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Cada cierto tiempo en la vida hay que
volver
a Julio Verne. Nos lo pide el cuerpo y el cerebro a quienes tuvimos la
gran suerte de leerlo en la infancia. Nadie crea que se trata de
ningún
tipo de operación-nostalgia. Se trata nada menos que de revivir
con cada uno de sus libros una prodigiosa aventura mental que va mucho
más allá de las meras peripecias de la ficción
escrita,
y que nos aporta con cada lectura adulta nuevos significados y nuevos
ámbitos
de exploración.
| Y da igual que
nos sepamos
de memoria el final de la novela, verbigracia el resultado de la
apuesta
de Phileas Fogg a favor de la tesis de que se podía dar 'La
vuelta
al mundo en 80 días' con los medios de la época.
Seguiremos
las andanzas del gentleman británico aplicando su
inquebrantable
voluntad a demostrarla por la vía de los hechos, arrastrando
consigo
a su criado Passepartout en un periplo alrededor del Globo, con el
mismo
interés y ansiedad con que lo leímos por primera vez un
lejano
día. Y su trepidante acción, su sabiamente dosificado
suspense,
nos mantendrán en vilo hasta el desenlace en el último
segundo.
Como la primera vez. Nuestra mirada envejece, pero las novelas de Verne no. Ya en su tiempo fueron admiradas por autores como Tolstoi, Gorki, Kipling, Gautier o Saint-Exupéry. También fascinaron a los surrealistas. Más recientemente, en los años 60 del siglo XX, han sido revalorizadas por intelectuales como Michel Foucault y Roland Barthes. Y hoy siguen atrayendo a millones de lectores de todas las edades, siendo el escritor francés más traducido del mundo. Digamos para empezar que ya va siendo hora de desterrar el cliché de que Jules Verne es sólo un autor de literatura juvenil. Cierto es que niños y jóvenes lo siguen leyendo con igual placer que en su día. Pero las novelas de Verne contienen mucho más que meros relatos de aventuras, y son susceptibles de otros niveles de interpretación por parte de un público adulto. Ya lo advierte Miguel Salabert en su prólogo a 'Viaje al centro de la Tierra': "reducir al gran mitólogo que es Verne a un escritor de aventuras es como limitarse a leer en Moby Dick el relato de la persecución de una ballena". Fernando Savater va más allá cuando afirma: "En casos como el de Verne, los críticos literarios son particularmente víctimas de sus limitaciones intrínsecas: son ellos los que han decidido que los escritores de aventuras o de anticipación son 'menores', son ellos quienes decretan que los adolescentes no gustan más que de lo pintoresco o lo venial, son ellos los que el siglo pasado (el XIX) limitaron el interés de Verne a su capacidad de prever avances científicos y de hilvanar peripecias curiosas... Son ellos los que siempre se han equivocado con Verne; los niños, en cambio, acertaron desde el primer momento. Ahora se trata de rescatar a Verne no de sus entusiastas, sino de los prejuicios de la crítica 'seria' contra la literatura 'menor'." (F. Savater, 'La infancia recuperada', cap. III: 'El viaje hacia abajo'). Se trata del mismo tipo de prejuicios en que incurren los que piensan que Kipling, Stevenson, H. G. Wells o Conan Doyle son escritores menores, o que desprecian el cómic como un subproducto para niños, en un análisis que sólo se puede calificar de pueril. Savater arremete contra esta visión reduccionista en su excelente ensayo 'La infancia recuperada' y nos propone superarla con una nueva lectura de los libros que nos apasionaron de pequeños, para redescubrirlos desde otra dimensión. Recuperar la infancia, la mirada ingenua y sin dobleces, el sentido del disfrute desinteresado, del juego por el juego, la capacidad de fascinación de un ser que está descubriendo el mundo. Y comprender que lo solemne y lo abstruso de un estilo no son garantía de calidad en la literatura, ni un estilo ligero e imaginativo implica ausencia de ella. Volvieron a mi memoria los
recuerdos
de la infancia. Entonces, como un
niño, cerré
los ojos para no ver la oscuridad. "Cuando yo era niño, hablaba como
niño, pensaba
como niño, razonaba como niño; mas cuando llegué a
ser hombre, me deshice de las cosas de niño", escribe Pablo a
los
corintios. Pero ¿no había antes predicado Jesús
que
"deberéis haceros como niños para entrar en el reino de
los
cielos"? Si el adolescente rechaza el niño que lleva dentro,
¿no
habría el adulto de expulsar, en cierto momento de su
maduración,
la mentalidad de teenager que aún lleva dentro? Es un
viaje
de ida y vuelta, no a una 'segunda infancia', sino a un plano superior
e integrador que acepte las muchas personalidades que se esconden en
nuestro
yo, incluida la del infante que un día fuimos, con su mirada
incontaminada.
