guirnalda de oro, 
Y la dulce Noche lo inunda todo silenciosamente. 
 
   C. A. Kelly (siglo XIX) 
 
 
 
1.  El río Ganges, diosa-madre de la India
 
   
   Ultra Aurora et Ganges, 'más allá de la aurora y del Ganges'. En esas cuatro palabras está el Oriente para nosotros.
   
   (Jorge Luis Borges, Siete noches)
   
   
   En un país castigado por interminables sequías entre monzón y monzón, el agua no sólo es un bien sumamente apreciado sino que su llegada se agradece como si fuera un don divino. Así, a lo largo y ancho de la India, los ríos, lagos, estanques, manantiales, albercas y depósitos de agua detentan un carácter especial cercano a la sacralidad. Estas aguas dulces son el único recurso de que disponen para vivir millones de familias, cuyos medios de subsistencia están enraizados en la agricultura. Por eso los cursos y embalses de agua se respetan y se veneran, además de ser utilizados para la higiene cotidiana de sus habitantes, y para ejecutar ritos de purificación. Cada amanecer en la India es testigo de la afluencia masiva de los nativos a las aguas del estanque o río más cercano a sus hogares, para proceder a la limpieza corporal matutina, que al mismo tiempo es un lavado espiritual. Grandes escalinatas de piedra (los 'ghat') conducen al agua y sumergen sus gradas bajo la superficie, con lo que el devoto puede entrar con comodidad en el líquido elemento y practicar a conciencia sus abluciones. 
   De todos los ríos sagrados de la India, el más sagrado es el Ganges. Con sus dos mil quinientos kilómetros de recorrido, desde la remota Gangotri en el Himalaya hasta su desembocadura en el golfo de Bengala, es el más largo y caudaloso del subcontinente. La mitología hindú ve en el Ganges la materialización en la Tierra de una divinidad femenina: Ganga Ma, o la Madre Ganga, diosa-madre de la India. Los relatos sobre su origen difieren, según sigan la tradición vishnuita o sivaita, pero esto es lo habitual en la complejísima teogonía brahmánica, donde dioses, diosas, ángeles y demonios tienen, como ocurre con los dioses del Olimpo, sentimientos y emociones semejantes a los de los humanos, combaten entre sí por la hegemonía o son presa de contradicciones, odios y pasiones amorosas. La leyenda más común es (resumida) la que afirma que Ganga era un río celeste, antes de descender a la Tierra a instancias de Brahma. La fuerza del choque de las aguas podría destruir la Tierra, a no ser que Siva lo impidiera. Irritada por la jactancia de Siva, que presumía de poder resistir su empuje, Ganga se lanzó con todo sus ímpetu sobre el dios, con la intención de arrastrarlo hasta las regiones infernales. Pero Siva extendió con la mano un mechón de sus largos cabellos de asceta, y pudo contener el golpe, apresando a la diosa en su cabellera. Más tarde la dejó escapar. Ganga dio tres vueltas al monte Meru, el ombligo del mundo, y se derramó sobre la tierra, con gran júbilo de los humanos, los dioses y las criaturas celestes, dividiéndose en los siete ríos del mundo. 
   La diosa Ganga suele ser representada como una figura femenina que asoma su cabeza por la cabellera de Siva. Asociada a su afluente principal, el también sagrado río Yamuna, forma iconográficamente una pareja de jóvenes doncellas que suelen flanquear la puerta de entrada a los templos, de pie y adosadas a sus jambas. Ganga sostiene un cántaro con agua del río, se protege con un parasol, y cabalga sobre un 'makara' o monstruo acuático. Yamuna, a su lado, es muy similar en todo, excepto en que monta sobre una tortuga. Ganga está relacionada con la luna, y Yamuna con el sol. 
   A lo largo de las riberas del Ganges se levantan poblaciones, monasterios y lugares santos, como Rishikesh, Hardwar, o Allahabad, la antigua Prayaga ('confluencia'), ciudad asentada en el punto donde el río Yamuna confluye con el Ganga. Pero la ciudad santa por excelencia, entre las que tienen el privilegio de ser tocadas por la bendición de sus aguas, es Varanasi o Benares. 
 
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2.  Benares. Meca del hinduismo
 
   Benares, conocida también con los nombres de Banaras, Varanasi, y Kasi (topónimo histórico éste último que proviene de cuando la ciudad fue corte del antiguo reino de Kasi), es la capital del distrito de Varanasi, en el estado de Uttar Pradesh, en la mitad norte de la península india. Su abigarrada y densa urbanización se levanta en la orilla izquierda del Ganges, siguiendo la curva de un amplio meandro que se abre paso hacia la parte central del fértil valle regado por sus aguas. Unos 800 kilómetros la separan de Delhi y 700 de Calcuta, metrópoli muy cercana a la desembocadura del río. 
   Para los hindúes, el río más sagrado es el Ganges, y Benares, bañada por su caudal, la ciudad más santa de la India. Esta sacralidad es también reconocida por los budistas, pues fue aquí cerca donde el Buda Siddharta Sakyamuni pronunció su primer sermón a sus cinco discípulos tras alcanzar la iluminación, y 'puso en marcha la Rueda de la Ley'. E incluso por los jainistas, cuyas leyendas sitúan aquí el nacimiento de dos 'tirthankaras' o proto-santos de la religión jain. Según los budistas, Rama, una de las diez encarnaciones del dios Vishnu en la Tierra, fue rey de la ciudad de Varanasi, si bien la tradición hinduista sostiene que Rama nació y reinó en Ayodhya. 
   El frente compacto de casas, templos, mezquitas, palacios y ghat (escalinatas que se sumergen en el río) que da a la ribera del Ganges, donde Benares se baña y se mira en el espejo de sus aguas, será uno de los más hermosos paisajes urbanos que puedan contemplarse en la India. Su sucesión de setenta y cuatro escalinatas, a lo largo de más de siete kilómetros, bulle de vida, y exhibe el inacabable espectáculo de los baños rituales y las ceremonias de ofrenda a la diosa Ganga que se produce a todas horas, desde antes de la salida del sol hasta bien entrada la noche. BenaresEl paraje más concurrido por los fieles es el ghat central de Dasashvamedha, en el que desemboca la arteria principal del núcleo urbano de Benares, consagrado al 'sacrificio de los diez caballos' realizado por el dios Brahma, creador del universo, para implantar su soberanía. En torno a esta escalinata se elevan casi 700 templos y templetes, entre los 1.500 que hay en la ciudad. 
   Un baño en las escalinatas que dan al Ganges lava al hindú de todos sus pecados, le purifica y le pone en condiciones de poder solicitar la bendición de los dioses en el templo. Si un hindú muere a orillas del río y, tras la cremación, sus cenizas son esparcidas sobre el agua, su alma rompe el ciclo de reencarnaciones, la infinita cadena de nacimientos y muertes a que todo ser vivo está sometido, y puede liberarse y alcanzar la beatitud eterna. 
 
   La ciudad está rodeada por un circuito de unos 60 kilómetros de perímetro, llamado Panchakosi, que todo fiel hindú debe recorrer, así como debe visitar Benares al menos una vez en la vida, y a ser posible ir allí a morir a edad avanzada. Todos los años, miles de personas efectúan a pie esta circunvalación a la ciudad en seis etapas, tras haberse purificado en las aguas benditas del río. Cada etapa dura un día, y para estos hombres y mujeres, morir en el transcurso de este recorrido es la mejor forma de morir que podría desear un ser que busca la verdadera liberación. 
   A lo largo de la historia, Benares ha sido un gran foco de irradiación de la cultura y la religiosidad hindúes. Grandes literatos como Kabir o Tulsidas compusieron aquí sus obras. Tulsidas, poeta del XVI, es recordado en lápidas conmemorativas en varios templos por ser el primero en traducir el Ramayana del sánscrito al hindi, lo que en su tiempo le valió el rechazo de los hindúes ortodoxos por el hecho de haber trasladado un texto sagrado a una lengua vulgar. La oportuna intervención de Siva y Rama, realizando milagros en señal de aprobación, acabó con estas reticencias y desde entonces el Ramayana se recita y canta en hindi. Las artes, las letras, la música y la danza fueron disciplinas pujantes en las escuelas de Benares (sus músicos y bailarines aún tienen hoy día prestigio internacional), y ejercieron una decisiva influencia sobre múltiples aspectos de la civilización india, llegando hasta sus más alejados rincones. 
   La influencia es recíproca, pues como meta del peregrinaje de la vida, Benares ha absorbido en su seno a gentes venidas de todos los puntos de la India, muchas de las cuales han fijado allí su residencia. Esto ha propiciado que la ciudad goce de unas características propias que en cierto sentido podríamos calificar de cosmopolitas. Una multiculturalidad polifacética, en la que se codean en apretada simbiosis todos los credos y costumbres del subcontinente indio. La población de origen islámico es importante, alrededor de un tercio del total, aunque las familias musulmanas tienden a vivir en barrios diferenciados, en zonas específicas; sus relaciones de convivencia con los hindúes dejan a veces que desear, dándose periódicamente conflictos y brotes de violencia entre ambos colectivos, tal como ya contaba Kipling a fines del XIX en sus relatos cortos ambientados en la India. También habitan en Benares nutridas poblaciones de miembros de otras religiones más minoritarias, como los budistas, los jainistas y los sijs. 
   Entre los innumerables templos que puntean con sus sikharas (características torres en forma de pan de azúcar) el skyline de la ciudad, los más venerados son el de Vishvanatha, o Templo de Oro, dedicado a Siva, patrón o divinidad tutelar de Benares; el de Annapurna, bajo la advocación de la diosa Kali en su aspecto benévolo; el de Sankatmochana, consagrado al semidiós mono Hanuman, fiel servidor de Rama; y el de la diosa Durga, consorte de Siva. Las mezquitas musulmanas, con sus inconfundibles cúpulas y minaretes, rivalizan con los templos hindúes en número y magnificencia: las más importantes son las construidas por Aurangzeb y Alamgir. 
   Actualmente la ciudad alberga tres universidades y numerosos colegios de enseñanza superior.
  
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3.  Breve historia de Benares
 
   Las excavaciones han revelado que Benares es uno de los más antiguos asentamientos humanos del valle del Ganges. Sin embargo, la epigrafía más antigua que menciona el legendario reino de Kasi, del que era la capital, se remonta a la literatura védica tardía del siglo VIII a C. En esa época se suele situar la fundación de la ciudad. Benares creció y se convirtió en una capital importante ya en tiempos del príncipe Siddharta, el fundador del budismo (siglo VI a C), como lo demuestran las extensas y refinadas ruinas búdicas de Sarnath, hoy absorbidas por los arrabales periféricos de la ciudad. En Benaresaquel momento Benares constituía una especie de muro de contención entre los imperios de Kosala y Maghada, aunque fue pronto anexionada a éste último. En el siglo III a C, el célebre emperador Ashoka, convertido a la nueva fe y que hizo del budismo la religión oficial del país, mandó construir en Sarnath un 'stupa' (el Dharmarajika) para custodiar las reliquias de Buda. Entre los muchos 'pilares de Ashoka' que jalonan sus dominios, destaca por su magnificencia el que erigió en Sarnath, con inscripciones en su fuste de arenisca pulimentada, y un capitel, o más bien coronamiento de columna, formado por cuatro soberbios leones sosteniendo el 'dharmachakra' o Rueda de la Ley, capitel cuya imagen se ha convertido en el escudo oficial de la India. 
   Durante la tenida como 'edad de oro' o periodo clásico de la historia de la India, coincidente con las dinastías gupta y post-gupta (siglos IV - VI  d C), Benares fue un esplendoroso centro cultural, educativo y artístico. Xuanzang, un peregrino budista procedente de China que visitó la ciudad en el siglo VII, testimonió que aunque la mayoría de sus habitantes adoraban al dios hindú Siva, aún vivían en Sarnath 1.500 monjes budistas, de la rama theravada. Dejó también escrito que junto a un árbol sagrado vio montones de huesos humanos, restos de aquellos devotos que se habían quitado la vida y cuyas cenizas habían sido arrojadas al Ganges con el fin de obtener la liberación del 'atman' (alma) y la salvación eterna. Se conocen también otras inscripciones, datadas en el siglo VI, que hablan de suicidios en las orillas del río. Al-Biruni, un estudioso árabe, apuntó que ascetas y anacoretas de todo el país arribaban a Benares a instalarse en sus calles para esperar allí el fin de sus días. 
Benares   Benares recuperó en el siglo XII su rango de capital, esta vez bajo los gahadavalas. Muchos de los rituales hinduistas que aún se practican hoy en las escalinatas del Ganges se remontan a esta época, así como algunos lugares sagrados, ghat y festivales. A partir de 1194, la ciudad experimentó una fuerte crisis durante los siglos de ocupación de los sultanes musulmanes con sede en Delhi, provocando la diáspora de sus más eminentes sabios y artistas de religión hindú, lo que acarreó un marcado retroceso cultural. Los sultanes destruyeron sistemáticamente en todo el norte de la India los templos, capillas y centros pertenecientes al culto hindú, y como consecuencia de ello ninguno de los monumentos de Benares se remonta a más atrás del siglo XVIII. Hubo, sin embargo, en el siglo XVI, un paréntesis donde se produjo un renacer temporal, fomentado por la tolerancia religiosa del gran emperador mogol Akbar, con sus actividades de mecenazgo para con las artes y las ciencias. Sabios (pandits), maestros y estudiantes acudieron de regreso a las aulas, y la ciudad se convirtió de nuevo en el más importante foco de enseñanza de la cultura sánscrita en el país. Este renacimiento fue una vez más abortado por el régimen rigorista del emperador Aurangzeb, el último gran mogol, en el siglo XVII. Hubo por fin una última revitalización bajo la dinastía de los marathas, que restauraron el poder hindú y reconstruyeron los templos. 
   Benares se convirtió de nuevo en capital de un estado en 1910 bajo la dominación británica, con base en la fortaleza de Ramnagar, levantada en la orilla opuesta del río, pero sin jurisdicción sobre la ciudad. En 1949, al poco de obtener la India la independencia de los británicos, el estado de Benares fue incorporado al estado de Uttar Pradesh. 

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4.  Inmersión en Benares
 
   Pero ¿cómo transcurre hoy día la vida cotidiana en una ciudad como Benares? Responder a esta pregunta es tarea poco menos que imposible, aunque haremos un intento de aproximación reproduciendo con pequeñas pinceladas, al modo puntillista y sin ningún ánimo de generalizar, el cuadro que un visitante puede contemplar al sumergirse de lleno en el caótico laberinto de sus calles y sentir de cerca el hálito humano de sus habitantes. 
   Digamos de entrada que si el visitante desea poder dormir, le conviene quizá alojarse en el Cantonment, el Acantonamiento de los británicos, un Benaresbarrio de bungallows y villas ajardinadas en las afueras de la ciudad, separado y aislado del ensordecedor bullicio de los barrios de población nativa de Benares. Así lo hacían los ingleses antes de la independencia de la India, que convivían juntos pero no revueltos con los indígenas sometidos a su régimen, siendo éstos confinados en otras barriadas como ciudadanos de segunda categoría. (En Simla, ciudad de montaña y capital de verano del gobierno británico desde 1865, adonde los colonos mandaban a sus esposas y familiares hacia el mes de marzo en cuanto empezaban a apretar los calores del verano, hay una céntrica y amplia avenida, 'the Strand', por la que sólo podían circular los británicos, mientras los indios, que trabajaban esencialmente como servidores, tenían el acceso prohibido a la misma). 
   Hoy todo esto ha cambiado, y la creciente marea humana de los pobladores de Benares ha inundado todos los barrios de la ciudad de antaño y desbordado sus límites, extendiéndose sin orden ni freno en caóticos arrabales de casas destartaladas, chabolas y chamizos, en un proceso que no tiene visos de parar y que afecta de igual manera a todas las grandes ciudades indias. A la galopante superpoblación que se apretuja como puede en calles y edificios, en el caso de Benares hay que añadir la inmensurable población flotante de peregrinos (entre 300.000 y 400.000 por año, o más aún si el año coincide con acontecimientos astronómicos como un eclipse de sol o una conjunción de planetas) que arriba a sus calles procedente de todos los rincones de la India, y de la que un gran porcentaje se queda allí para siempre. 
   Nada más salir a la calle, el visitante se verá rodeado de una aglomeración de rickshaws y moto-rickshaws que esperan estacionados a la puerta de su alojamiento, y cuyos conductores se lo disputarán como cliente. A falta de terminología en español, aclaremos términos. Un 'rickshaw' es un vehículo de tres ruedas híbrido entre bicicleta y calesa (foto51). El ciclista pedalea en la bicicleta y, sin gasolina, sin motor, con la sola fuerza de sus músculos transporta un carro sobre dos ruedas enganchado detrás, en el que va cómodamente sentado sobre un cojín el cliente que desea trasladarse a algún sitio. El cliente puede ser un individuo o una familia entera, incluidos abuelos y nietos, y también se admiten equipajes. Las tarifas se conciertan previamente, o se dan por sabidas cuando se es un pasajero frecuente. Una carrera del Cantonment al ghat principal, que dista tres kilómetros, puede costar del orden de unas cuatro rupias para un nativo o veinte rupias para un extranjero (para hacernos una idea del nivel de precios dejemos sentado que cuando hablamos de rupias indias estamos hablando del equivalente a unos pocos céntimos de dólar; la rupia se divide en cien paisas). 
   Los 'moto-rickshaws' son un paso más en la evolución del transporte. En este caso el híbrido sería un cruce entre vespa y minibus, con diversas variantes. Incorporan un motor, y arrastran un carricoche de varias plazas cubierto con una carrocería de hojalata más o menos aerodinámica según modelos. Los moto-rickshaws, llamados también 'threewheelers' y apodados en clave de humor 'biscuters', suelen contar con viejos motores de queroseno de pésima combustión que arrojan por sus tubos de escape negras humaredas de monóxido de carbono, responsables en gran medida de la espesa contaminación atmosférica que cubre como una nube tóxica las modernas poblaciones indias. 
   Es normal compartir los moto-rickshaws con otros pasajeros, con el fin de repartir y abaratar el coste de la carrera. Y de paso intercambiar unas palabras con los compañeros de viaje que toquen en suerte, como pueden ser, pongamos por caso, un par de estudiantes de 'Cultura India y Religión', sánscrito y lingüística. Uno es hindú, el otro musulmán, amigos de universidad y buenos camaradas. Tras las preguntas de rigor (¿de dónde eres?, ¿cómo te llamas?, ¿qué edad tienes?, ¿estás casado?), instruyen al visitante de que Varanasi es una ciudad santa para hindúes y budistas. Que hay aproximadamente (este tipo de estadísticas han de tomarse con todas las reservas) un 60% de hindúes y un 40% de musulmanes. Que los budistas vienen a ser un 2%, y también hay sectores de población cristianos. Un agente de tráfico detiene al moto-rickshaw por haberse salido y estar circulando fuera de la zona autorizada a vehículos de motor. Echa una bronca al conductor, y luego le deja continuar por donde iba. 
   Rumbo a la orilla del Ganges, el tejido urbano se va haciendo más y más denso, sus calles más y más estrechas, conforme se va uno acercando al ghat principal. Donde no llegan los autobuses, pueden seguir los moto-rickshaws. Donde los moto-rickshaws no pueden meterse, se cuelan los rickshaws. Donde los rickshaws se paran, continúan las bicicletas y motocicletas. Y donde éstas no entran, siguen los peatones. La variopinta caravana progresa lenta y a trompicones. No podría ser de otra manera, habida cuenta del tráfico cruzado de carros tirados por cebúes, rebaños de búfalos de agua, cabras, perros y demás fauna imprevisible, o de la presencia de obstáculos como grupos de vacas sagradas sesteando plácidamente sobre el asfalto, o del constante entrecruzarse de miles de viandantes en todas las direcciones posibles de la calzada. Apeémonos del rickshaw unas manzanas antes del punto donde la aglomeración de vehículos, personas y animales se hace impenetrable. Estamos internándonos en la zona antigua de la ciudad, una gran muralla de vetustas edificaciones sobre colinas que asoman al río, perforada de innúmeras callejas a distintos niveles conectados entre sí por escaleras. No más poner el pie en tierra, un enjambre de jóvenes, a la busca de unas pocas rupias que les permitan sobrevivir un día más, ofrecerán al recién llegado un viaje en bote por el río, visitar tiendas de seda, servirle de guías, leerle las rayas de la mano, hacerle masajes, o suministrar cualquier cosa que pueda desear. 

