La cinta que rodea el tronco indica
el carácter sagrado de esta ceiba, según los ritos animistas.
(Affiniam, Casamance)
"Y de
palma en palma andaba (...),
adentrándome en
el campo, desdeñando los monótonos, torcidos y
despeinados cocoteros de las costas, hasta tropezarme con el más
monumental, el más adusto, el más imponente de mis
árboles: la Ceiba. La ceiba, aislada en un espacio por ella
elegido, me hablaba en un idioma desconocido del nogal, el encino, el
tilo, el abedul. Arbol parado por derecho propio, indiferente a las
sequías, indiferente a las lluvias, desafiador de huracanes,
testigo impasible y enhiesto de diez, veinte, ciclones, en cuyas ramas
no anidaban pajarillos, porque no le interesaban los solos de
pífano ni las músicas de cámara, sino las
sinfonías de los vientos viajeros que, de paso, le narraban la
historia del mundo –historia que para este árbol empezó
cuando lo vegetal, en hierbas de gigantesca estampa puso por fin,
después de muchas luchas, un color verde sobre la siniestra
grisura inicial de la Tierra. "
(Alejo Carpentier, La consagración de la primavera,
1978)
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