Con su visión libre de prejuicios heredados, de tópicos y
de lugares comunes. Tendremos, pues, que hacernos como niños si
queremos entrar en el reino de los libros de Verne, que es lo
más
parecido al reino de los cielos que hay en esta Tierra, a juzgar por el
placer inagotable que proporcionan. Huir sería, por lo
tanto,
conformarse a las leyes de la más elemental prudencia. Pero no
parece
que hayamos venido aquí a ser prudentes. Afirmaba Julio Verne que "todo lo que de grande
se ha realizado
ha sido hecho en nombre de esperanzas exageradas", y a esta
filosofía
parecen responder la mayoría de los héroes (y
anti-héroes:
Nemo, Robur...) de sus novelas, incluido Lidenbrock. |
| Lección I: ¡Al diablo las teorías! |
| Axel: –Es
sabido que el calor aumenta en casi un grado por cada setenta pies de
profundidad
bajo la superficie del Globo. Ahora bien: admitiendo que esta
proporcionalidad
se mantenga constante, dado que el radio terrestre mide mil quinientas
leguas, la temperatura existente en el centro debe ser superior a
doscientos
mil grados. Las materias del interior de la Tierra se hallan, pues, en
estado de gas incandescente, ya que ningún metal, ni el oro, ni
el platino, ni las más duras rocas resisten a tal temperatura.
(...) –He aquí lo que yo decido –replicó el profesor Lidenbrock, recuperando sus aires de suficiencia–. Decido que ni tú ni nadie sabe con certeza lo que hay y pasa en el interior del Globo, habida cuenta que apenas se conoce la doceavamilésima parte de su radio. Decido que la ciencia es eminentemente perfectible, y que cada teoría viene siendo incesantemente destruida por una teoría nueva. (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 6) ¿Y quién podría negar que el
profesor
tiene aquí toda la razón? ¿Alguien ha visto el
interior
profundo de la Tierra? ¿Existe alguna muestra de lo que
allí
se esconde? Por supuesto que hay teorías científicas al
respecto
sólidamente argumentadas, pero no dejan de ser eso:
teorías,
hipótesis a confirmar, y en este caso estamos
prácticamente
igual que en tiempos de Verne. Es mucho más lo que ignoramos que
lo que conocemos de las entrañas del Globo. La acción de 'Viaje al centro de la
Tierra' arranca
cuando el profesor Lidenbrock descubre entre las páginas de un
antiguo
libro un pergamino manuscrito del siglo XVI. El manuscrito está
caligrafiado en letras rúnicas, y Lidenbrock se quema las
meninges
para intentar descifrarlo, sin conseguirlo. Es Axel,
significativamente,
quien lo logra, con la decidida intervención del azar. Al mirar
eventualmente a trasluz el papel, se percata de que las letras
están
en realidad invertidas en simetría especular, como hacía
Leonardo da Vinci al escribir sus códices de derecha a
izquierda,
de forma que era menester leerlos reflejados en un espejo (en 'Alicia a
través del espejo' sucede algo parecido). Per speculum in
ænigmate,
que diría Pablo. Se pueden detectar en este episodio
reminiscencias
de 'El escarabajo de oro' de Poe, relato en el que la minuciosa
decodificación
de un mensaje cifrado da las pistas para descubrir un tesoro. Desciende por el
cráter
de Jokull de ¡Qué tentadora invitación a
la aventura!
Un pico de Islandia, el Scartaris, proyecta en el solsticio de verano
su
sombra sobre uno de los varios cráteres de un volcán
apagado,
el Sneffels, identificándolo como la puerta de entrada a un
túnel
que conduce hasta el mismo centro de la Tierra. Y alguien, que ha hecho
previamente ese viaje alucinante, nos invita a repetir sus pasos.