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4.1
Los ghat. Escaleras al Paraíso

  
   La escalinata entra en el río,
el fuego entra en el río,
el hombre entra en el río.
Y el ser del río entra en su ser,
y en plenitud es ya ser con el Ser.

   
   (Clara Janés, Río hacia la nada)
  
   Al llegar al ghat principal, el Dasashvamedha, el visitante contemplará por primera vez el Ganges y desde ese momento empezará a sentir su misteriosa fascinación. Hasta ahora el río había permanecido oculto a la vista tras la espesa muralla de edificaciones de la parte vieja de Benares, que se asoma a sus aguas a la vez que las separa del resto de la ciudad. Esta muralla parece detener también el ruido: la ribera del Ganges contrasta como un remanso de paz tras haber surcado el estruendoso maremágnum de los barrios del centro. 
Benares   El paisaje se abre por completo a una gran llanura, cruzada por la vasta, serena y silenciosa corriente del Ganga Ma. El sol, jugando con las nubes, lanza por sus huecos abanicos de rayos de luz sobre la superficie gris de las aguas, y las viste de destellos dorados. Tras las estrecheces del callejeo urbano, los ojos pueden por fin mirar lejos, descansar en paisajes naturales. La orilla de enfrente está aparentemente despoblada. Es un arenal con una franja de vegetación al fondo, sin construcciones, tras cuyo horizonte sale cada mañana el sol. Un paisaje en todo opuesto al de la hiperurbanizada orilla izquierda, con sus altos palacios y sus anchas escalinatas invadiendo en vertical y horizontal hasta el último resquicio de tierra firme, y yendo más allá al penetrar en las honduras insondables del río. 
   Si es invierno, el caudal del Ganges estará muy bajo a causa del estiaje, y dejará descubrir las escalinatas en casi toda su extensión y profundidad. Si es época de monzones, las lluvias torrenciales harán crecer el caudal, y las aguas treparán por las escaleras hasta hacerlas desaparecer, inundando con su avenida todas las edificaciones intermedias. Casas, palacetes y templos enteros quedarán entonces bajo las aguas y el fango. Hay años en que las inundaciones rebasan los niveles máximos habituales y son catastróficas, con centenares de ahogados y terribles destrozos materiales. La fuerza de las aguas ha llegado a remover los cimientos de templos enteros, y se ven algunas torres-sikhara bamboleadas con una fuerte inclinación (foto63). 
   Las escalinatas, los ghat, están a todas horas invadidos de gentes que se bañan en el río, que ejecutan sus ritos de purificación y hacen sus 'puja' u ofrendas a la diosa Ganga. Hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos, de todas las clases, de todas las castas, venidos de toda la India, se reúnen en la inacabable sucesión de graderíos y, escalón tras escalón, se adentran en el agua. Se sumergen primero de medio cuerpo, luego de cuerpo entero, con una serie de chapuzones rítmicos que responden a un ritual fijo (foto03). En un momento dado beben el agua con grandes sorbos. Justo al lado, otros nativos se lavan los dientes, se enjabonan el cuerpo, o lavan sus ropas y las dejan a secar en las gradas, para volver a ponérselas una vez secas. Los varones entran en el agua en ropa interior, dhoti o langota. Un poco más allá los jóvenes juegan y se zambullen de cabeza en el río con gran algarabía. Compiten nadando, chapotean, se gastan bromas, se lanzan un balón. Los niños se bañan desnudos. Las mujeres se bañan en los mismos ghat que los hombres, sin espacios claramente separados como suele ser preceptivo en otros lugares. Algunas se desprenden de la parte superior del sari y dejan sus pechos al aire, otras se meten al agua con todo el sari puesto. Una anciana de edad muy avanzada tiene que ser ayudada por otras mujeres para acceder al agua y para ser sacada de vuelta. Se ve a una señora derramar el agua de un pequeño cántaro de cobre sobre el agua del río, mientras susurra una letanía de cara al sol (foto10). Tras el baño, las mujeres se secan, se visten con ropas nuevas, se peinan con minuciosidad sus largas cabelleras negras como el azabache, se vuelven a poner pulseras y peinetas. Pinzas, gafas, relojes de pulsera. Los hombres no les van a la zaga en cuanto al cuidado de su aseo personal. Se cambian y se lavan su ropa interior en el río. Se visten, peinan y acicalan con esmero, se aplican aceite de coco en el cabello. Vuelven del río limpios y relucientes, con ánimos renovados para emprender sus tareas cotidianas, la diaria lucha por la supervivencia en la gran ciudad. 
Benares   Una larga barcaza de madera pintada de colores transporta un grupo de hombres y mujeres vestidos de negro. Puede uno pasarse días enteros contemplando el remansado fluir del Ganges, el ir y venir de las barcas de remos que a todas horas navegan orilleando o, a falta de puentes, cruzando pasajeros a la orilla opuesta. Hay dos grandes puentes modernos que cruzan el Ganges, pero son lejanos. Uno en el extremo nordeste de Benares, por donde pasa también el ferrocarril. Otro, recién construido, en el extremo sureste de la ciudad, más allá de Ramnagar; una descomunal obra de ingeniería en acero que recuerda al gran puente de Howrah, en Calcuta. 
   En el ghat, vendedores ambulantes ofrecen postales y figurillas de madera a los extranjeros. Vendedores clandestinos ofrecen hash, marihuana, heroína, opio. Un puesto de té es llevado con mucho desparpajo por una niña como de diez años que habla inglés. Aparece un leproso que extiende sus muñones a los paseantes pidiendo limosna. Los barqueros se acercan constantemente a ofrecer 'boat', o lo anuncian a grito limpio desde el mismo bote. En la cubierta de una embarcación atracada junto a la orilla, un joven da a un señor un masaje. En las mismas escaleras del ghat, bajo unos grandes parasoles de paja, los barberos afeitan barbas y cortan el pelo. Un niño da masajes a un joven que es su hermano mayor, dándole golpeteos en la cabeza con el canto de las manos. Más tarde se turnan en el masaje y tras untarle el joven al crío con aceite todo el cuerpo, le estira con fuerza de los brazos y las piernas. Un anciano le dice a una anciana que se aparte de su rincón del ghat, que él estaba antes ahí lavando ropa. 
   Un poco más allá, en una plataforma octogonal que entra como un espigón en el río, otro grupo de mujeres procede a sus abluciones. Cuando salen del baño entonan a coro un cántico. Por fin encienden unas lamparillas consistentes en unas mechas de aceite colocadas sobre unas hojas de árbol trenzadas para formar pequeñas cazoletas, y las ofrecen a Ganga dejándolas flotar sobre la corriente. Las diminutas luces se alejan lentamente río abajo, una tras otra, como marchando en procesión. 
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   Atraviesa el ghat una búfala enorme, que sigue a un hombre que lleva un cubo. Se detiene un rato a lamerle la cabeza y el cuerpo a un bufalito recostado en las gradas. En el siguiente ghat el hombre invita a la búfala a meterse en el agua, y ésta no se lo piensa dos veces: baja rauda los escalones con su voluminoso corpachón y se sumerge decidida, juntándose con una decena más de búfalos que ya están allí, gozando del frescor del agua y de la sensación de ingravidez. Se va a proceder en este ghat al baño vespertino de los búfalos de agua, tras la dura jornada de laboreo en los campos. Los Benaresbúfalos son tratados con mimo, y no se regatean esfuerzos en su cuidado, en compensación de los múltiples beneficios que el animal aporta al hombre: arar los campos con su fuerza de tracción, ordeñar su leche (más abundante que la de las escuálidas vacas), e incluso utilizar sus excrementos para combustible. 
   Tres hombres jóvenes y un niño están en la faena, junto a unas barcazas ancladas decoradas con pinturas naif (fotos 14 y 15). Uno de los cuidadores se monta sobre un búfalo y con una cuerda que hace las veces de estropajo se enfrasca en restregarle enérgicamente el lomo, la cabeza y la cara. Luego descabalga y le frota a conciencia el morro, la boca, las orejas, los laterales del cuerpo, el ano. Se nota que los búfalos están disfrutando: cierran los ojos de placer cuando les lavan, y se pueden pasar horas inmersos en la corriente esperando pacientemente su turno de frotado. A veces avanzan bajo el agua asomando sobre la superficie sólo las fosas nasales, sumergida el resto de la cabeza. 
   Un búfalo se ha quedado tumbado en el graderío y consiente que se posen sobre su cuerpo unas pequeñas aves zancudas (pollas de agua) que se encargan de hacerle la toilette: con sus puntiagudos picos le desparasitan el lomo, atreviéndose con tal fin hasta a hurgar sin temor en su morro y sus fosas nasales. Cerca revolotean otros pájaros, algunos parecidos a pequeñas tórtolas, y, por supuesto, las ruidosas cornejas cenicientas, omnipresentes en toda la India, que tienen también su cometido en el servicio de limpieza, al devorar sin descanso todas las sobras, detritus o basuras mínimamente comibles que haya por los alrededores, y hasta la comida de los viandantes, a nada que se descuiden. 
   En un ghat contiguo hay un templete consistente en una minúscula capilla que custodia una simple piedra, un canto rodado, pintado de rojo y vestido con una tela. La piedra tiene adheridos dos ojos artificiales de loza pintada, que le dan un aspecto antropomorfo: es un dios. Un poco más adelante, un grupo de hombres y mujeres están lavando en el río lujosos saris de seda de vivos colores, rojos, naranjas, azafranes, púrpuras, azules, verdes, con Benaresbrocados y cenefas dorados. Los extienden a secar luego, alineados sobre las polvorientas escaleras, con lo que consiguen policromar el ghat con un rutilante colorido salpicado de brillos de oro (fotos 16 y 17). Son saris a estrenar, lotes de alguna fábrica de saris de seda, a los que están dando un primer lavado para quitarles el apresto. Contemplando estos rectángulos de tejido, de siete, nueve o más metros de largo, es de admirar que prenda de formas tan simples, con sólo envolver con determinados pliegues el talle, hombros y cabeza, y complementarse con un exiguo corpiño que deja ver el ombligo, se convierta en uno de los más bellos y estilizados trajes que una mujer puede vestir; y más dignas aún de admiración son la gracia, elegancia y soltura con que las mujeres indias lo llevan. 
   Avanzando por la orilla hay que sortear ahora un ghat en el que están limpiando a manguerazos de agua las basuras y estiércol acumulados durante tiempo. Parece como si Benares entera vertiera por aquí sus aguas fecales, que caen directamente a las sagradas aguas del río. Unos enormes cilindros de cemento hacen de depuradoras. El olor a heces es penetrante. Se ven en el agua capas de suciedad que se acumulan flotando en las orillas, o cadáveres de animales inflados como odres que se lleva la corriente. No lejos de aquí, río abajo, la gente se baña, se lava los dientes, bebe el agua. 
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   Desde las barcas se puede ver el cielo de Benares tachonado de miles de puntos de colores vibrando en el cielo del atardecer. Son las cometas. Por los ghat se ve a algunos chicos jugando a una especie de petanca con piedras en lugar de bolas, pero la mayoría se divierte haciendo volar cometas, deporte popularísimo en todo el norte de la India, y también en Nepal y Pakistán. Los niños corren para elevar sus cometas al cielo, e invitan a los viandantes a jugar con ellos, pasándoles el hilo. "Kuti, kuti!", exclaman. Se ve también a gentes que hacen volar sus cometas desde las terrazas de las casas y las azoteas de los desvencijados palacios que dan al río. Los niños llegan a alcanzar grandes alturas con sus cometas. Las vuelan tan alto como da el hilo. A veces parece que van a desplomarse sobre las casas, pero en el último momento las consiguen remontar. Compiten entre ellos. Hay reglas de juego, y expertos en su aplicación estricta. Si uno consigue chocar su cometa con la de otro, haciéndola caer, se queda la cometa de su contrincante como botín. A un chaval se le escapa su cometa de las manos, y varios bañistas corren a atrapar el hilo; no lo consiguen y uno se tiene que tirar al agua a pillarlo, con gran jolgorio de todos. Luego se disputan entre varios la cometa recuperada. Hay en la parte vieja una calle muy frecuentada por el chiquillerío enteramente dedicada a tiendas de cometas, donde las venden a diez paisas la unidad. Los cordeles y los rollos se venden aparte. Las cometas son cuadradas, pequeñas, hechas con un papel fino cosido sobre una armazón de mimbres, y una pequeña cola. Los muchachos explican con entusiasmo cómo se confeccionan: tiene su técnica. Se raspa el papel contra el suelo para hacer cuatro agujeros y por ellos se enhebra el hilo, siguiendo una pauta fijada.
 