–Ante todo
–prosiguió–,
debo recomendarte el más absoluto secreto, ¿me oyes? No
carezco
de envidiosos en el mundo de los sabios. Y son muchos los que
querrían
emprender este viaje, del que no deben tener noticia hasta nuestro
regreso. |
| Lección II: ¿Por qué imposible? |
| El profesor
Lidenbrock explica
a Axel sobre un mapa de Islandia los pormenores de su plan de viaje. Le
señala el volcán Sneffels:
–El mismísimo
Sneffels. Una
montaña de cinco mil pies de altitud (1.620
metros), una de las más notables de
la isla, y la que, con toda seguridad, será la más
célebre
del mundo entero si su cráter conduce al centro del Globo.
La tesis de Lidenbrock es que "cuando
en los primeros días del mundo la Tierra fue enfriándose
poco a poco, la disminución de su volumen produjo en su corteza
dislocaciones, rupturas, grietas y contracciones" (cap. 22), y
no
era imposible que pudiera haber entre ellas una fisura que permitiera
sumirse
en las más insondables profundidades del Globo. –Bien. Obligado me veo a
convenir
en que la frase de Saknussemm es clara y disipa toda duda. Incluso
estoy
dispuesto a admitir la total autenticidad del documento. Y que
Saknussemm
llegó al fondo del Sneffels, que vio la sombra del Scartaris
acariciar
los bordes del cráter antes de las calendas de julio. Asimismo,
que oyera contar entre las leyendas de su tiempo la de que el
cráter
llegaba hasta el centro de la Tierra... Pero que él mismo
llegara
al centro del Globo, que hiciera ese viaje de ida y vuelta, si es que
llegó
a emprenderlo, eso ¡no! ¡Cien veces no! Agotados todos los argumentos en contra, y como último recurso, Axel comunica a su prometida Grauben las intenciones de su tío, con la esperanza de que le disuada de tan disparatada empresa. Durante algunos instantes
ella permaneció
silenciosa. ¿Latía su corazón al compás del
mío? Lo ignoro, pero su mano no temblaba en la mía.
Anduvimos
unos cien pasos sin hablar. El novicio no ha tardado ni tres páginas
en incumplir
su promesa de silencio. Pero el tiro le sale por la culata, pues su
amada,
lejos de horrorizarse, le anima a embarcarse en la aventura. Incluso
asegura
que "yo os acompañaría muy
gustosamente,
si una muchacha no fuera para vosotros un estorbo".
Tomémonos
con humor esta observación de la chica, que rechinará a
los
oídos de más de una intrépida deportista de hoy en
día, capaces como son de dejarnos muy atrás a muchos
hombres
en temas como la espeleo, la escalada, el buceo, el 'rafting', el
'puenting'
o cualquier actividad de riesgo que se les ocurra. Y recordemos que en
tiempos de Julio Verne (la novela es de 1864) la población de
sexo
femenino estaba fuertemente mediatizada por muchos y muy diversos
corsés
sociales. Una mujer entrando en una sima sería algo
impensable. ¡Ah! ¡Mujeres –piensa Axel–, muchachas, corazones femeninos siempre incomprensibles! (...) ¡Cómo! ¡Esta chiquilla me estimulaba a participar en tal expedición! ¡Y ella misma no hubiese temido intentar la aventura! ¡Y me instigaba a mí a emprenderla, a mí, a quien, sin embargo, amaba! (Cap. 7). Axel, desesperado y confuso, aún confía en que su novia se lo piense mejor, pero Grauben por el contrario se va entusiasmando con la idea, y por la noche termina por insinuar a Axel lo que ella espera de su prometido. Que deje de ser un chiquillo y se convierta en un hombre de verdad. Si tal sucede, ella le ofrecerá la recompensa de su amor y su entrega. –¡Ah, mi querido
Axel, qué
hermoso es sacrificarse así por la ciencia! ¡Y qué
gloria espera al señor Lidenbrock y a su compañero! Al
regreso,
Axel, serás un hombre, su igual, libre para hablar, libre para
actuar;
libre, en fin, para... Durante la noche me
sobrecogió
de nuevo el terror. La pasé soñando en precipicios. Era
presa
del delirio. Me sentía agarrado por la vigorosa mano del
profesor
y arrastrado, despeñado, hundido. Caía al fondo de
insondables
precipicios con la velocidad creciente de los cuerpos abandonados en el
espacio. Mi vida era una caída interminable. (Cap.
7). |
| Lección III: Vencer el vértigo |
| La fase siguiente
en todo
ceremonial iniciático es la de la preparación del novicio
al trance. En su acercamiento a Islandia, los personajes han de hacer
etapa
en Copenhaghe para embarcar desde allí hacia la isla, y
Lidenbrock
aprovecha la ocasión para ir entrenando a su sobrino y
mentalizándole
a lo que le espera. Al profesor no se le ocurre mejor cosa que combatir
el vértigo a las alturas por el tratamiento de choque de escalar
a lo alto de los campanarios de las iglesias que van encontrando por el
camino.
(...) llegamos ante
Vor-Fresers-Kirk.
Nada de particular ofrecía esta iglesia. Pero la razón de
que su muy elevado campanario hubiese atraído la atención
de mi tío era la de que, a partir de la plataforma, se
desarrollara
una escalera exterior en torno a la torre, con sus espirales al aire
libre. El entrenamiento, la preparación
física,
el aprendizaje de las técnicas de escalada, son condiciones de
obligado
cumplimiento para todo aquel que se dedique a visitar cuevas. Pues los
caprichos de la naturaleza no están hechos para complacer los
caprichos
del hombre, y éste se encontrará más de una vez en
las cavernas con obstáculos insalvables, pozos, simas y abismos
cuyo fondo se pierde en tenebrosas negruras, a los que sólo
asomarse
corta la respiración y encoge el ánimo del individuo
más
templado. Pero la mayor parte de las veces no queda otro remedio que
superar
ese vértigo, ese atenazante terror al abismo, si se quiere
proseguir
la exploración de la cueva. Forzoso fue seguirle,
agarrándome
como podía. El viento me aturdía. Sentía oscilar
el
campanario bajo las ráfagas. Me huían las piernas, y
debí
trepar, a gatas primero y luego de bruces, con los ojos cerrados,
mareado
por el vértigo. Este episodio nos trae a la memoria la imagen de James Stewart subido a lo alto de un campanario para vencer su acrofobia en la escena final de 'Vertigo' ('De entre los muertos') de Hitchcock. Hemos de confesar que nuestras 'lecciones de abismo' nos ayudan a curtirnos y coger soltura en el manejo de cuerdas y chismes de escalada, pero que hasta ahora no han logrado curarnos a algunos de nosotros del vértigo, esa irracional y mareante sensación que nos paraliza todos los miembros del organismo cuando nos arrimamos a un precipicio. Bajaremos la sima porque no tenemos otra opción, pero el instante de asomar el cuerpo para colgarlo del abismo será siempre un momento tan angustioso como la primera vez. Igual le ocurrirá a Axel a lo largo del viaje, pese a todos sus ejercicios. –Mañana lo
repetiremos –dijo
mi profesor. |
| Lección IV: El retorno es lo de menos |
| Profesor y alumno
desembarcan
en Reykjavik, capital de Islandia. Nada más llegar y descargar
sus
equipajes, cuya cantidad y volumen sorprenden a los habitantes del
lugar,
mantienen el siguiente diálogo:
–Bueno, Axel –dijo mi
tío–.
Esto va bien. Lo más difícil está ya hecho.
¡Así habla un espeleólogo!
Mientras
que a todo novel lo que más le preocupa de un viaje es
asegurarse
el regreso, al verdadero viajero no le preocupa más que llegar a
su destino. con carne concentrada y galletas en cantidad suficiente para seis meses. El líquido se reducía a una provisión de ginebra. No llevábamos agua, pero teníamos cantimploras, y mi tío contaba con las fuentes para llenarlas. (Cap. 11). El profesor no había echado en olvido un
botiquín
portátil, con tablillas para fracturas, vendas, esparadrapos...
cosas todas de mal augurio, amén de frascos con dextrina,
amoníaco,
alcohol, éter, "drogas todas ellas de
utilización
poco tranquilizadora". Una provisión de tabaco,
pólvora
y yesca, y un cinturón de cuero en el que guardaba su dinero.