  
   En otro ghat hay una plataforma de piedra enteramente cubierta de pequeños 'lingas' y 'yonis' tallados en el mismo bloque (foto22), y con la estatua de un toro Nandi mirando al río (foto23). Aclaremos términos: el 'linga' es una de las plasmaciones icónicas más comunes del dios Siva, que en otras ocasiones es dibujado como un asceta meditando en plena naturaleza sentado sobre una piel de tigre. Se trata de un corto cilindro, por lo general de piedra pulimentada, que representa estilizado el falo de Siva y simboliza su potencia reproductora. El linga se yergue siempre vertical sobre una base circular también de piedra, con un pequeño canal que sobresale, por el que se drenan los líquidos que se vierten en ofrenda sobre el cilindro. Esta base es el 'yoni', símbolo vaginal que hace referencia a la consorte de Siva, la energía femenina, la cual puede adoptar diversas personalidades, como Parvati, Uma, Durga o Kali. El toro Nandi es la montura de Siva, el animal sobre el que se desplaza por tierra y cielos, que suele esperar recostado siempre cerca de los santuarios dedicados al dios tutelar de Benares. 
    Se produce un fuerte revuelo entre la gente que se baña en esta zona porque aparece nadando una gran culebra de agua, que avanza serpenteando por la orilla de ghat en ghat. La alarma crece cuando el ofidio se acerca a los bañistas. Un hombre entra en el agua chapoteando y haciendo ruido con el fin de asustarla. La culebra huye y se esconde en una capilla abierta al Ganges y semisumergida, en lo alto de la cual se han subido unos niños que se retiran unos pasos atrás por si acaso. Otros chavales levantan una losa, y debajo se atisba otra culebra asomando la testa entre los escombros. En los escalones de este ghat, debajo de los parasoles, se ven barberos pelando al cero a clientes. Un joven explica que los hindúes se rapan la cabeza cuando algún familiar muere, para ofrecer el pelo como 'puja' a los dioses. Únicamente conservan en la calva una coletilla de pelo sin rapar. Se ven también brahmanes, distinguibles por el cordón blanco que les cruza en diagonal el torso desnudo, que se encargan de presidir las ceremonias de 'puja' al Ganga realizadas por los peregrinos que Benaresaparecen por allí, a los que previamente pintan la frente con un punto rojo. En una veranda de piedra, un obeso brahmán tiene preparadas en el suelo para suministro de los rituales varias hileras de lamparitas en recipientes de mimbre, pequeñas porciones de arroz en cuencos hechos con hojas, montoncitos de flores, polvos de colores y manzanas. 
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   El Assi Ghat toma su nombre del arroyo Assi, un pequeño afluente que caía aquí sobre el Ganges. Es uno de los cinco lugares de peregrinación ('panchtirtha') donde deben bañarse los peregrinos a Benares en el transcurso de una jornada. También es conocido como Ghat de los Ascetas, en referencia a los 'sadhus' y renunciantes que solían frecuentarlo. Los sadhus son toda una institución en la India, personas que renuncian a los bienes materiales de la sociedad para dedicar su vida a la meditación y a peregrinar a los muchos lugares santos de Bharat Mata, la Madre India. Yerran por los caminos semidesnudos, su piel cubierta de cenizas, su pelo sin cortar y con estrafalarios peinados de mechones cubiertos de barro, y viven de los donativos de los fieles hindúes, que sienten por ellos gran devoción y respeto. 
   Sale del agua un corpulento sadhu de luengas melena y barba, llevando a guisa de bañador un mínimo taparrabos atado a la cintura con una cadena. En un puesto bajo un parasol consigue dos medias cáscaras de coco llenas de polvos rojos y amarillos, y con ayuda de un espejo de mano que le proporcionan se pinta con los dedos en la frente dos rayas verticales amarillas y en medio una roja: el símbolo de Vishnu (foto24). Luego se pinta el pecho y el ombligo y, dado que su prominente barriga le tapa el campo visual, tiene que mirarse el ombligo reflejado en el espejo para ver cómo ha quedado. Los indios están acostumbrados a los pintorescos atuendos y conductas de los sadhus, que no hay dos iguales, y es raro que les llamen la atención. 
   En lo alto de las escalinatas, el hotel Ganges View ha sido habilitado en algunas dependencias de un palacio que exhibe pinturas murales naif en las paredes y balconadas que dan al río. No por ello se espere que el hotel tenga nada de palaciego: las habitaciones son húmedos y ajados cubículos sin más ducha que un grifo de agua fría a media altura de la pared del retrete complementado con un cubo de plástico con el que echarse el agua a la espalda agachado. Pero todavía se alojan por aquí los últimos hippies. Hay también en el ghat una pizzería por lo general llena de turistas occidentales. Por los alrededores vaga algún extranjero vestido de sadhu, al que no le faltan ni las melenas erizadas de churretes de barro, que harían la envidia de un rastafari. Un cartel pegado a la pared promete "Learn hindi in 30 hours. Communication level". Otro anuncia clases de yoga y meditación. Otro, clases de música y meditación. Los anuncios de 'pepsi' están directamente pintados a mano en los muros de fachada de los palacios. Dos veces a la semana se celebran en la ciudad conciertos de música clásica india, que son anunciados en panfletos impresos y repartidos entre los transeúntes. 
   Un sadhu de cuclillas en las escalinatas (foto12) enciende su 'shillom' de 'ganja' (pipa cilíndrica para fumar cannabis), y antes de dar la primera calada pronuncia la fórmula "Bom Shankar", de invocación a Siva, patrón de la ciudad y protector de los consumidores de la planta. 
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   Vagabundeando por los ghats río arriba o río abajo se ven parecidas escenas de gente bañándose, lavándose la ropa, tendiéndola a secar (foto20), cambiándose discretamente el dhoti mojado (un cilindro de tela a modo de pantalón) por el dhoti seco, enrollándose a la cintura la langota (un modelo de taparrabos que es una larga tela en forma de triángulo con prolongaciones laterales a modo de faja), rapándose el pelo, dando y recibiendo masajes, meditando en postura de loto, echando flores al agua. 
Benares   Cada cierto tramo los jóvenes abordan al visitante y se detienen a parlotear con él, interrumpiéndose unos a otros las conversaciones sin ningún reparo y cuantas veces haga falta, para contar naderías, por el simple placer del chat. Se suman más espontáneos a la tertulia. Los mayores recuerdan catástrofes como la inundación del 48, o la del 78, y relatan aventuras y desgracias que ocurrieron en tales ocasiones. Varios jóvenes pelean entre ellos practicando lucha libre; se van entusiasmando y la batalla alcanza tal fragor que terminan todos cayéndose al río, entre grandes risas de la concurrencia. Les advierten que tengan cuidado, que una de las cercanas plataformas de piedra no se puede pisar pues forma parte de un templo y deben descalzarse. 
   Un señor de Lucknow cuenta que se ha venido una temporada a Benares con su mujer e hijos, pues la fábrica de plásticos donde trabaja está en huelga, y los huelguistas están empezando a tener problemas con las fuerzas públicas. Están allí con todos sus enseres, hasta que amaine la tormenta, y tienen que dormir en la estación de tren, pues no les llega para el alojamiento. La conversación transcurre lánguida, como la corriente que circula silenciosa allá abajo, y deriva por lejanos derroteros. El señor informa de cómo en el lugar donde se juntan los cauces de los ríos Yamuna y Ganges, nace un tercer río, el Sarasvati, que es invisible a los ojos de casi todos los mortales. Que en el Ganges hay delfines. Sí, delfines: se les puede ver, sobre todo por las mañanas, dando saltos en el agua cerca de los ghat. Que en Varanasi se celebran tres festivales religiosos al año, pero el más importante es el de Siva, a fines de diciembre o comienzos de enero, cuando acuden miles de peregrinos a bañarse en los ghat, a pesar del intenso frío, en conmemoración del descenso de Ganga a la cabellera de Siva. 
   Un viejillo de Kerala, con la frente pintada de amarillo y rojo, explica que ha hecho un viaje de tres días para venir a rezar a Benares. Kerala está muy bien, se la recomienda a todo el mundo, y pasa a describir algunos de sus encantos. Se dirige en inglés a sus paisanos indios, pues el idioma de Kerala (el estado en la punta sur de la India, en la costa Malabar) es el malayalam, del tronco lingüístico dravidiano, que no tiene relación con el hindi, idioma mayoritario del norte de la India, de linaje indoeuropeo. Advierte a los turistas que tengan cuidado con las cámaras de fotos, que la India ha cambiado a peor y ahora hay mucho ladrón. Interrumpe la plática un individuo para proponer una visita a su tienda de tejidos de seda. El anciano de Kerala le reprocha la intromisión con meros fines mercantilistas. El vendedor contesta que "es el karma de los habitantes de Benares: estar siempre haciendo comercio". El anciano se ríe con la respuesta. 
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   Acerquémonos al Ghat de Manikarnika. Se distingue de lejos por la oscura humareda moteada de pavesas que brota de sus gradas tiñendo el cielo al norte del ghat de Dasashvamedha, y ya más cerca, por el inconfundible olor a carne quemada que va espesando el ambiente. De todos los 'burning ghat' de Benares, o escalinatas de cremaciones, éste es el más activo y concurrido. Lo primero que advierten al visitante es que está absolutamente prohibido hacer fotos en el lugar, lo cual es muy razonable. 
   Los cuerpos de los difuntos llegan al ghat transportados sobre parihuelas en una procesión que desciende por una estrecha calle en rampa, acompañada de una banda musical interpretando una marcha que no tiene nada de fúnebre. En las plataformas de cremaciones hay como diez o doce hogueras ardiendo a la vez. Los cadáveres son colocados en las piras envueltos unos en mortajas de lujosas telas festoneadas de adornos dorados, otros en simples sudarios blancos. Previamente los cuerpos son introducidos amortajados en las aguas del Ganges, en una postrera y definitiva ablución sacra antes de ser incinerados. Tras el remojón, son colocados descuidadamente en el suelo a la espera de su turno de incineración. A algunos se les puede ver los pies sobresaliendo por debajo del sudario. El hijo primogénito de cada difunto, con el pelo rapado al cero, es el encargado de encender la hoguera, tras circunvalar ritualmente varias veces la pila de troncos. Unos empleados tienen la misión de remover la leña y atizar las llamas para una mejor combustión: son 'castless', según apunta un asistente a los ritos, gentes sin casta, descastados. Ningún hindú de casta aceptaría faenar en estos menesteres, considerados impuros. De vez en cuando los cuidadores ensartan con un palo algún resto humano semicalcinado y lo vuelven a colocar donde más vivo está el fuego. Una pelvis ennegrecida que se queda a medio quemar es prendida con dos palos a modo de pinzas y arrojada al río, palos incluidos. Un poco más abajo se baña la gente. Un hombre se zambulle allí mismo con un cesto cónico de mimbre, extrae barro del fondo del río, lo criba, y retira varios objetos que va guardando en el cesto. Monedas, anillos, dientes de oro, lo que sea. La turbiedad plomiza de las aguas está coloreada de guirnaldas de caléndulas flotando. 
   El ghat de cremaciones está encajonado como si fuera un patio abierto por uno de sus lados al río, entre una apretada profusión de templos, 'chatris' (templetes o capillas) y pabellones de piedra con arcadas a modo de lonjas (fotos 27 y 28). Hay montones de leña apilados por todas partes entre los chatris, y también en las barcazas atracadas. En unos locales pesan la leña con una gran balanza y unas enormes pesas de hierro, y es bajada a la plataforma a hombros de un empleado. En un país como la India, que sufre un fuerte proceso de deforestación, la leña es muy cara, y no todas las familias se pueden permitir el gasto de una cremación completa, por lo que los cuerpos quedan a veces a medio consumir cuando sus restos son ritualmente arrojados al Ganges. En una tienda adyacente venden telas de mortaja, vasijas, polvos de colores y demás elementos funerarios para colocar sobre el cadáver o la pira. Un par de niñas mendiga unas rupias bromeando con la gente; le toman el pelo a un hombre que, entre risas, hace un amago de golpearlas con una estaca. Los niños corretean también por aquí haciendo volar sus cometas de papel. El ambiente no es fúnebre ni solemne, sino más bien alegre y distendido. Si la muerte en la India es sólo un tránsito a otra vida, en Benares es algo más: 'moksa', liberación, la ruptura de las cadenas del karma, la escapatoria de la rueda del 'samsara', el imparable ciclo de reencarnaciones de los seres que componen el universo de los sentidos. 
Benares   Por todo el ghat se agolpan nutridos grupos de espectadores, que charlan y bromean sentados contemplando el fuego. Un barbero afeita a un hombre, familiar de un fallecido, delante de las hogueras. Un vendedor de periódicos pregona sus ejemplares. Presuntos masajistas agarran de la mano a los viandantes y, sin esperar a su permiso, se enzarzan a hacerles masajes en la palma, mientras les aconsejan que se relajen; a continuación les proponen masajes de espalda, brazos y cabeza. Otros hacen una demostración más completa: se ponen a frotar sin previa consulta y con enérgico ahínco los hombros y la cabeza del cliente potencial, y hasta le frotan los ojos con los pulgares. Un brahmán invita a los curiosos a visitar un templo de Siva, allí cercano, desde donde se pueden divisar mejor las hogueras. Dos vacas se ponen a pelearse en mitad de la plataforma de las hogueras, y de una embestida casi precipitan a un hombre al Ganges. Las tienen que separar cuando están a punto de desbaratar las piras. 
   La mansa superficie del Ganges se ve de pronto salpicada con pequeñas erupciones de chispas plateadas, que parecen planear sobre las aguas unos instantes y extinguirse súbitamente. Son pececillos voladores, que a estas horas suelen saltar por encima del agua en centelleantes bandadas. Alguien comenta que bajo estas mismas aguas se cría también una especie de tortugas, que suelen dar buena cuenta de los restos de cadáveres a medio quemar arrojados al río, los que aún no han sido devorados por los buitres u otras aves carroñeras. 
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   Dos hermanos, un chico y una chica que viste pantalones y un chal color castaño, se disponen a hacer una puja al Ganga. Se plantan de pie muy firmes de cara al río y con varas de hierro golpean rítmicamente y al unísono un tambor metálico, mientras un brahmán oficia la ceremonia sin dejar de salmodiar mantras. Dos brahmanes y otro niño se suman tocando más instrumentos de percusión, a distintos ritmos desacompasados, montando una algarabía que de lejos se oye como si fuera un ejército que se acerca. Dominando por encima del tutti, ataca un instrumento de viento con una larga nota sostenida de timbre profundo, que empapa el ambiente de una extraña magia en la que todo parece quedar en suspensión. Los devotos se arraciman alrededor de los brahmanes y rezan de cara al Ganges. Depositan luego sus puja en forma de lamparillas flotantes. Hojas de árbol plegadas y cosidas en forma de pequeños cuencos, en los que se depositan flores (caléndulas, tajetes, lotos, jazmines), y un pequeño recipiente con un poco de cera y una mecha a la que prenden fuego con un fósforo, antes de abandonarlos a la deriva. Unos niños invitan a los paseantes a depositar unas monedas en las lamparillas: "Ganga puja", proclaman. Desde la orilla de enfrente, el sol hace también su puja poco antes de esconderse tras el horizonte: despliega sobre las aguas una gran alfombra dorada, que cruza de lado a lado el vasto cauce, rielando en sus tenues ondas. "Al final, el claro ocaso lanza una guirnalda de oro, / Y la dulce Noche lo inunda todo silenciosamente". 
   Empieza a oscurecer. Los mosquitos atacan. Pasa un niño que lleva asida por la cola una rata muerta colgando. Una cabra se zampa una cometa de papel. Un 'astrólogo' se acerca y ofrece leer la palma de la mano y predecir la fortuna. Es inútil alegar escepticismo: "You have to believe. I read your future", asegura. Le interrumpe un repentino jaleo de voces. La gente señala con el dedo a las aguas, sumidas ya a estas horas en la negrura de la noche. Desde las profundidades del río emerge un oscuro y voluminoso bulto que avanza a ras de agua y se acerca en dirección a la escalinata donde se encuentran los orantes. Cunde cierta alarma, aunque sólo momentánea, ya que la negra masa de pronto da media vuelta y se aleja nadando: es un delfín de agua dulce. Abundan en el Ganges (delfín gangético se denomina la especie); se diferencian del delfín común en que tienen un cuerpo más grande y el dorso como encorvado. 
   Ya de noche cerrada, una barcaza cruza de una a otra orilla del río y un pasajero va soltando lamparillas cada cierto tramo, de forma que crea una cadena luminosa que atraviesa el Ganges de parte a parte. Mirando al cauce sólo se ve una espesa oscuridad, punteada por cientos de temblorosas lucecitas que navegan lentamente río abajo grandes distancias, a veces en fila india, hasta que al fin se pierden a la vista en la lejanía. 
   Los ghat de noche están muy poco iluminados, excepto los de cremaciones, que continúan ininterrumpidamente hasta muy tarde. La iluminación en general es a base de lámparas y antorchas de petróleo, escaseando las farolas de luz eléctrica. En ciertos ghat que quedan totalmente a oscuras, hay que alumbrarse con una linterna de mano si se quiere evitar caer en socavones o pisar aguas fecales. Aunque es noche avanzada, y ya no se ven mujeres por los ghat, todavía hay niños que juegan cerca de las piras crematorias. Pasa un obeso señor con aspecto de capitoste rodeado de seis policías. Un barquero comenta que andan controlando los ghat en busca de drogas y vendedores de drogas.
   En muchos rincones de los ghat se ven mendigos que están durmiendo tumbados en las mismas escaleras. Ésa es su vivienda. No tienen otra. 
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Benares 
   Levantándose a las 5 de la mañana, antes del amanecer, se puede llegar con un rickshaw hasta los mismos ghat, pues a esa hora no hay tantas aglomeraciones de tráfico. El día amanece algo nublado y no sale el sol hasta más tarde. Como hace frío, ese día no acuden muchos nativos a las abluciones matutinas. Pero sí acuden miles de turistas, que parece mentira que Varanasi albergue tantos, pues durante el resto de la jornada casi no se ven. Los guías les han aleccionado de que el mejor momento para visitar los ghat es a la salida del sol, que es cuando están más animados. De modo que han puesto todos el despertador a las 5 para ver los famosos baños rituales de Benares, antes de salir presurosos hacia el aeropuerto para tomar el avión y proseguir su programa de viaje rumbo a Katmandú o Khajuraho. Grupos organizados se arrastran por la calle, mirando bien por donde pisan, siendo acosados por todos los flancos por tribus de vendedores y pordioseros. Caminan en estado de sonambulismo haciendo oídos sordos a los enjambres de niños que venden postales o collares. Grandes grupos de japoneses taponan literalmente las calles de acceso a los ghat. 
   Los mendigos también madrugan, pues a esas horas es cuando más oportunidades tienen de que caiga una limosna. Se colocan alineados en las escaleras de llegada al Dasashvamedha, uno en cada peldaño y en hilera, cada uno con su escudilla de metal (foto25). Los grupos organizados de turistas no tienen otro remedio que desfilar justo por delante de la hilera de indigentes, los cuales les tienden la escudilla para pedir una voluntad. En el peldaño superior y a la cabeza de la hilera de mendigos, se instala uno que deposita sobre un trapo tendido en el suelo varios montoncitos de monedas. Es el cambista, el encargado de cambiar las rupias por monedas más pequeñas. Por cada rupia, diez monedas de diez paisas (céntimos de rupia), que de esta forma se pueden repartir cómoda y ecuánimemente entre diez mendigos: clang, clang, clang... una moneda en cada escudilla. También puede servir de limosna un simple puñado de arroz. En esta corte de los milagros no faltan tullidos y lisiados que exhiben toda clase de deformidades en sus cuerpos contrahechos. Víctimas de poliomielitis, con las piernas reducidas a meros apéndices inservibles que doblan y cruzan por encima de sus nucas, para poder caminar sobre las manos. O enfermos de elefantiasis, con los pies hinchados como grandes e informes bultos de carne que arrastran por los suelos. 
   Los turistas son introducidos en barcas en grupos de 30 ó 40 pasajeros cada una, todos armados de cámaras fotográficas que disparan compulsivamente como si fuera la primera línea del frente en una guerra. Se ve un continuo destellar de flashes desde el río, y el verdadero espectáculo lo dan los forasteros, más que los indígenas en las abluciones. Hay más turistas en las barcas que nativos en las orillas. Los nativos se muestran indiferentes, excepto alguno, que de un manotazo salpica con agua una barca en ademán de ahuyentarla. Algunas barcas se arriman al ghat para que los turistas puedan fotografiar de más cerca, y molestan así a los bañistas, que tienen que interrumpir sus ritos para apartarse. 
   Un sadhu flota plácidamente en el agua haciendo la plancha. "Making yoga", comenta alguien que le está observando. En la orilla se ha encallado el cadáver hinchado de un perro. Sale el sol, de intenso rojo, y tinta el agua del Ganges con un tono cobrizo. Aparecen delfines. Apenas asoman sobre la superficie su lomo arqueado y su aleta dorsal, cuando vuelven a desaparecer en silencio. Dos hombres nadan a braza y espalda muy adentro río arriba hasta perderse de vista. Hay también gimnastas haciendo flexiones o levantando pesas, o zambulléndose en el agua desde lo alto de las capillas. Se aplican aceite en el cuerpo a sí mismos y luego los unos a los otros. Unos hacen pesas usando un palo con una piedra atada a la punta, que se pasan por la espalda y apoyan ora en un hombro ora en otro. Otras pesas tienen la forma de bates de béisbol gruesos. Sigue haciendo frío. Un grupo de hindúes practican un 'Ganga puja' acompañados de música y fuego. Se acerca una barca a un ghat donde hay muchas mujeres y ancianas, éstas con los senos al aire, practicando sus abluciones matutinas. Un guía explica en perfecto castellano a un grupo de españoles que van en la barca: "En todas las religiones del mundo la mujer es más creyente que el hombre, y los viejos más que los jóvenes". 
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   La larga sucesión de escalinatas que bordean la orilla izquierda del Ganges a su paso por Benares están dominadas desde las alturas por una sucesión de esbeltos palacios y fortalezas de tres, cuatro o cinco pisos, de una riqueza arquitectónica digna de maharajás (fotos 29, 30 y 31). Sus ménsulas artísticamente trabajadas soportan varios rangos de pisos superiores realzados de galerías y pabellones. Todo está, no obstante, descuidado, sin una labor de mantenimiento, con pastiches arquitectónicos incrustados. Un gran palacio tiene un portalón de fachada por el interior del cual se prolonga un Benaresghat que asciende en empinados escalones, permitiendo la entrada libre al recinto. En los pisos de arriba hay patios interiores, con galerías a distintos niveles de arcos polilobulados y enlucidos de cal (foto33), y balcones de columnas parapetados por celosías desde donde se divisa el valle del Ganges en amplia panorámica. Dentro del complejo hay englutidos dos 'mandapas' (salas columnadas) de templos hindúes, uno totalmente pintado de blanco, el otro multicolor. En distintas estancias, cámaras y alcobas abiertas en los intrincados pasillos que recorren estas instalaciones, viven varias familias. La imparable presión demográfica de la ciudad ha desbordado todos los antiguos límites, y numerosos grupos de población han terminado por ocupar los viejos palacios abandonados a raíz de la pérdida de privilegios y consiguiente declive de los rajás y las elites nobles de la India, tras la independencia. 
   En un rincón, sentada en el suelo, una abuela limpia guindillas verdes picantes, ingrediente imprescindible en cualquier menú de la cocina india. Un joven en langota hace flexiones de gimnasia metido en un nicho abierto en el muro. Por los salones, antaño lujosos, hay atadas cuerdas de columna a columna, de las que cuelgan cientos de saris, dhotis, longhis y pijamas puestos a secar. Algunas prendas están extendidas por los suelos tapizados de polvo. Un señor ejerce de contable del lugar: comenta que viven muchas familias en el recinto del palacio, pero como las capillas internas son de culto hindú, no se permite que habiten familias musulmanas en las dependencias. El lado opuesto del palacio comunica con la calle por una puerta muy modesta, que contrasta con la monumentalidad del portal que da al Ganges.
   
  
   En otro palacio que luce un balcón soberbio de ménsulas y columnas colgado sobre el ghat de Man Mandir, se puede visitar un antiguo observatorio astronómico instalado en su azotea. Es el observatorio de Jai Singh II, inaugurado por Man Singh de Amber. Se trata de uno de los cinco observatorios que mandó construir en la India el poderoso maharajá rajput Jai Singh, conservándose los más importantes en Jaipur y Delhi. El de Benares es de pequeñas dimensiones, apenas ocupa la planta de la azotea, pero exhibe una insólita y prolija colección de artilugios astronómicos construidos al aire libre en ladrillo y revocados de estuco (foto34). Es un extraño dédalo de esferas, cuadrantes y gnomons, orientados con suma precisión, que servían y sirven para medir declinaciones, ángulos horarios, o determinar la posición de cuerpos celestes. Un señor encargado de la vigilancia vive aquí con su hijo pequeño, un escolar que vuelve de clase portando una pizarra con palabras en hindi escritas con tiza. 
   El observatorio fue restaurado en 1911. Así lo recuerda una lápida que reproducimos parcialmente, sólo por dar una idea de las rimbombantes fórmulas protocolarias que se estilaban en la época del Raj. Comienza así: "This observatory: Originally constructed by Maharaja Sawai Jai Singhji of Jaipur in A.D. 1710. Was restored in A.D. 1911 by the order of the Major General His Highness Saramad-i-Rajaha-i-Hindustan Raj Rajinder Sri Maharajadhiraja Sir Sawai Madho Singhji Bahadur Knight Grand Commander of the Most Exalted Order of the Star of India, Knight Grand Commander of the Most Eminent Order of the Indian Empire, Knight Grand Cross of the Royal Victorian Order, (aquí un fragmento censurado) Donat of the Order of the Hospital of St John of Jerusalem, Doctor of Laws (Edin) of Jaipur (...)". Etcétera. 
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   Por unas escaleras oscuras se sale a una zona de callejuelas que se bifurcan a distintos niveles, con templos absorbidos en su laberíntica estructura. Bajando por cuestas escalonadas que atraviesan pequeños túneles se desemboca en el Lalita Ghat, cerca del Templo Nepalí. 
Benares   El Templo Nepalí (o Rajeswar Mahadev Temple, consagrado a Siva) llama la atención por su singularidad arquitectónica, que no responde al estilo 'nagara' propio de los templos hinduistas de la India septentrional y de Benares, con sus característicos 'mandapas' columnados y 'sikhara' en forma de pan de azúcar, sino que reproduce exactamente los rasgos estilísticos de una pagoda del valle de Katmandú: fachadas de ladrillo visto con vigas y paneles embutidos de madera tallada (foto35), dos pisos con techumbres que sobresalen en voladizo, y esculturas de corte erótico en las tornapuntas. Dos leones de piedra hacen de centinelas de la puerta de entrada. 
   Al lado del templo a duras penas se sostiene en pie una casa típica nepalí que está siendo restaurada por el Archæological Survey of India. Ostenta buenas celosías de madera tallada en las ventanas (foto36), planta baja y patio interior con columnatas dobles, también de madera; pero todo se halla en estado de gran abandono, a medio restaurar y a punto de hundirse. Ni el gobierno de Nepal ni el de la India invierten mucho dinero en la restauración, que se está financiando parcialmente con las 'pujas' de los turistas, según informa un encargado. Añade que las tallas del templo se renuevan cada cuarenta años; la madera de secuoya ha de ser importada del Nepal; y como aquí no se sabe trabajar este tipo de talla de madera, también han de ser traídos del Nepal los artesanos. La calidad de las tallas nuevas es tan buena como la de las antiguas. 
   Templo y casa forman un hermoso conjunto, a contraterreno en la pendiente, rodeado de un laberinto de escaleras y explanadas aterrazadas a distintos planos de altura. De noche, hay que circular con precacución por los callejones circundantes, que están sumidos en la total oscuridad, y son muy resbaladizos a causa del barro del pavimento. Hay marcas de nivel pintadas en los muros de casas y santuarios: "Hasta aquí llegó la inundación del 71". "Hasta aquí la del 78". 
 
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4.2
El Chowk. Bazar de las sorpresas

    
   Dejemos ahora atrás las orillas del Ganges y adentrémonos en la tortuosa red de calles, túneles, pasadizos y vericuetos que perfora el casco viejo de Benares. 
   Si el tráfico en las arterias anchas de la ciudad es densísimo, en el embrollo de estrechas e irregulares callejuelas del murallón urbanístico que abraza la orilla del río no circulan más vehículos que bicis y motos, constantemente esquivando la multitud de peatones y animales que obstruye la calzada. El Benaresrickshaw tiene que apear a su cliente un rato antes de llegar a esta parte de la ciudad, conocida como el Chowk en alusión a sus actividades comerciales, en la que le es imposible entrar por aquello de la impenetrabilidad de la materia. Un callejón es tan angosto que apenas cabe por él una vaca que viene de frente restregando con sus costados los muros de las casas: hay que esperar a que salga de la calle para poder seguir caminando. 
   En enclaves determinados, sobre todo a la puerta de los templos, se pueden ver policías armados con carabinas. Los hay que llevan chalecos antibalas; algunos descansan repantigados por las esquinas. Dos oficiales cachean a la gente que deambula por la calleja que lleva al Templo de Oro. Preguntados por qué lo hacen, espetan "Security" por toda respuesta. Más adelante lo iremos averiguando. 
   Por la mañana llegan temprano los empleados a abrir los comercios (los que no han dormido en el suelo de los mismos locales). Para levantar la persiana de una tienda, antes tienen que retirar con gran esfuerzo a un becerro allí mismo plantado que obstaculiza el acceso. Un chaval de once años que trabaja en el establecimiento lo primero que hace es quitarse los zapatos, guardarlos bajo una vitrina y, descalzo, ponerse a barrer el polvo del suelo. Luego deposita en un cubo el montón de basura, tras recogerlo con las manos. 
   Una vaca pasa y casi embiste con el cuerno a una chica, que la esquiva con un respingo. Otra vaca que pasea tranquilamente empuja a su paso a una señora que está comprando pulseras en un tenderete, y a continuación el marido le propina una contundente patada al cuadrúpedo. Las mujeres por lo general muestran prevención hacia las vacas y cebúes que circulan por las calles, y procuran apartarse de su camino. Una cornada involuntaria de vaca puede producir un rasponazo en la espalda y dejar una aparatosa cicatriz. 
   Benares es célebre por la fabricación de tejidos de seda, bordados con hilos dorados y plateados, de delicada belleza. También son muy apreciadas en toda la India su artesanía en madera, sus pulseras de cristal y sus labores de filigrana en oro y repujado en bronce. 
   Infinitas tiendas invaden las angostas calles con sus mercancías, que desbordan y cuelgan por todas partes, hasta que cuesta distinguir lo que es tienda y lo que es calle. Tiendas de sedas y brocados, de cacharrería de latón y cobre, de estatuas de piedra y lingas. Jugueterías con figuras de madera pintada de dioses, héroes, escenas del Ramayana, maharajás en elefante, bandas de músicos o de soldados, figurillas de Ganesh de múltiples cabezas, animales articulados que se mueven con un contrapeso colgante, pollos que picotean en círculo al girar el contrapeso, pájaros de hojalata con fuelles bajo las alas, que aletean y pían al ser accionados con la mano. 
   Una tienda exhibe estatuas de escayola, que reproducen a tamaño natural a próceres como Vivekananda, Indira Gandhi, Sai Baba, con todos sus adminículos, gafas, bastones, pistolas, y con los ojos pintados de colores. Un joven de un tenderete ofrece tarritos de metal precintados que contienen agua sagrada del Ganges, además de sándalo y polvos para la cara. El agua del Ganges es distribuida a todos los puntos de la India para su uso en ceremonias, y se expende envasada en pequeñas cantidades. 
   Unos cocineros están preparando en el suelo de una plazuela un rancho (foto45) con cuatro grandes perolos sobre fuegos de leña: pollos en dos de ellos, en otro arroz, en otro verduras, sobre unos ladrillos apilados que hacen las veces de hornos. Será la comida de un grupo de peregrinos. 
   En la pared de una tienda de artesanía de madera cuelga una guirnalda de flores alrededor de una foto del hijo del propietario. Éste explica que un moto-rickshaw atropelló a su hijo hace siete años, el cual estuvo postrado seis meses en la cama y luego murió. Apostilla en tono resignado que aquello ya pasó, y que al fin y al cabo es ley de vida. Tiene tres hijas ya casadas, y él y su mujer llevan la tienda. Ambos se consideran afortunados con lo que les depara la existencia. 
   Veamos una tienda de artesanía de bronce. En los mostradores se exponen toda clase de estatuas y figuras de bronce, realizadas por el método de la cera perdida. Se modela la figura con cera de abeja, se recubre con una gruesa capa de barro que crea un molde al secarse y, usando un orificio de entrada y otro de salida, se inyecta en el molde bronce fundido, que sustituye a la cera y adopta su forma al enfriar. Se rompe el molde de barro y de sus entrañas surge la estatuilla de metal, siempre única, parecida pero no igual a ninguna otra, que todavía tiene que ser desbastada y pulida de impurezas. Con este complejo proceso, de muy antigua tradición, confeccionan carros, animales, máscaras, esculturas de dioses y diosas. Un guerrero aborigen montado en una especie de iguanodonte es una obra expresamente realizada por encargo, pondera el tendero. "Esta otra pieza –dice blandiendo un cocodrilo– es de colección". 
   Enclaustrado en un tienducho minúsculo y oscuro convertido en taller, un anciano confecciona gorros cónicos blancos pertrechados de abundantes adornos, que manipula con delicadeza. Utiliza unas pinzas con las que prende fragmentos de papeles de colores, que unta con cola y adhiere sobre el cono. El resultado es un tocado para coronar figuras de dioses, de muy vistoso colorido. 
   Una tienda está exclusivamente dedicada a vestimentas y abalorios para adornar estatuillas de latón de Krishna, uno de los diez avatares de Vishnu, en sus dos representaciones más populares: tocando la flauta, y de niño andando a gatas. Venden con ese fin pequeños vestidos de brillantes colorines con puntillas y flecos dorados. Se exhiben también gorros y turbantes empenachados como los que portaban los maharajás, mazas de Hanuman, maracas hechas con cocos. Un establecimiento de perfumes y cosméticos expone sus polvos para afeites en tarros torneados de madera pintada de colores (foto39). 
   En otro taller diminuto funcionan hasta tres telares, provistos de un complicado mecanismo para tejer la urdimbre de la tela, a base de cartones perforados con pequeños agujeros, que los niños taladran en la calle con unos clavos. Forman con ellos una cadena de tarjetas perforadas que van avanzando hacia una caja colocada en el techo, atravesada por varillas metálicas, que se accionan alternativamente por grupos según la tarjeta introducida. Las varillas enganchan distintos grupos de hebras de hilos que se levantan a compás, dejando por debajo un espacio que el operario aprovecha para insertar transversalmente de uno a otro extremo de la pieza, en viaje de ida y vuelta, uno de los cuatro husos que sostiene en la mano con hilos de colores enhebrados. El operario tiene a la vez  los pies metidos en un foso, con los que acciona palancas que ponen en marcha el mecanismo general del tinglado. Así se van formando, en parte manual y en parte automáticamente, los dibujos de la tela. Se trata de un sari de seda dibujado con motivos florales. Es admirable la destreza y delicadeza en el manejo de los telares, pese a lo complicado de su tramoya, que evoca las computadoras de tarjetas perforadas de la prehistoria de la informática. Preguntados sobre cuánto se tarda en hacer un sari con este sistema, responderán que cuatro días; los intermediarios pagan al taller 300 rupias por sari y los revenden por 1.200. Existen otros talleres donde se confeccionan 'printed saris', saris con dibujos estampados, que no son tan costosos de tiempo y dinero. 
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Benares  
    El Templo de Oro tiene las puertas ornamentadas con repujados de plata. Se llega hasta él por una larga y estrecha calle que atraviesa tramos de sombríos pasadizos abovedados. Un policía apostado a la entrada avisa que está prohibido hacer fotos. Tampoco está permitido el acceso a los no-hindúes, según reza un cartel. Un mendigo entrado en años, sentado a la puerta, la frente pintada con tres rayas horizontales (distintivo de los sivaitas), hace sonar las monedas de su cuenco en petición de limosna (foto37). Este templo, llamado de Vishvanath ('el Señor de todos', apelativo de Siva), fue reconstruido en 1777, en el mismo emplazamiento donde se levantaba el anterior templo de Vishvanath, que había sido desmantelado un siglo antes por el emperador Aurangzeb para utilizar sus materiales en la erección de la gran mezquita que lleva su nombre. En el corazón de la ciudad, es el santuario más visitado y reverenciado por los hindúes de Benares. 
   El templo está tan embebido entre las viviendas circundantes que no se puede ver desde la calle, al carecer de perspectivas, y es necesario trepar a la azotea de una vivienda particular, por unas escalerillas oscuras y empinadas, para poder contemplar su cubierta. Las casas alcanzan tal altura que los últimos pisos se sitúan a la par del sikhara y la cúpula, que relucen cubiertos de una chapa de cobre dorado, aunque los vecinos asegurarán que es oro auténtico. Se sabe que el sikhara remata la cella principal, el santa-santórum donde se custodia un gran linga de Siva, recuperado tras la destrucción del templo ordenada por el último gran mogol. Este linga es especial: se trata de uno de los doce 'jyothirlingas' registrados en los 'puranas' (antiguos textos religiosos de la religión brahmánica); doce lingas surgidos no de la mano del hombre sino de los hechos milagrosos de Siva. Éste en concreto es el Visweshvara o Vishvanatha, un linga que se apareció ante los dioses supremos Brahma y Vishnu como manifestación de Siva, y que estableció la superioridad de Siva sobre ellos al metamorfosearse en una inmensa columna de longitud ilimitada, cuyos extremos ni Vishnu ni Brahma fueron capaces de alcanzar pese a ser desafiados a ello. 
   Desde lo alto de las casas también se divisa enfrente el sikhara de otro templo. Empiezan a aparecer manadas de monos por terrazas y azoteas, precedidos siempre por un macho dominante. Son los macacos, los reyes de los tejados. Saltan, corren sin el menor vértigo por el borde de muros con grandes caídas, con una agilidad pasmosa. Las monas llevan sus cachorros abrazados a sus pechos. Los monos jóvenes juegan, riñen, se estiran de los pelos, se despiojan, uno al macho dominante y otro al uno, en cadena. Trepan por los cables como funambulistas, alcanzan unos altavoces que manosean atentamente como si se propusieran repararlos, enredan con todo lo que pillan, bambolean un depósito de agua de plástico, golpean con una silla en los muretes, provocando un estruendo que asusta al resto de la manada, hacen cabriolas, se acercan sin temor a los humanos, se plantan en todas las esquinas como si fuesen gárgolas. Hacen de las terrazas sus dominios. 
Benares   Un poco más tarde, en el mercado callejero de verduras junto al ghat de Dasashvamedha se produce una enorme y ruidosa trifulca de monos. Un macaco cuelga de un cable de electricidad que cruza de uno a otro lado de la calle, usándolo como si fuera una tirolina, y emite tales chillidos que parece que se está electrocutando. Ocurre que un corpulento macaco macho le está hostigando, impidiéndole acceder por el cable a la terraza donde ha plantado sus reales. Entre todos arman tal alboroto que la gente interviene lanzando palos y piedras al macaco grande para que deje vía libre al pequeño y pueda escapar del cable. El mercado está lleno de monos rondando los puestos, a la caza de alimentos. Se encaraman por las paredes para acechar desde las cornisas, van brincando de saledizo en saledizo, y a la menor oportunidad bajan como un rayo y arramblan una fruta o un paquete de galletas del puesto. Antes de que el tendero pueda reaccionar huyen disparados a ponerse a buen recaudo. Luego se pelean entre ellos por el botín. Se amenazan abriendo sus fauces y enseñando sus afilados colmillos con una mueca feroz. Las mujeres aprietan las cestas de comidas contra sus caderas cuando ven aproximarse un macaco; por experiencia saben que estos monos son consumados expertos en el robo por tirón. 
   Unos hombres dan de comer plátanos a un macaco. El simio desprecia el plátano que le regalan y asalta un puesto de la calle para arrebatar otro más maduro. Por el lado opuesto del tenderete, una vaca da un bocado a un manojo de verduras. El tendero está entre dos fuegos, y no sabe a qué animal ahuyentar primero. Otro macaco roba un nabo a una vendedora ambulante, lo parte por la mitad, y tras mordisquear un trozo, lo arroja al suelo con desprecio. La tendera recupera las dos partes del nabo, las junta y deja el nabo recompuesto donde estaba, entre el resto. Una vaca se come otro nabo. La despachan zurrándola con un palo, por muy sagrada que sea, y al retirarse aprovecha para meter el morro en otro cesto de hierbas. Otra vaca arrea un bocado a un montón de guindillas Benarespicantes. 
   Un niño de ocho o nueve años vende patatas y calabazas con gran pericia (foto40). Parte la calabaza en trozos, los pesa con una balanza de platillos, corta los trozos en lotes más pequeños. Discute los precios con las clientas veteranas. Se ven muchos hombres que hacen la compra: el padre de familia suele ser el encargado de tal cometido. Examinan la mercancía patata por patata, tomate por tomate, y se muestran muy exigentes con la calidad. Compran pequeñas cantidades y las guardan en un capazo. 
   Por en medio de los tenderetes se cuelan puestos ambulantes sobre ruedas que sirven zumos de naranja. Las naranjas son exprimidas con un aparato accionado por una manivela. Una prensadora de ruedas dentadas maniobrada con una gran rueda sirve para exprimir cañas de azúcar y extraer su jugo para venderlo como bebida. En otro tingladillo humea una gran sartén al fuego, donde se fríe un dulce de leche de búfala, que se sirve en porciones en pequeñas cazoletas de barro. El dulce se vende a peso. ¿Y cómo se calcula el peso neto de un producto usando la tradicional balanza de platillos? El método es el siguiente: previamente colocan una cazoleta en cada platillo para comparar sus pesos; añaden pequeños trozos de barro a la cazoleta más ligera hasta que la balanza se equilibra; luego colocan en este mismo platillo una pesa de hierro de 100 gramos, y llenan la cazoleta del otro platillo con el dulce, hasta volver a equilibrar la balanza. Resultado: 100 gramos de dulce, peso neto. 
   Alrededor de la sartén se congregan grupos de ociosos charlando. Un joven se queja de que es muy difícil conseguir un puesto de trabajo en la India; que incluso hay que pagar a la empresa para ser contratados, a veces cantidades desorbitantes, como 40.000 rupias. Ofrece a los viandantes 'ganja' de Manali y 'charas' (hashish). Se acerca un policía de paisano para husmear si se está haciendo business en el grupo. Todos disimulan. 
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   Para llegar a la gran mezquita de Aurangzeb hay que internarse por estrechas callejas, cuyo acceso se cierra de noche con portones, en el barrio del Templo de Oro. Todos los templos hindúes que hay por el camino tienen apostados policías en los alrededores. La mezquita de Aurangzeb está englutida entre los vecinos edificios que dan a la parte trasera del Templo de Oro, y contrasta por la sobriedad y blancura de su fachada en medio del amasijo de destartaladas construcciones que la rodea. Choca también a la vista toparse con un santuario musulmán en el corazón del barrio más íntimamente hindú de Benares, con sus austeros minaretes despuntando entre bosques de abarrocados sikharas. Un policía restriega con un detector de metales, que emite ocasionales pitidos, el cuerpo de los peatones que se acercan a la mezquita. Una mujer policía maneja asimismo otro detector, para cachear a las mujeres. La mezquita está totalmente rodeada de alambradas de espino, vallas de hierro, cabinas con soldados dentro haciendo de centinelas, y enormes torretas de vigilancia, más altas que los minaretes. Y un ejército de soldados y oficiales por las cercanías. No se permite la entrada. 
   La mezquita de Aurangzeb fue construida a finales del siglo XVII, reaprovechando materiales procedentes del antiguo templo de Vishvanath, arrasado por orden del emperador mogol, que persiguió el hinduismo para implantar entre sus súbditos un concepto muy estricto del Islam. 
   Las cicatrices del histórico conflicto entre hindúes y musulmanes, que alcanzó en la ciudad de Benares su más cruda expresión, todavía no se han cerrado. Periódicamente se producen explosiones de violencia entre miembros de ambas comunidades, que se saldan con gran número de muertos y heridos, amén de casas y tiendas incendiadas en los disturbios callejeros. Cualquier provocación puede servir de excusa para que salte la chispa y estalle la larvada y mutua animadversión entre los extremistas de uno y otro credo. Por ejemplo, arrojar un cerdo muerto en el patio de una mezquita, o unos cuartos de vaca a la puerta de un templo hindú. Si la mayoría de la población es de por sí pacífica y tolerante, y aboga por vivir en armonía con sus vecinos, independientemente de su religión, estos incidentes aislados se encargan de enturbiar la convivencia y crear malestar entre los ciudadanos, que han de sufrirlos impotentes. 
   En los años 90 hubo un recrudecimiento del conflicto a raíz del incidente de Ayodhya, ciudad santa en el estado de Uttar Pradesh. Un grupo de extremistas hindúes derribó en esta población una histórica mezquita, erigida en 1528 por Babar, el fundador del imperio mogol, pretextando que la mezquita estaba levantada sobre las ruinas de un templo hinduista anterior, que era el exacto lugar donde había nacido el dios Rama. La destrucción del oratorio desencadenó una serie de linchamientos y saqueos a lo largo y ancho de la India, y sus ecos aún no se han apagado del todo. Así lo podemos comprobar en Benares, cuyos barrios viejos están tomados policialmente, en prevención de nuevos posibles altercados. 
Benares   Cerca de la mezquita se puede visitar un mandapa columnado, con fuente central y un hermoso toro Nandi de piedra, pintado de rojo, al que los nativos ofrecen pujas (fotos 41 y 42). Se supone que el Nandi es un superviviente de la iconografía del antiguo templo de Vishvanath destruido por Aurangzeb, donde estaba recostado mirando a la puerta, como es habitual en la montura de Siva. Junto a él se ve una pintoresca capilla de Hanuman, atendida por un brahmán que provee de flores y tintes para la puja (foto43), y al lado un mercado de verduras y flores, por el que transitan sadhus varios. Uno de ellos, sentado bajo un cañizo, viste con telas irisadas de azafrán y oros, limpia con parsimonia media cáscara de coco y, usándola como recipiente, prepara mejunjes mezclando polvos de colores (foto44). Al sadhu se le acerca un cachorro de perro recién nacido. Lo atrapa con una mano y lo arroja lejos de sí; los restantes perritos abandonados de la camada gimen en solidaridad. Por el techo de tejavana del chamizo asoma una mangosta. 
   En el cercano Templo de Gopal (o del Vaquero, en referencia a Krishna), venden en un mostrador del vestíbulo ojos de cerámica de Krishna, que se colocan en el rostro de las estatuas, o si viene al caso, en una simple piedra, que se transmuta así en una divinidad. Entra una vaca al patio, que es cariñosamente acariciada en la testa por un niño. En los muros del patio se ven pinturas murales de elefantes portando dioses en la grupa. Alguien duerme tumbado en las escaleras que acceden a la capilla principal. La vaca quiere salir del templo, pero otra vaca le intercepta el paso al otro lado de la puerta. Luego lo intercepta a los fieles que intentan salir a la calle. Las fachadas de las viviendas de esta parte de la ciudad están totalmente decoradas con pinturas murales, de hechura naif (foto38), que retratan a Rama, Lakshmana, Ganesh, Durga, Kali, y demás dioses del nutrido panteón hindú, poblando la calle con sus figuras y convirtiéndola en una auténtica galería de arte popular. 
 