Seis
pares de botas impermeabilizadas. Esta fue la ocasión
escogida
por mi tío para informar al cazador que su intención era
la de proseguir el reconocimiento del volcán hasta sus
últimos
límites. Si hay que ir al centro de la Tierra, se va. No
hay problema,
con tal de que le vayan pagando el salario semanal acordado (cosa que
Lidenbrock
se encargará de hacer religiosamente cada sábado, aunque
lleven ya meses perdidos en los abismos bajo tierra). |
| Lección V: Es difícil llegar a la cueva |
| Las
erupciones de basalto, de toba, de todos los conglomerados
volcánicos,
y los ríos de lava y de pórfido en fusión han
creado
un país de un horror sobrenatural. (Cap.
12).
El camino se hacía cada vez más difícil. El terreno se elevaba. Las piedras se movían bajo nuestros pies y necesitábamos de la más escrupulosa atención para evitar caídas peligrosas. (Cap. 15). (Hans) a menudo se detenía para recoger unas piedras y disponerlas como indicadores para el camino de vuelta. (Cap. 15). Buena precacución, que indica el sentido
práctico
de Hans. Con frecuencia hay que hacer lo mismo en el interior de las
cavernas:
ir colocando en puntos clave montoncitos de piedras que sirvan de
señales
para orientarse en los mil vericuetos del laberinto, y poder así
hallar el camino de salida. Pero de poco les va a servir la
técnica
de Pulgarcito a nuestros expedicionarios. –Pero... Al llegar al borde del cráter, en la cima del volcán, Axel expresa con bellas palabras lo que todo montañero siente al coronar una cumbre. Me sumergí en el prodigioso éxtasis que infunden las altas cimas, sin sentir vértigo, pues empezaba a acostumbrarme a estas sublimes contemplaciones. Mis deslumbradas miradas se bañaban en la transparente irradiación de los rayos solares. Olvidé quién era, dónde estaba, para vivir la vida de los elfos y los silfos, imaginarios habitantes de la mitología escandinava. Me embriagaba la voluptuosidad de las alturas, sin pensar en los tenebrosos abismos a los que, en breve, debía lanzarme el destino. (Cap. 16). Los viajeros bajan a la caldera apagada del
cráter.
Verne reproduce los efectos de sonido propios de tales lugares. "Marchábamos
en medio de rocas eruptivas, de las que algunas, desprendidas de sus
alvéolos,
se precipitaban rebotando hasta el fondo del abismo. Su caída
producía
múltiples ecos de una extraña sonoridad." En el fondo del
cráter se
abrían tres chimeneas. (Cada una)
tendría unos cien pies de diámetro. Sus bocas se
abrían
a nuestros pies. No tuve valor para hundir en ellas la mirada.
(Cap.
16). |
| Lección VI: Sigan al guía |
| En el fondo del
cráter
hay algo más. Tallada en un peñasco, los viajeros
descubren
una inscripción con el nombre de Arne Saknussemm en letras
rúnicas.