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4.3
Apuntes callejeros

   
 
   En uno de los barrios musulmanes de Benares, hay una amplia y larga calle, abarrotada de gentío, que está como hecha de telas. Al recorrerla, la cabeza tropieza continuamente con los tejidos de gasa y tafetán, túnicas, pañoletas, longhis, enaguas, pijamas, que cuelgan como pendones sobre la calzada, tapando la vista a los transeúntes. Los rótulos y carteles de esta zona están en urdu, un idioma parecido al hindi pero escrito en alfabeto árabe. Se venden casquetes de tela para la cabeza, saris, sostenes, langotas, más adelante cacharros de plástico, acero inoxidable, latón, más adelante fritangas, té, pasteles; conforme se avanza va cambiando el tipo de mercancías. En algunas casas se ven signos en la puerta con la estrella de David. 
   Benares es un lugar donde pululan los adivinos, los augures, los vaticinadores de la fortuna, los astrólogos y los quiromantes –la escritora india Gita Mehta satirizó la obnubilación papanatas de los occidentales hacia estos embaucadores en su corrosiva novela 'Karma Cola' (Macmillan India, 1980)–, pero la cosa ha llegado al punto de que ya hay instalados en la calle robots adivinos. Uno de ellos, en la avenida principal, con aspecto de extraterrestre, ostenta un cartel que dice 'Speaker of the past, present and future of human nature' (foto47). El interesado introduce una moneda por una ranura, se encasqueta unos auriculares, y puede elegir pulsando botones el idioma en que desea escuchar la predicción. En unas pantallas oscilan unas agujas, que dan un toque más tecnológico al androide, mientras los clientes atienden inmóviles y con una expresión muy seria los vaticinios robóticos. 
Benares   Se habla por todo Benares de un gurú llamado Nila Baba. "You don't know Nila Baba? Very famous". Es un astrólogo muy renombrado, a cuya consulta acude gente de todo el mundo. Vive en uno de los palacios de las orillas del Ganges. Un barquero informa: "Te dice tu pasado y tu futuro. Te dice cómo están tus familiares y amigos en casa. Si ha ocurrido una desgracia no te dice nada, pero se va". 
   Una troupe de feriantes monta un espectáculo con monos amaestrados a las puertas de un hotel de lujo, ante un grupo de japoneses. El amaestrador es un hombrón de formidable planta, greñudo, oscuro de piel y con un arete de pirata en la oreja. En medio del corro de espectadores, un macaco con un bigote pintado en la cara aplaude, hace el gesto del 'namasté' (juntar las palmas como rezando, en señal de saludo), se pone patas arriba haciendo el pino, toma una pistola de juguete y simula disparar a una hembra de macaco que forma parte del show, pasa de un salto por un estrecho aro, le da un beso en la boca a la macaca y luego un mordisco en la mejilla haciéndola chillar. Los japoneses ríen y aplauden, el macaco saltimbanqui hace un gesto de despedida, y el maestro de ceremonias pasa la gorra, que en este caso es una cesta. 
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   Las salas de cine están siempre rodeadas de muchedumbres. Ir al cine es la forma de diversión más popular en la India, para muchos el mejor medio de evadirse durante unas horas de su cruda realidad diaria, y sumergirse en un mundo ilusorio de lujos, glamour y oropel. Bollywood supera a Hollywood en número de producciones, pero ello no redunda en una mayor calidad. Las películas comerciales son en su mayoría culebrones melodramáticos de tres horas, salpicados de danzas y canciones que el público se sabe de memoria y corea, y las películas que se salen de ese patrón, planteando un enfoque más realista o un contenido social (ejemplo: las de Satyajit Ray), no son vistas por nadie o casi nadie, aunque sean las apreciadas en occidente. Los actores y actrices cinematográficos son ídolos de multitudes, reverenciados como auténticos héroes. Su carisma desborda el terreno de lo artístico y les puede impulsar (como en los casos de Amitab Bachchan o M. G. Ramachandran) a prolongar su carrera en política, llegando algunos a ser elegidos para ocupar los más altos cargos. El fallecimiento de M. G. R., idolatrado actor tamil y posterior chief minister (máxima autoridad electa de un estado) de Tamil Nadu, provocó, como el de Valentino, oleadas de suicidios entre sus seguidores. 
   En los últimos años se puede detectar un aumento del gusto popular por las películas de acción, sobre todo las bien trufadas de violentas secuencias de peleas, persecuciones y tiroteos. Los gigantescos carteles publicitarios pintados a mano en las fachadas de los cines muestran la imagen del protagonista con el cuerpo lleno de heridas que chorrean sangre y con expresión de jurar venganza para con los villanos. Se echan de menos, por otro lado, las películas del antaño muy popular género 'de dioses', que está en decadencia; aquéllas que basaban su argumento en la rica tradición literaria del Mahabharata, Ramayana y otros textos épicos del hinduismo, filmando la vida y milagros de Krishna, Arjuna, Rama, Sita, Hanuman y el demonio Ravana, con unos encantadores efectos especiales dignos de Meliès. Aunque el beso en la boca siga prohibido por la censura cinematográfica, se nota una mayor apertura y tímidos amagos de destape en las escenas amorosas de algunas películas. Una sala anuncia un film con fotos de poses eróticas: parejas retozando en la cama, una mujer con muy poca ropa y postura insinuante. Se titula 'Drugs & Aids'. En otro cine estrenan un film que se titula 'Love around the corner'. Tiene los carteles censurados con un petacho de papel blanco tapando de rodilla a cuello la imagen de los actores. Algunos de estos petachos han sido parcialmente arrancados por una mano anónima, con la intención de ver qué había debajo (los protagonistas están en bañador). 
   El diario The Times of India habla de la detención de tres buscavidas que aseguraban tener fórmulas para curar el sida, fórmulas propias basadas en la medicina ayurvédica. Por un precio de 3.300 rupias sometían al paciente a un tratamiento de ocho meses con sus propias medicinas, y le suministraban esteroides para conseguir una aparente recuperación. "Sida es un nuevo nombre para una vieja enfermedad", declaraban. El diario afirma que la India es el país asiático con más enfermos de sida. 
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   Empiezan a aparecer por las calles objetos dadaistas, como una bicicleta colgada de unas sirgas en medio de la carretera, bien asegurada con cadena y candado, e iluminada por un tinglado de bombillas fluorescentes. Se trata del símbolo de una agrupación electoral que concurre como candidata a las elecciones municipales que se están preparando en la ciudad. Los periódicos informan sobre disturbios relacionados con estas elecciones en el estado de Jammu-Cachemira, y achacan las culpas a Pakistán. 
Benares   Cada día se ven en las calles más pancartas de agrupaciones y partidos políticos, pues se avecinan las civic polls. La campaña está empezando, pero la propaganda es barata y arranca desfallecida repartiendo folletos ciclostilados. Los emblemas con que se distinguen los partidos están diseñados a mano alzada con poca maña y representan siempre objetos tangibles. Una bicicleta, un coche, un elefante, una silla, una escalera de mano, un reloj, una flor de loto, una rueda, un azadón... Iconos con los que identificarse y diferenciarse visualmente ante una población en su mayoría iletrada. Los hay que se atreven a retratar un niño y una niña sonrientes delante de una bandera de la India ondeando al viento. 
   Para limpiarse la nariz, un individuo se tapa con un dedo una fosa nasal y se suena con fuerza los mocos disparándolos contra el suelo. ¿Quién ha dicho que el pañuelo es imprescindible? Otro discute en un corrillo con la boca llena de 'pan' o betel, salpicando al interlocutor de gotas de saliva. Es éste un vicio muy extendido (en Benares y en toda la India). Consiste en masticar insistentemente una hoja de árbol de betel que envuelve una heterogénea mezcla de productos picantes y mentolados, entre ellos nuez moscada y cal. La boca se llena de una espesa pasta roja, que al final se escupe. Las vías respiratorias se dilatan y el sujeto siente un ligero efecto estimulante que, al cabo de años de consumo, le puede llevar a la adicción. A partir de ciertas edades, se distingue a los adictos al betel por tener la dentadura muy deteriorada: un par de muelas huérfanas en una boca teñida de rojo. Suelos y paredes de las calles están salpicados de abundantes manchurrones rojizos producidos por los escupitajos de betel. 
   Las redes que surten de electricidad a Benares forman una maraña de cables más inextricable que los laberintos del barrio viejo, y en un estado de mantenimiento cercano al colapso (foto48). Los cables pasan por cualquier lado, se acumulan, se enredan y se enchufan de cualquier manera a sobrecargados cuadros eléctricos provistos de generadores colgados a media altura de los postes, que sueltan chisporroteos sobre las cabezas de los transeúntes. Un cable que cruza la calle hace contacto en algún sitio, y se crea un cortocircuito que pone el cable entero incandescente, al rojo vivo, hasta que estalla con un sonoro latigazo y sobreviene un apagón. Entran entonces en funcionamiento los grupos electrógenos con motor, soltando humos, metiendo un ruido martilleante, y algunas tiendas recuperan la luz. 
   En una librería hay más mosquitos que libros, que acuden a las luces fluorescentes; mientras se hojea un libro los mosquitos se meten entre las páginas, o por el cuello de la camisa. La mayor parte de los libros está en idioma hindi; unos pocos en inglés: 'Medicina ayurvédica', 'Mitología hindú', 'Animales de la India', 'Revisión del Gita', el 'Mein Kampf' de Adolf Hitler, 'Terapia de auto-orina', mapas y guías de la India. Una edición del 93 de la guía Lonely Planet tiene en las primeras páginas y en el canto de las hojas un texto entintado con sello de caucho que afirma: "Las fronteras exteriores de la India, tal como están descritas en esta guía, ni son correctas ni responden a la realidad". Se venden comics de la serie Amar Chitra Kata, que resumen en viñetas coloreadas mitos, fábulas y leyendas extraídos de la riquísima literatura india, grandes eventos de la historia del subcontinente y episodios de la mitología hindú, filón inagotable éste que da para infinitos temas; así como las vidas de personajes ilustres de la nación (incluidos los prohombres musulmanes, budistas, jains o sijs). En un rincón hay una sección de libros usados, en francés, japonés, alemán, italiano, procedentes de turistas que se han desprendido del libro tras su lectura para soltar lastre en el viaje, y son revendidos a otros turistas. Sólo hay uno en español: se titula 'Cómo cuidar periquitos'. 
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   Volvamos a la calle. Pasan dos hermanas de la institución de la Madre Teresa de Calcuta, vestidas de blanco con cenefa azul, que entran en una farmacia. Aparece una caravana con filas de hombres llevando cubos con tubos de bombillas fluorescentes, otras filas llevando círculos de luces de colores, con un efecto giratorio, y al final un lujoso carruaje cubierto con un pabellón de cornucopias de plata, tirado por un caballo engualdrapado con borlas de colores, que transporta a un joven vestido de gala con un turbante de maharajá, acompañado de un niño en el pescante. Es el novio en una ceremonia de bodas, dirigiéndose en vistoso desfile, por en medio de la ciudad y cortando el tráfico lo que haga falta, a casa de la novia. Detrás de la carroza va el motor generador que nutre de electricidad al conjunto. Una banda toca la misma alegre melodía que se oye a veces en el ghat de Manikarnika acompañando las cremaciones. El cortejo nupcial parece a distancia una feria con luces parpadeantes de colores. Cierran el cortejo filas de mujeres que llevan lámparas de araña sobre la cabeza. Alguien comenta el peligro que tienen estos cables y estas luces que van al aire y de cualquier manera, pues podrían tener una derivación y electrocutar a más de uno. Un tullido pide limosna a los espectadores de la comitiva. Cruza la calle, con plúmbeos andares, un elefante con la cabeza pintada de colores, al que guía un cuidador con una vara. 
Benares   El día después de la boda, las familias de los novios se acercan en pleno al ghat de Dasashvamedha a hacer un rito propiciatorio (foto49). La más anciana del grupo embadurna con polvos de colores la proa de una barca atracada al lado. Rocía también de polvos las flores. Una banda de músicos toca al lado con entusiasmo. El novio va engalanado con su mejor traje y un turbante con penacho, mientras balbucea masticando betel con los carrillos hinchados; a la novia no se le ve la cara, oculta tras un sari rojo de flecos dorados muy brillantes. La abuela, de cuclillas sobre una tabla, asperja a los concurrentes con gotas de agua del Ganges usando la mano como hisopo, agita un fuego en movimientos circulares, prende barritas de incienso, todo ello al tiempo que recita una salmodia. Novios, familiares e invitados embarcan en un amplio bote y reman rumbo a la orilla de enfrente, acompañados a bordo por la fanfare musical al completo, que no deja de tocar. 
   Tres niños duermen juntos en el suelo del ghat acurrucados debajo de una escueta tela que comparten como una manta. 
   Un buscavidas que merodea por los alrededores ofrece en voz baja hashish y hierba de Manali, reputada por su calidad. Pero para comprar en esta ciudad cannabis índica no es necesario recurrir al mercado negro. Por la calle que baja al ghat de Manikarnika hay una tienda gubernamental de 'bhang' y 'ganja', donde la mercancía se vende a precios fijos y oficiales. El establecimiento es un tienducho en penumbra que pasa desapercibido entre otros. Unos dependientes jóvenes expenden en un mostrador las plantas de cáñamo seco que están apiladas a sus espaldas en un gran montón. Pesan las hierbas en una balanza de platillos, y las venden por 'tolas' (unidad de unos diez gramos) o fracción, envueltas en un cucurucho de papel de periódico. No está permitido vender cantidades mayores. Los tenderos despachan también pasteles de hash (o 'space cakes') y bolas de bhang. Aunque 'bhang' es el nombre genérico del cáñamo, llaman así en este caso a una pastosa masa verde hecha de plantas de cáñamo maceradas en agua, que se usa de ingrediente en cocina, repostería y batidos. Ofrecen asimismo unos bombones envueltos en un papel blanco como si fueran caramelos. El tendero explica que son "opium chocolates, very good". 
   En un establecimiento de refrescos, helados y batidos en la plaza central, un menú de bebidas en la pared anuncia 'lassis' o batidos de leche de búfala con frutas, como 'mango lassi', 'papaya lassi', 'banana lassi', y también 'bhang lassi', éste último en las variedades de normal, medium & strong ('special lassi' lo llaman en otros establecimientos). El bhang lassi normal contiene de ingrediente una bola de bhang, el medium dos y el strong tres. Aunque no lo dice el menú lo dice el camarero: tienen también superstrong. El bhang está almacenado en un tarro de aluminio que pesa como si fuera de plomo cuando está lleno, y lo conservan en el frigorífico. Preparan también en el chiringuito otros bebedizos donde interviene una especie de denso sirope que está precipitado en el fondo de unas botellas, y que los clientes beben con gran placer. En un televisor con colores distorsionados retransmiten un partido de hockey sobre hierba. 
   Si el consumo de cannabis índica con fines rituales, lúdicos y gastronómicos es tradicional en la India, y todavía en parte tolerado pese a las presiones internacionales en la guerra contra las drogas, el consumo de alcohol está en cambio mucho peor visto, e incluso prohibido en algunos estados. En las últimas décadas, los sucesivos gobiernos han mostrado una mayor apertura respecto a este tema, y han ido apareciendo en la India expendedurías, bares y restaurantes con licencia para vender licores. Sin embargo, no es fácil encontrar en Benares un bar. Veamos uno en la arteria principal. 
   La entrada está, de tan discreta, semioculta entre el batiburrillo de comercios, y da paso a unas escaleras que parecen bajar a un garaje subterráneo. En el local los clientes se sientan a las mesas más que a la barra, y pasan horas en animadas conversaciones. Sólo hay hombres. Ni una sola mujer. La mayoría beben cervezas, en botellas de una pinta, de marcas fabricadas en la India. Unos pocos beben whisky. Las bebidas se acompañan de snacks: vegetable kofta, pakora, noodles y otros guisos vegetarianos locales, también sopa de verduras. Hay trabajando al menos catorce camareros en el antro, sirviendo las mesas vestidos todos con raídas chaquetas de color granate. En un aparato de cassettes ponen música, a veces buena. Suenan 'ghazals' (baladas clásicas de corte romántico) de la excelente banda sonora del film 'Umrao Jaan', en versión de Bela, una buena voz joven en la línea de las veteranas Lata Mangeshkar o Asha Bhosle, y luego el hit de moda, que se oye por toda la ciudad, una adaptación pirata de un tema de Pink Floyd. En una de las mesas hay un bullicioso grupo de jovenzuelos, alguno de no más de quince años, poniéndose hasta las orejas de cerveza. Uno se planta en pie y se mira largo rato en un gran espejo de la pared para atusarse la cabellera, acomodarse los pliegues de la camisa y ponerse guapo. Parecería estar esperando a la novia, si no supiéramos que aquí la costumbre del noviazgo no existe y que probablemente su matrimonio será concertado un día por sus padres. Una cucaracha se pasea por el respaldo de una silla. Un ratón corretea arriba y abajo a sus anchas, sin que nadie le haga el menor caso. Detrás de la barra, un par de camareros más mayores se beben a escondidas del jefe sendos chupitos de whisky, camuflándolos en una taza de té; un pequeño ánimo para afrontar la interminable jornada laboral. 
   El más raquítico local dedicado a café o restaurante en Benares (y lo mismo ocurre en toda la India) tiene a su servicio un número de empleados que sería inconcebible en un negocio en occidente. El problema de la superpoblación afecta a todos los ámbitos, y la lucha por la vida es feroz: los empleados de cualquier empresa o empresilla pueden sentirse afortunados con sus sueldos misérrimos y sus draconianas condiciones de trabajo, pues peor es estar buscándose la vida en la calle, como toca a tantos. Y el hambre no respeta edades. Aunque la enseñanza primaria sea gratuita, miles de niños y adolescentes se ven obligados en edades escolares, por presión familiar, a colocarse en cualquier tienda, taller, puesto ambulante o tugurio, como aprendices, pinches, chicos de los recados, de la limpieza o camareros. Siempre serán una boca menos que dar de comer. Son tantos, que sus tareas se pueden especializar hasta la atomización: un niño de doce años se encarga de servir los tés a una mesa; otro de diez años, de retirar los vasos y pasar un trapo. Un tercero barre el polvo con una escobilla, acuclillado, por debajo de los pies de los comensales. Todos ellos van descalzos y visten poco más que unos harapos. El horario de trabajo es de 24 horas al día: el sueldo, 300, 400 ó 500 rupias al mes en el mejor de los casos, más la comida (comen en el mismo local) y el alojamiento (duermen en el mismo local, por ejemplo sobre las mesas). Disfrutan de alguna hora libre al amanecer para irse a bañar al ghat o a una fuente pública cercana, y el jefe hasta les puede conceder un rato libre a la semana para ir al cine. Los pocos días de vacaciones a que tienen derecho los aprovechan para volver con su familia a su pueblo, quizá a 600 kilómetros de allí. La explotación laboral infantil, rayana en la esclavitud, va emparejada con la explotación de los más adultos. Cuestiones como la seguridad social, la jubilación, la sindicación... son para la mayoría de los trabajadores puras entelequias. Algún joven trabaja dos o tres años sin percibir ningún salario sólo para poder amortizar la deuda contraída por su familia a la hora de pagar la dote de bodas de su hermana; el dueño del negocio había aportado el dinero para la dote, como un anticipo. 
 
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4.4
Incidentes de viaje en rickshaw
 
 
  
   Para un joven que no ha tenido oportunidades de estudiar o para un adulto sin cualificación, dedicar la fuerza de sus músculos a la ardua tarea diaria de conducir un rickshaw puede ser un recurso para salir adelante en la vida. Pero la competencia en este terreno es abrumadora, la oferta mayor que la demanda, y cada posible pasajero es disputado por un ejército de conductores que acechan durante horas en la calzada la llegada de un cliente. 
   Observemos un caso entre miles. Es un conductor de rickshaw de veintipocos años, extremadamente delgado, tez oscura, vestido con camisa, longhi y chancletas, y de mente muy despierta (la lucha por la vida obliga). Más que elegirlo nosotros como conductor, es él quien nos elige como pasajeros. Se llama Hassan y es musulmán. Nos ayuda a subir y acomodarnos en el estrecho asiento del carro, y antes de que podamos pronunciar palabra, monta sobre el sillín de la bicicleta y se lanza a pedalear, lento en el momento del arranque, con más ritmo al cabo de un rato, arrastrando tras de sí la pesada calesa. Sólo entonces pregunta a dónde vamos. 
   Hassan es un joven muy dicharachero que habla más que pedalea, y los idiomas no le suponen la menor barrera: además de su lengua urdu natal, charla con soltura en indinglish e italiano macarrónico ("guardare esto, guardare lo otro"). Aprovecha el viaje para insertar cada cierto tramo publicidad, y anuncia que mañana nos lleva a ver todos los sitios, los sitios que queramos de Benares, todo el día de sightseeing por cincuenta rupias. Que probemos a ver si da o no da buen servicio. Que paguemos sólo si nos quedamos contentos. 
Benares   Al hablar vuelve constantemente la cabeza para mirarnos, dando la espalda al tráfico que viene de frente, lo que nos provoca momentos de pánico, visto el caos circulatorio que se desarrolla ante nuestros ojos, y nos tiene con el alma en vilo por los continuos sobresaltos derivados de los desencuentros con camiones o combinaciones carambolescas de perro + moto + vaca + cabra + rickshaw. Presenciamos en el trayecto una horrible escena de un perro recién atropellado que yace en mitad de la carretera desangrándose por la cabeza y con convulsiones por todo el cuerpo, sin que nadie lo socorra. Aunque Hassan se fatiga y jadea y resopla, no ceja en sus pedaladas y en su conversación. Cuando hay una cuesta arriba, su velocidad se ralentiza hasta que tiene que apearse de la bici y continuar a pie, jalando con todas sus fuerzas del rickshaw con sus pasajeros. Pura tracción humana, como los 'coolies' que todavía se pueden ver en Calcuta arrastrando los carros no con una bicicleta sino con sus brazos y piernas. La explotación del hombre por el hombre en toda su descarnada crudeza. No hay paliativo posible para los contradictorios sentimientos de culpabilidad que nos invaden; la explotación se desarrolla ante nuestros mismos ojos, a cuatro palmos de nuestras narices, y en beneficio de nuestras propias personas. No podemos dejar de ver cómo la espalda de Hassan se va empapando poco a poco de sudor, ni de oír cómo sus jadeos van en aumento. Si aligeramos lastre bajando de un salto del rickshaw para aliviarle el peso durante las cuestas, se muestra casi ofendido, y deja claro que es capaz de remontar la pendiente por sí solo con su carga. 
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   La heterogénea romería de carros-buses-bicis-camiones, interceptada a cada momento por peatones y animales, progresa con dificultad por la carretera, más ratos parada que avanzando, acompañada de una sinfonía de bocinazos que no tiene fin. En el pandemónium de tráfico, los claxons se hacen sonar, no para dejar paso libre, sino para que el peatón (o el animal) se entere de que se le avecina un vehículo y reducir así las posibilidades de atropello. La infernal cacofonía de bocinas que taladra a todas horas los tímpanos de los transeúntes no sólo es soportada estoicamente, sino alentada: algunos camiones llevan un rótulo trasero que aconseja 'Horn please'. Hassan se baja del rickshaw para recuperar la chancleta de plástico que se le ha caído, debido a que los pies le sudan, según explica. El cansancio por el pedaleo no le impide echar largas y atentas ojeadas a todas las chicas guapas que pasan. Más adelante se le cae otra vez la chancla, y tiene que retroceder veinte metros a recogerla, paralizando el tráfico por completo. Una moto pega un topetazo en un lateral del rickshaw. Hassan regaña indignado al motorista, haciendo un gesto de juntar las manos palmas arriba, pero no se enfada demasiado. Nos pide que comprobemos a ver si el golpe ha dejado marcas en el carro. 
   Vemos que otros coches y vehículos se golpetean y se rozan la carrocería unos a otros de continuo, si bien los roces no afectan apenas a los automóviles, de lo abollados que están, ni a sus chóferes, de lo acostumbrados que están. El tráfico es una barahúnda pero se desarrolla con muy poca agresividad; nadie grita, nadie se enfada, no se insultan. (Excepto si se produce un accidente mortal, que entonces puede formarse una algarada que termine con el linchamiento del conductor. Así dicen los periódicos que sucedió ayer en Puri, con un niño atropellado por un coche cuando iba en rickshaw al templo de Jagganath. Las multitudes enardecidas lapidan con ladrillos al culpable y a los policías que acuden: tres muertos. El chief-minister de Orissa se libra por los pelos de ser apedreado en su automóvil, que casualmente pasaba por allí. La policía repele ataques con armas de fuego. Se reproducen disturbios en distintos puntos de la ciudad). 
   En una encrucijada de carreteras, un grueso policía que intenta infructuosamente poner un poco de orden en el caos blande un palo, amenaza con él a un conductor de rickshaw, y sacude un contundente porrazo en la espalda a otro, para que ahueque el ala. El rickshaw se aparta cabizbajo sin proferir la más mínima queja, y desaparece. Al cabo de un kilómetro el tráfico se hace menos denso y aumenta de velocidad. Una moto adelanta rozando y su manillar engancha al pasar la correa de una bolsa, rompiéndola. Un coche Ambassador con una imagen de Siva de plástico en el parabrisas, corre embalado, a claxonazo limpio, y sortea los camiones y autobuses que vienen de frente por el procedimiento de dar un volantazo en el último segundo. En la carretera a Jaunpur, un cartel oficial de tráfico recomienda: 'Always Avoid Accidents'. Más ingenioso era otro cartel visto hace años: 'Better arrive in peace, not in pieces'. 
   Al pasar junto a un local cinematográfico, que es todo un edificio exento con cierto aire art-deco, Hassan nos comenta su afición al cine, y nos recomienda unas cuantas películas, entre ellas su favorita, 'Mother India', que ha visto varias veces. Nos invita asimismo a pasear en su rickshaw por la zona musulmana, que él conoce muy bien. Cuando la circulación se hace más tranquila, le pedimos que nos deje conducir el rickshaw un rato, a lo que accede sin problemas. En el intervalo consigue recuperar algo de aliento. Pero no es fácil dominar el manillar de un rickshaw, que requiere su técnica en la tracción del carro posterior, y nada más arrancar, el trasto se escora fuerte a la izquierda hasta chocar con un camión estacionado. Insistimos en probar de nuevo, pero esta vez el rickshaw se precipita en una zanja. Hassan nos suplica que volvamos al asiento, nos sustituye a los pedales, y ya no nos deja conducir más. 
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   Entramos otra vez en una zona de tráfico denso: nos vamos acercando al centro de la ciudad. Todos los vehículos deceleran su marcha, y ahora se avanza más rápido a pie que en rickshaw. Un señor camina a la par del rickshaw y va haciendo a los pasajeros publicidad oral de su tienda de sedas y brocados. Hassan ahuyenta al individuo con un gesto de la mano; fuera competidores. 
   Por una calle transversal desemboca como una riada una manifestación política amenizada con charanga, y los manifestantes (los varones por un lado, las mujeres por otro) marchan respondiendo a coro consignas a las preguntas que grita un portavoz por un megáfono. A continuación desfilan ocho mujeres en fila; cada una porta un cubo de plástico boca abajo, un altavoz incrustado en el cubo, y unos círculos de bombillas fluorescentes, conectadas unas a otras con mangueras de cables. Más atrás viene un carro con las baterías. Cruza la carretera un dromedario guiado por un campesino. Entre la multitud hay un grupo de músicos ataviados con vistosos uniformes blancos, provistos de hombreras y gorros empenachados, portando instrumentos de viento. Son miembros de una de las bandas acompañantes de los mítines y procesiones que se celebran por todo Benares con motivo de la campaña para las civic polls, que se va animando día a día. Aparecen más símbolos y emblemas de candidaturas: escudos con dos espadas cruzadas, un arco y flecha, una máquina de coser eléctrica. 
   Conforme pasan los días va aumentando el número de actos electorales en la calle. Al ya imposible tráfico se suman los mítines callejeros, que tienen lugar en cualquier plaza o vía pública. Señores vestidos de blanco subidos a los estrados pronuncian encendidos discursos por altavoces y a voz en grito, enardeciendo a las audiencias sentadas en el asfalto. A los decibelios de las arengas se suma el ruido infernal de los bocinazos de los atascos que provocan los mismos mítines, mezclado con las cancioncillas populares distorsionadas a todo volumen por los aparatos de radio de las tiendas, que parece se ponen de acuerdo para sintonizarlos todos a emisoras distintas. Quien venga a la India en busca de cosas como paz, yoga, calma, meditación, que no caiga por aquí. Hay otros oradores que son más insulsos, tan monótonos en la dicción y repetitivos en los gestos, que las audiencias se les aburren y se van a otros mítines. Un grupo de jóvenes en manifestación reparte a la gente panfletos del partido del Congreso. "The party of success", proclaman con convicción. 
   Cerca ya del centro, se cruza otra caravana política con su banda de músicos uniformados, sus luces de colores, y esta vez un elefante, elegantemente enjaezado y maquillado. Sobre su lomo va un guía, controlándole con una vara. Hassan cuela su rickshaw en medio de la caravana, con el fin de poder seguir avanzando en su misma dirección, pues no hay otro hueco en toda la calle. La comitiva se atasca. El elefante se acerca por detrás al rickshaw hasta tocarlo suavemente con la testa, y también se detiene, colocando la cabeza a nuestra altura y observándonos con sus ojos pequeños e inteligentes. Al reanudar la marcha, nos cruzamos con otro elefante que viene en dirección contraria. La campaña electoral debe de estar en su momento álgido. Por todos lados se ven pequeñas manifestaciones coreando consignas. Un director de fanfares está solo en medio del gentío, escrutando a su derredor; parece que estuviera buscando a los miembros de su banda, que se habrían desbandado y perdido en la vorágine. 
   El tráfico está atorado. Cruzar la calle es atravesar una barrera compacta de vehículos. En algunos tramos hay máquinas asfaltadoras y apisonadoras reparando la calzada, que bloquean aún más la circulación. La calle principal de Benares está cortada con un mítin del partido del loto, que presenta de candidata a una mujer (aparece en carteles levantando los dedos en uve). El callejón por el que hay que desviarse no traga tanto tráfico y está a oscuras. Se forma un tapón descomunal. Otro mítin en otra arteria importante colapsa todo el tráfico sin contemplaciones. El orador es elocuente; tiene a toda su audiencia en vilo y bebiendo en silencio cada una de sus palabras. 
   Ha llegado el momento de dejar el rickshaw, pagar la carrera y despedirnos. Hassan está al borde del agotamiento físico, con la camisa empapada de sudor. Pero no se le agotan las ganas de charla. Nos explica que la vida del rickshaw es muy dura, que él fue estudiante pero que su padre murió y tiene tres hermanas (incluye esto entre las desgracias), y ha de ganarse la vida desde entonces. No tiene casa ni cama. Duerme en el mismo rickshaw. Se acuesta a las 12 de la noche y se levanta a las 4 de la madrugada. El rickshaw no es suyo, sino propiedad de un jefe que tiene, al que ha de pagarle 30 rupias al día por el arrendamiento del vehículo, haga las carreras que haga. Hassan se empeña a toda costa en que nos citemos para mañana, para visitar los monumentos de la ciudad. Nos esperará en el lugar que queramos a la hora que queramos. "You take my rickshaw, not another rickshaw". 
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Benares 
   El diario The Times of India informa de que en algunas ciudades continúan produciéndose brotes de violencia callejera en la campaña para las elecciones municipales. Veamos otras noticias publicadas ese día: en Calcuta se está extendiendo una epidemia atípica de malaria. Hay nueve fallecidos y cunde el pánico entre la población. Todo el mundo está comprando cloroquina. El gobierno recomienda utilizar mosquiteros y evitar las aguas estancadas (¿cómo?). Advierte sobre los efectos secundarios de las medicinas, que pueden provocar ceguera. El Taj Mahal se está deteriorando por la masiva afluencia de turistas. No fue concebido para ser hollado por tanta gente; la humedad corporal que desprenden los visitantes deteriora las piedras; los jardines se marchitan. El supuesto suicidio de una mujer resulta ser un asesinato por parte de su familia política. Tenía 18 años y llevaba año y medio casada, fue estrangulada y luego quemada con queroseno, según revela la investigación post mortem. 
   Conversando con un paisano que lleva varios meses recorriendo la India, con quien compartimos mesa en un cafetín, sale a relucir esta última noticia, y el viajero nos comenta lo mal que lo tienen las mujeres en este país. Nos recomienda leer sobre este asunto el libro 'Que seas madre de cien hijos' ('May you be the mother of a hundred sons', de Elisabeth Bumiller, Penguin Books, 1990), título que alude a la fórmula habitual con que los familiares se dirigen a la novia el día de su boda para desearle una buena descendencia. El libro repasa temas como el de la dote de bodas, que tanto condiciona la estructuración de la sociedad hindú. O sea, el pago que debe efectuar la familia de la novia a la familia del novio al concertar la boda. Hoy la dote se negocia hasta en especias: un reproductor de vídeo, una motocicleta, etc. El novio y la novia ni opinan ni se conocen entre sí. No hay amor de por medio. Sólo transacciones económicas. El futuro esposo está esperando más a la dote que a la mujer. Por una dote se puede arruinar una familia, o entramparse hasta el punto de tener que poner a trabajar a los niños de la casa hasta condonar la deuda. Oficialmente el sistema de dotes está prohibido en la India, al igual que está prohibido el sistema de castas. Oficialmente. Pero en la realidad se sigue practicando, y a partir de ahí surgen fuertes conflictos derivados de promesas de dotes que luego no se pueden cumplir, llegando en algunos casos al homicidio. Por el método, por ejemplo, de rociar de queroseno el sari de la esposa y prenderle fuego. Luego se alega "accidente hogareño". Sólo en Delhi se detectan seiscientos casos semejantes al año. El viajero nos habla también del 'sati', o la arcaica costumbre de la autoinmolación de las viudas en la pira de cremación de sus maridos. El rito del sati se suponía erradicado desde la época del Raj británico, pero aún se dan casos aislados: el último hace muy pocos años. Y del tema del infanticidio selectivo. Hay pueblos donde sólo nacen un 25% de niñas contra un 75% de niños, porque al resto las sacrifican recién nacidas. "Es una desgracia nacer mujer en la India", sentencia. 
 
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4.5
Templos vivientes, palacios agonizantes

   
 
   A la mañana siguiente, encaminamos nuestros pasos hacia el Templo de Durga. Las calles que se aproximan a este popular templo están archiabarrotadas de rickshaws, y totalmente obstruidas con el habitual embotellamiento de surtidos vehículos que no pueden ni avanzar ni retroceder. 
   Hay un rótulo a la puerta del templo anunciando que no se permite la entrada a no-hindúes, pero es una norma que se cumple con mucha laxitud. Un señor pinta un punto rojo (el 'bindu') en la frente a los visitantes. El complejo data del siglo XIX. En el centro de un patio porticado se levanta una Benaresimponente torre en sikhara recién pintada de un deslumbrante rojo carmesí (foto54), que custodia en su interior la cámara más sagrada del santuario, la que alberga la estatua de la diosa Durga. Adosada al sikhara, contrasta por su blancura la sala columnada que hace de vestíbulo al santa-santórum, un mandapa de columnas de piedra ricamente trabajadas con ornamentos en relieve. De pilar a pilar cuelgan campanas sujetas por cadenas, de distintos tonos de tañido, que los fieles están haciendo continuamente sonar durante las ceremonias, creando un fondo continuo de música atonal improvisada (foto55). Las campanadas arrecian cuando el brahmán oficiante cierra las puertas de la celda en que mora la imagen de Durga, y no cesan hasta que las vuelve a abrir. Entonces los devotos rezan a la diosa, le dirigen ruegos, le solicitan bendiciones, se prosternan hasta tocar con la cabeza el suelo, le ofrecen flores como puja, dan un donativo al sacerdote. Durga ('la inaccesible') es una de las manifestaciones de la 'shakti' o energía cósmica femenina, y cónyuge del dios Siva. Aunque de extraordinaria belleza, y ataviada de suntuosos vestidos y joyas, puede presentar un aspecto sumamente amenazador ante sus enemigos; no en vano es pareja del dios de la Destrucción. Su representación icónica más común (Durga Mahishasuramardini) la muestra cabalgando un león o un tigre y provista de un gran número de brazos, blandiendo cada uno un tipo diferente de arma divina. Así pudo matar al demonio Mahisha, una especie de minotauro con cabeza de búfalo. 
   El jaleo de rezos y campanazos se mezcla con los chillidos de los monos que invaden el recinto del santuario, donde campan a todas horas por sus respetos. El templo de Durga es también conocido como 'templo de los monos', y no por casualidad. Los macacos son aquí considerados sagrados. Los clérigos les dan de comer, y les permiten circular y alojarse por sus dependencias, que se llenan de nutridas y alborotadoras colonias simiescas (foto58). En medio de las ceremonias, los macacos se persiguen unos a otros jugando al que-te-cojo, se agarran en cadena y forman un tren, gritan, irrumpen en tropel en la capilla principal, asustando a los fieles que han entrado a hacer una puja a Durga. No dejan un instante de incordiar a los feligreses, que los espantan y los esquivan como pueden. Son muchos, y entre ellos los machos grandes imponen; uno se acerca a otro por la espalda y le hace unos ademanes de copular un tanto inapropiados en un recinto sacro, pero a nadie Benaresparece importarle. Los macacos son agresivos y no hay que tocarlos, advierte un brahmán, sino dejarse tocar por ellos. De vez en cuando les da por subirse por sorpresa a la cabeza de las personas, de un brinco, o utilizar su cuerpo como plataforma para coger impulso y saltar más arriba, a un segundo piso.
   Alguien aconseja llevar una estaca en la mano para mantener a los monos a raya y demostrarles quién es el macho dominante. Basta con enseñarles el palo en actitud de amenaza para que se aparten, pero a nada que intuyan la más mínima vacilación contraatacarán con más insolencia. Y mostrarán hostiles, con una expresión de ferocidad, sus puntiagudos colmillos. A veces los monos han mordido a los forasteros que no sabían cómo tratarlos. Un guardián cuenta que una vez un macaco robó una mochila a un extranjero, se encaramó a lo más alto de la torre-sikhara, abrió la mochila, sacó todos los billetes de dólares que guardaba en ella y se dedicó a romperlos y a tirarlos, sin que nadie pudiera hacer nada. "Big money, but monkey no understand money". El extranjero lloraba a moco tendido. Había perdido todas sus pertenencias, a excepción del pasaporte, que por fortuna había dejado en el hotel. Una mona vieja y con varices en las patas traseras hurga en un matojo de cabellos que hay en el suelo del patio, para ver si atrapa algún piojo. La cabellera pertenecía a un niño que acaba de ser rapado al cero por sus familiares, en un rito dedicado a Durga (foto57). 
   Junto al templo de Durga hay un estanque rodeado de ghats donde los macacos buscan afanosamente cosas que llevarse a la boca rastreando el cieno del fondo de las orillas. Los monos no le temen al agua. Se zambullen en el estanque saltando desde la rama de un árbol, y nadan con soltura. No compre una bolsa de cacahuetes con la intención de ofrecer uno a un macaco, porque el macaco le arrebatará la bolsa y se quedará usted con el cacahuete en la mano. Su mismo nombre lo avisa: ma-cacos. 
   Cerca del templo hay un quiosco de mármol blanco que es un mausoleo erigido en el lugar donde murió un destacado yogui, Swami Bhaskaranand Samadhi. Aunque es de moderna factura, responde al típico estilo indo-islámico de la India septentrional, con sus amplios arcos polilobulados descansando sobre elaboradas y gráciles columnas. Se acerca un hombre vestido de blanco con turbante, que glosa detalles del monumento, para acto seguido pedir una puja. "I'm holy man" –afirma. De aquí se puede bajar enseguida a la orilla del Ganges a la altura del Assi Ghat, donde alquilaremos una barca de remos, con su barquero, para cruzar el río navegando rumbo a la fortaleza de Ramnagar. 
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   Ramnagar es la única edificación que se divisa enfrente, en la despoblada ribera opuesta a la ciudad, allá lejos hacia el sur. La barca tiene que arrimarse bastante a la orilla para poder avanzar, pues va a contracorriente. De esta forma, en vez de remar, el barquero puede hincar el remo en el fondo, e impulsar el bote haciendo palanca. Se ven muchas aves en esta zona desolada. Una rapaz con aspecto entre águila y buitre, como un alimoche, garzas y otras zancudas, un martín pescador de vivos colores. Las carroñeras picotean restos de los animales muertos varados en los barros de la orilla. BenaresTambién los perros devoran carroñas y huesos en ribazos encenagados que hieden a putrefacción. El barquero informa medio en inglés, medio por señas (se señala el brazo y el pecho) que son trozos de carne humana provenientes de cuerpos a medio quemar en las cremaciones. No hay animal peor tratado en la India que el perro. Su sólo contacto se considera impuro; vagan por las calles famélicos, tiñosos y llenos de pústulas, con las llagas en carne viva de tanto rascarse. El barquero explica que llamarle perro ('kota') a alguien es uno de los más despectivos insultos que pueden proferirse en la India. Más adelante deja claro que la barca no es suya, sino de su patrón. Llegando ya a nuestro destino, se ven nuevas piras de cremaciones en la orilla. 
   El palacio-fortaleza de Ramnagar fue construido por el rajá Balwant Singh en el siglo XVIII. Éste era hijo del fundador de la dinastía de Ramnagar, Mansa Ram. Bajo el dominio británico, a partir de 1910 y hasta la independencia, fue cuartel general de los soberanos del estado de Benares, aunque paradójicamente no tenía jurisdicción sobre la misma ciudad. 
   El gigantesco murallón externo de la fortaleza es en verdad impresionante, con su ritmada sucesión de bastiones cilíndricos de piedra reflejándose en el agua (foto59). Detrás se levantan las casuchas de un pueblo que va creciendo para ciudad, que no se ven ni se adivinan desde el lado del río. Se accede al complejo por un pórtico monumental pintado de verde, flanqueado por cañones. En el vestíbulo hay policías que no sólo vigilan, sino que viven allí mismo. En el patio se ven camas, ropas tendidas y guardias acostados en 'charpoys', jergones de madera y esparto. 
   La arquitectura interior es poco interesante, a diferencia de otros fuertes y palacios reales en los que la India es pródiga, como los de Jaipur, Amber, Jodhpur, Mysore, Udaipur... Pero es posible curiosear por las cuadras de elefantes, y los antiguos apartamentos privados del rajá, transformados en museo. La visita es muy ilustrativa: permite contrastar en un mismo espacio los lujos de antaño con la decrepitud del presente. Ramnagar es un vivo símbolo del declive del poder de los rajás y maharajás de la India, desde que el país se emancipó de las riendas del imperio británico. 
   Las viejas cuadras de elefantes ya sólo albergan, como si fueran garajes, una colección de carrozas, coches y palanquines. Un carruaje recubierto con adornos de marfil duerme estacionado junto a un automóvil de los tiempos de Al Capone. Otro vetusto automóvil de marca Minerva llama la atención de unos belgas flamencos que están de visita: comentan que es la única marca de coches que se fabrica en Bélgica, y les divierte descubrir en Benares este enorme ejemplar pionero, al que en su día acoplaron una bocina en forma de serpiente. 
   En otras salas oscuras, destartaladas y llenas de un polvo de siglos se pueden contemplar un sinfín de variopintos objetos que pertenecieron a los soberanos: sillas de montar elefantes, adornadas con dibujos de animales y motivos de caza. Coronas para elefantes, con las que eran engalanados en desfiles y fiestas. Una sección de armas con trabucos y largas escopetas de cañón espigado. Un reloj imponente que da las horas, los días, los meses, el año, el signo del zodíaco y el ascendente. Tallas de marfil en miniatura ('very uncommon', dice un letrero). En una pared cuelgan fotos enmarcadas del penúltimo rajá de la dinastía: se le ve en una junto a Haile Selassie y en otra, para nueva sorpresa de los belgas, junto a los reyes Balduino y Fabiola. Trajes de gala. Muebles antiguos de fina marquetería. Alfombras oscurecidas por una gruesa capa de suciedad. Una sala de recepción cerrada al público, que sólo se puede contemplar atisbando por un pequeño orificio que atraviesa la puerta. Trofeos de caza, testas disecadas de ciervos. Cabezas y pieles de tigres. Un cocodrilo, un gavial, un oso disecados. Trampas para elefantes consistentes en unos tetraedros de pinchos que, esparcidos por el suelo, servían para impedir el avance de los paquidermos en las batallas. 
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   En la travesía por el río de vuelta a la ciudad, el remero nos hace saber que quien no se da un 'holy dip' en el Ganga no ha hecho una visita completa a Benares. En consecuencia, dicho y hecho, decidimos darnos un baño de despedida ahí mismo, en la parte media y más profunda del cauce, lejos de las orillas, y nos zambullimos de cabeza en las sagradas aguas, pese a las protestas del remero que advierte que es peligroso nadar en esa zona por la presencia de delfines. Y transmitimos en silencio a Ganga nuestro deseo íntimo de que algún día podamos tener la fortuna de regresar a Varanasi. El agua está turbia, pero a buena temperatura. El sol se está poniendo. 
   Al pasar la barca frente a una pequeña mezquita de tiempos de Aurangzeb, de cuya bóveda de portal penden enormes panales de abejas, el barquero comenta que musulmanes e hindúes "fighting", enganchando los dedos índices en un gesto que significa pelea. Una bandada de loros color esmeralda surca el cielo con ruidosos graznidos. 
   Se nos cruza una barcaza que transporta un nutrido grupo de hombres y mujeres, vestidos con cálidos colores que se tornasolan a las luces del ocaso (foto60). Van entonando a coro una monocorde cantinela preñada de líricos acentos que parecen traslucir un deje de nostalgia. Son peregrinos tamiles, venidos a Benares desde el lejano estado sureño de Tamil Nadu. El barquero les pregunta qué es lo que cantan. Desde la otra barca vocean: "Gita". Se refieren al Bhagavad Gita, o Canto del Bienaventurado, el poema que condensa todas las esencias del hinduismo, recogido en el Mahabharata. Con el telón de fondo de las humaredas de los cadáveres incinerados, por asociación de ideas, nos vienen a la memoria retazos del texto, que podrían muy bien encajar como letra de los cánticos que escuchamos. 

   Como el hombre deja los vestidos viejos para tomar otros nuevos, así el espíritu abandona las cuerpos viejos y se interna en los nuevos.  
   Ni le hieren las armas, ni le quema el fuego, ni le mojan las aguas, ni le marchitan los vientos;  
   invulnerable es, incombustible, incapaz de ser mojado e inmarcesible; constante, omnipresente, firme, inamovible y eterno; imperceptible, incomprensible e inmutable es llamado.  
   Por tanto, conociéndolo así, no debes llorar por él, porque de todo ser que nace hay muerte cierta, y de todo el que muere nacimiento cierto; 
   por tanto, siendo esto inevitable, no debes entristecerte. 
 
   Pero la tarde está muriendo, y la tristeza nos inunda, sin que nos sirva de consuelo saber que habrá el renacer de un nuevo día. Pues ha llegado la hora de despedirnos de Benares, a la que la bruma envuelve ya como en un sudario de gasa y empieza a difuminar en borrosos perfiles. El sol arroja sobre el río su vespertina guirnalda de oro y se incinera sobre el horizonte con un intenso fulgor cárdeno. Amarra el barquero su bote a los muelles, y tras cobrar su bien sudado jornal, se aleja para perderse en el hormiguero de callejas de la ciudad, uno más entre el gentío innumerable. Y la vida de Benares prosigue su curso con el ruidoso palpitar de sus gentes afanándose por un día más de subsistencia, y con el eterno ir y venir de sus peregrinos en pos de la liberación de las ataduras de sus almas. 
   Vibran los bulliciosos murmullos de la muchedumbre, resonando con apagados ecos sobre la superficie en penumbra del Ganges. Y el Río majestuoso avanza allá abajo, sereno, implacable, transportando hacia el mar las procesiones de lucecillas titilantes que se alejan flotando en sus frágiles barquichuelas, como una comitiva de almas errantes, hasta sumirse en las tinieblas. 
   Y la dulce noche termina por anegarlo todo silenciosamente. 

   Vasto como un mar el Ganges fluye,  
y alimentado por las nieves del Himalaya,  
o por lluvias torrenciales, con gigantesca fuerza  
recorre incansable su predestinado camino.  
  
   Grave en la corriente está el Brahmin,  
y pliega su cordón, retuerce sus manos,  
y recita su rosario, y del todo inaudible  
musita solemne una palabra mística.  
   Con reverencia se baña el Sudra  
y fervientemente sorbe el agua  
que trae a sus más humildes esperanzas  
una vida futura de días más felices.  
  
   Y con pío fervor rinden  
veneración a Ganga,  
y con discretos ritos le formulan  
los deseos de sus corazones.  
   Doncellas o matronas, tras arrojar al agua  
Champac o lotos, Bel o rosas,  
o dejar flotando una llama temblorosa  
en un pequeño cuenco o barco de papel,  
rezan por la paz y prosperidad de un pariente,  
por el éxito y la salud de un hijo,  
susurran una plegaria por un buen marido,  
por una progenie con la que compartir sus amores,  
por todo lo bueno que da la tierra  
o espera en el cielo a los humildes.  
   Son escenas que exhibe el Ganges,  
mientras fluye rápido hacia el mar;  
y todos los que aman escrutar las obras  
de la naturaleza, o los pensamientos del hombre,  
pueden hallar aquí sin duda alguna  
placer y provecho para la mente.  

   (Horace Hayman Wilson, 1786-1866. El Ganges) 
 
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5.  La bendición que cayó sobre Sarnath
 
   En la India se da la paradoja de que siendo el país donde nació y vivió (en el siglo VI a C) el Buda Siddharta Gautama Sakyamuni, y donde se fundó el budismo, el porcentaje de adeptos a esta fe es hoy muy minoritario con respecto a otras grandes religiones como el hinduismo o el islam. Y por contraste con otros países por los que se expandió el budismo, como Sri Lanka, Nepal, Tibet, Indochina, Corea, Japón... donde la inmensa mayoría de sus habitantes la profesan. Si el budismo llegó a ser un credo mayoritario en el Indostán a partir del emperador Ashoka (siglo III a C), con el paso de los siglos terminó siendo absorbido de nuevo por la religión brahmánica, de la que había nacido como reforma, y tanto es así que hoy, para un hinduista, Buda no es sino otro 'avatar' o encarnación de Vishnu. Subsisten, sin embargo, comunidades de fieles budistas en la India, que podrían suponer en torno al 1% de la población, sin contar a los refugiados tibetanos. 
   Para los budistas de todo el mundo, los lugares que fueron hollados por los pies de Buda son santos. La ciudad donde nació y decidió su 'Gran Renunciación' (Kapilavastu); los sitios donde vivió en su peregrinar por el Bihar y tierras aledañas (Rajagriha, Ayodhya...); el emplazamiento del árbol de Bo, bajo el cual alcanzó la iluminación (Bodh Gaya); la ciudad donde murió (Kusinagara). A estos lugares, de los que a veces no quedan sino unas exiguas ruinas de tiempos del Iluminado, acuden peregrinos de todos los países budistas, muchos de los cuales efectúan generosas donaciones a sus monasterios. Los gobiernos de estos mismos países financian en estos sitios la construcción de fastuosos templos y pagodas budistas, a los que imprimen en sus arquitecturas el estilo propio de cada país de procedencia. Así, en pequeñas localidades indias como Bodh Gaya o Rajgir, podremos contemplar modernas estatuas gigantes del Buda y un desproporcionado número de santuarios budistas, distinguibles entre sí por sus rasgos arquitectónicos: un templo birmano, un templo tailandés, un templo tibetano, etc. 
   Sarnath, modesta población a diez kilómetros de Benares, es uno de estos sitios santos del budismo. Se trata del lugar donde el Buda pronunció el primer sermón a sus discípulos tras haber alcanzado la iluminación y 'puso en marcha la Rueda de la Ley'. Este sermón, que adoctrinaba sobre la existencia del dolor humano, sus causas, y los caminos para liberarse del sufrimiento, extinguir todo deseo, y alcanzar en esta vida la beatitud o nirvana, se considera el momento fundacional del budismo, y tuvo lugar en el Parque de los Ciervos (Isipatana) de Sarnath. En este mismo parque se pueden visitar hoy día las ruinas de grandes monasterios con más de mil quinientos años de antigüedad, levantados en plena edad de oro del budismo en la India. 
   En el trayecto de Benares a Sarnath prácticamente no queda campo libre. Los arrabales de Varanasi han ido extendiéndose sin orden ni concierto por la llanura, y ya se solapan con los de Sarnath. Esta población se desparrama en torno a una amplia parcela de terreno verde y arbolado, que es un campo de ruinas de antiquísimos edificios budistas, algunos visibles desde lejos, otros medio escondidos entre la vegetación (foto65). Es el Parque de los Ciervos, lugar santo del budismo. Todos los días, miles de escolares visitan, vestidos con el uniforme del colegio, los históricos monumentos en ordenada fila india y muy formales (foto69). 
   En todos los centros conectados con la vida de Buda fueron gradualmente creciendo a lo largo de más de un milenio grandes complejos de edificios, compuestos de stupas (o relicarios gigantes), capillas, templos, colegios y monasterios, construidos de ladrillo y estuco, que se iban acumulando dentro de un vasto espacio cercado. Estos complejos, dedicados a la vida religiosa, eran habitados por miles de monjes, y han sido calificados como verdaderas ciudades universitarias, que proliferaron por toda la llanura del Ganges entre los siglos V y XII. La en su tiempo afamada universidad budista de Nalanda sería otro buen ejemplo de este tipo de congregaciones. 
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Capitel de Ashoka 
   De todos los stupas de Sarnath, destaca por su curioso perfil acampanado el stupa Dhamekh, una torre maciza de 15 metros de alto que se divisa desde todos los puntos del parque (foto66). Está construido con un núcleo de ladrillo envuelto por una sólida capa de revestimiento de piedra, que es una adición posterior, con una decoración inacabada de exquisitos relieves florales y geométricos, de formas muy inhabituales (foto68), fechados en la época gupta temprana (siglo IV d C). Las excavaciones han desvelado que el edificio encerraba en su interior un pequeño stupa de ladrillo, que podría ser el mismo que el emperador Ashoka elevó en el emplazamiento donde el Buda predicó su primer sermón a cinco seguidores. El stupa Dhamekh está actualmente muy reconstruido. Monjes con los cráneos rapados y túnicas azafrán, que portan lámparas encendidas, circunvalan el monumento en el sentido de las agujas del reloj. 
   Las ruinas del templo principal de Sarnath han sufrido el castigo de los siglos hasta quedar reducidas a basamentos, plataformas y plintos de ladrillo emergiendo con dificultad de una tupida vegetación de arbustos, matojos, musgos y yedras. Pero queda lo suficiente para poder apreciar el grado de virtuosismo que alcanzó la arquitectura de ladrillo en los siglos V y VI (la época gupta). Los frisos y molduras se multiplican y superponen en sinuosas composiciones, realzadas con adornos vegetales cincelados en el mismo ladrillo, que reproducen una forma recurrente en las arquitecturas budista e hinduista: la de la hoja del árbol de Bo. Este santuario se yuxtapone al emplazamiento de la 'morada perfumada de los orígenes', el lugar donde vivió el Buda en Sarnath. Quedan también los restos de una balaustrada monolítica de época maurya (321-184 a C), y un fragmento del fuste de una 'columna de Ashoka', identificable por su fino pulido. Originalmente medía 15 metros de altura, y estaba coronada por el célebre capitel de leones que se ha convertido en emblema de la India, y que se conserva en el museo. 
   El Parque de los Ciervos hace honor a su nombre, y por sus prados corretean familias de hermosos cérvidos con el cuerpo cubierto de pintas blancas (chitales, foto71). Los ciervos están protegidos por una kilométrica malla metálica que divide en dos el parque, y separa a los bichos de los humanos. Unos monjes budistas les dan de comer a través de la malla unas lonchas de frutas que han comprado a unas pizpiretas vendedoras de comida para ciervos (foto70). Un chital joven con dos bultos en la testa, de los cuernos que le están a punto de explotar, mastica con placer unas manzanas. 
   Fuera del parque, hacia el sur, se levanta otro gran stupa de ladrillos muy desmoronado, que más parece una colina. Es el stupa Chaukhandi. Su cima está coronada por una torre elevada en 1588 por Akbar. Un moto-rickshaw trepa por el stupa hasta su parte más alta para ofrecer sus servicios a los visitantes. 
   En el Museo de Sarnath se custodia el famoso capitel de Ashoka, adoptado como emblema institucional de la India, cuya reproducción aparece en banderas, monedas, sellos y todo tipo de documentos oficiales. Del siglo III a C, se compone de cuatro antecuerpos de leones en bulto redondo que miran a los cuatro puntos cardinales, esculpidos en arenisca y pulimentados hasta obtener una tersura marmórea en su superficie. Por encima de los leones sobresalen los restos de una gran rueda de piedra con sus radios. Es el 'dharmachakra' o la Rueda de la Ley que el Buda echó a rodar para expandir su doctrina por el mundo, símbolo de la fe budista y también de la Unión India. La composición general del coronamiento recuerda a los capiteles de los palacios aqueménidas de Persépolis y Susa, y el estilo artístico de los leones se puede equiparar al de la escultura grecorromana clásica, con la que tiene grandes afinidades. A partir de la expedición de Alejandro Magno al Indo se produjo una duradera conexión entre las culturas helénica y budista, desarrollándose un arte denominado greco-búdico en zonas como el norte de la India, el actual Pakistán (ver en fotoAleph colección 'Vislumbres de Pakistán' y texto 'Taxila y el arte greco-búdico') y Afganistán, del que el capitel de Ashoka constituiría un señero ejemplo. 
   Además de este impresionante capitel, el museo de Sarnath alberga otras excelentes obras de arte del budismo primitivo y del hinduismo clásico. Un examen atento de las estatuas y relieves búdicos permite distinguir un marcado cambio conceptual en el modo de representación de la persona del Buda. Mientras en las piezas escultóricas más antiguas nunca se reproduce directamente la figura humana del Iluminado, sino que se alude a él metafóricamente mediante la plasmación de objetos simbólicos relacionados con su vida, como el árbol, la rueda, el parasol, el elefante o las huellas de los pies, a partir de los siglos II-III d C, con el auge de la corriente budista mahayana o del 'gran vehículo', ya se representa al Buda con su propia figura y su propio rostro. De pie, sentado en postura de loto, o acostado en el momento de su muerte y extinción en el 'paranirvana'. 
   Entre las piezas escultóricas del museo, podremos admirar un magnífico Buda sentado mahayana del siglo V d C, con las manos haciendo el gesto de 'dharmachakra mudra' o puesta en marcha de la Rueda de la Ley. Bellas cabezas de Buda, con el rostro reflejando la máxima serenidad, los ojos entrecerrados en meditación, y una característica protuberancia en lo alto del cráneo, que tienen un inconfundible aire heleno en su estilo. Un 'boddhisatva' gigante de época kusana. Un gran parasol de piedra, remate de algún stupa. Inscripciones en lengua pali, usada por los primitivos budistas. Y también piezas hinduistas, dioses, diosas, y la escultura colosal inacabada de un demonio, cuyas gotas de sangre al caer al suelo se convertían en otros tantos demonios, hasta que Siva creó a las Siete Madres para que se bebieran su sangre, y así poder vencerle. 
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   Aparte de las ruinas de los antiguos stupas y monasterios budistas, hay en Sarnath templos recientemente construidos por la Maha Bodhi Society, y por budistas chinos, birmanos y tibetanos. 
   Dentro del recinto del parque se levanta un moderno templo jainista, en el exacto lugar, según un cartel, donde nació el undécimo tirtankhara jain. También puede visitarse un templo birmano. Y un templo thai con exuberantes jardines interiores de bambúes. En este último templo se celebra una boda. Una banda de música toca con instrumentos de viento parecidos a chirimías, acompañados de percusión, una melodía vivaz y al mismo tiempo melancólica. Las mujeres asistentes a las nupcias están llorando. 
   Un par de leones custodian la entrada al monasterio tibetano. Atravesando salas con los muros totalmente cubiertos por dramáticas pinturas murales de dioses benignos y seres maléficos, se llega ante la presencia de un enorme Buda que no puede verse entero hasta que se sitúa uno a sus pies. En una vitrina se exhiben miles de pequeños budas sentados. Hay también rodillos de oraciones y un cepillo para depositar donativos. En la puerta general de entrada al monasterio, un cartel pintado con un texto denuncia las atrocidades cometidas por el régimen chino en el Tibet (foto72). Traducimos el contenido, por su interés: 
 
   "Atrocidades en el Tibet". 
   "Tibet, antaño un estado soberano independiente, fue ocupado a la fuerza por China en 1959. En nombre de la liberación y el progreso, se ha tratado sistemáticamente de borrar a los tibetanos como una raza y cultura distintas de la faz de la Tierra. El régimen chino en el Tibet es más brutal e inhumano que cualquier otro régimen comunista del mundo. En los 60, la Comisión Internacional de Juristas halló, tras intensas investigaciones, que China había cometido actos de genocidio en el Tibet. Más de 1,2 millones de tibetanos habían sido asesinados; más de 6.000 monasterios e instituciones de enseñanza habían sido destruidos, y los tibetanos estaban privados de los derechos básicos de expresión, palabra, movimiento, religión, etc. Las mujeres tibetanas eran sometidas a abortos y esterilizaciones. Los niños tibetanos estaban privados de su educación infantil básica. Detenciones arbitrarias, represión, tortura, encarcelamientos, han sido la tónica general durante los últimos 45 años. 7,5 millones de chinos han sido trasladados al Tibet, haciendo de los 6 millones de tibetanos del Tibet una minoría en su propia tierra. 
   "La cuestión de la independencia tibetana no es sólo un asunto de los tibetanos. Está directamente relacionada con la paz en Asia y, a largo plazo, del mundo. Llamamos por tanto a la Comunidad Mundial a ayudarnos en nuestra lucha justa por la libertad. 
   Tibetan Freedom Movement 
   Sarnath, Varanasi (Uttar Pradesh)"
  
  
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Takht-i Bahi. Un monasterio en las montañas de Pakistán
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Myanmar. Bienvenidos al país dorado
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2   Benares. Meca del hinduismo
3   Breve historia de Benares
  
4   Inmersión en Benares
     Los ghat. Escaleras al Paraíso
     El Chowk. Bazar de las sorpresas
     Apuntes callejeros
     Incidentes de viaje en rickshaw
     Templos vivientes, palacios agonizantes
5   La bendición que cayó sobre Sarnath
  
Indices de fotos
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