Esto les confirma que van por el buen camino. Allí había
estado Saknussemm, el antiguo alquimista, el predecesor, el guía
espiritual de la expedición, y había dejado una
señal
de orientación al audaz viajero que se lanzara a seguir sus
pasos. La figura del predecesor es esencial en la ceremonia iniciática. El neófito ha de ser conducido entre las fragosidades del inframundo por un iniciado, que ha recorrido ya antes el camino, y sabe cómo sortear sus peligros. Es el hierofante, el maestro de ceremonias, que oficia de cicerone del más allá. En otras culturas le llamarían chamán. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un chamán sino alguien que ha hecho el viaje de ida y vuelta al otro mundo, y se presta de guía para nuevos viajeros? No es casualidad que aquí el hierofante sea un alquimista. La alquimia exige a sus practicantes dedicar su vida a la obtención de la piedra filosofal, la sustancia catalizadora que transforma el plomo en oro, lo cual es en realidad metáfora de la búsqueda de la iluminación y de la transformación vital del propio alquimista en un hombre de conocimiento. Los alquimistas buscan la piedra filosofal, como los caballeros de la Mesa Redonda buscaban el Santo Grial, los argonautas el vellocino de oro o, ya en un plano histórico, los conquistadores Eldorado. Un objetivo utópico hacia el que encaminar un proyecto de vida. Un fabuloso tesoro que recompensará a quien lo alcance de todos los esfuerzos invertidos. Una meta última por la que merece la pena sacrificar la estabilidad, la seguridad y la propia integridad física. Porque es el fin más importante al que un ser humano puede aspirar: el de su propia transmutación en un ser superior. Arne Saknussemm, como alquimista, consiguió llegar al centro de la Tierra ("Es lo que yo hice") y así alcanzó su propia piedra filosofal. El centro del Globo, el punto más secreto, más remoto del planeta, la sede del fuego central. El lugar sagrado por excelencia, inaccesible al profano. ¿Qué mejor guía que este pionero para repetir la hazaña? ¿Qué mejor predecesor? Pero el predecesor no se lo pone fácil. Hay tres puertas; sólo una de ellas es la correcta, pero han de ser los expedicionarios quienes hagan el esfuerzo de averiguar cuál. Y resolver el enigma no está al alcance de sus capacidades, sino que hará falta el concurso de los astros y los elementos meteorológicos. Y no vale hacerlo un día cualquiera; la fecha de la ceremonia ha de ser también sagrada: el solsticio de verano. Saknussem había descendido tan sólo por uno de los tres abismos que se abrían a nuestros pies, y según el sabio islandés había que reconocerlo por la particularidad, especificada en el criptograma, de que la sombra del Scartaris acariciaba sus bordes durante los últimos días del mes de junio. Y, en efecto, podía considerarse este agudo pico como la aguja de un inmenso cuadrante solar, cuya sombra en un día dado marcaba el camino del centro del Globo. Ahora bien: si el sol no acudía a la cita, no había sombra. (Cap. 16). Y eso es lo que precisamente sucede: que el sol
les da
plantón. El cielo se mantiene encapotado durante varios
días,
para gran contrariedad de Lidenbrock, que se impacienta y monta en
cólera.
Axel aún abriga esperanzas de que se suspenda la
expedición. El sol vertió sus
rayos a
raudales en el cráter. Cada montículo, cada roca, cada
piedra,
cada aspereza del terreno quedó expuesta al sol y
proyectó
su sombra sobre el suelo. Entre ellas, la del Scartaris se
dibujó
como una viva arista y se puso a girar insensiblemente con el astro
radiante. Nada ha ocurrido que no sea natural, pero el
momento ha
sido mágico, y repleto de carga simbólica. La
revelación
se ha producido. Las puertas de la percepción se han abierto.
Hemos
hallado el camino. El verdadero viaje
empezaba ahora.
(Cap. 17). |
| Lección VII: Bajar es lo más fácil |
| No es nuestra
intención
relatar este viaje, que para eso está el libro. Quien aún
no lo haya leído, haría bien, si está interesado
en
embarcarse en la aventura, en acudir al original de Verne. El lector adulto tiene ya la clave para penetrar en el sentido subterráneo de la novela, y proponerse una lectura pluridimensional. La trama –aparentemente la crónica de un viaje– seguirá paso a paso los esquemas míticos de todo rito de iniciación: el tránsito del umbral (entrada en la boca de la caverna), la bajada al averno por un túnel, la superación de múltiples pruebas (la prueba de la sed, del calor, de la pérdida en el laberinto, de la oscuridad...), el desvanecimiento o muerte aparente, el despertar o resurrección, la visión de la luz, la travesía por la laguna Estigia en la barca de Caronte, la aparición de monstruos, la arribada al otro mundo, el retorno al exterior y a la luz del día, la transformación del adolescente en hombre, del neófito en iniciado. Nos limitaremos a glosar unos cuantos aspectos sueltos que nos llaman la atención en este proceso, por su similitud con los casos que se dan en la vida real entre los que exploran cuevas. Muchas de las vicisitudes que suceden a los protagonistas en la novela son las que viven los verdaderos cueveros en sus viajes dentro de la Tierra. Se ve que Verne se había documentado al respecto con cierta profundidad. Y que a partir del punto donde sus conocimientos se agotaban, proseguía adelante con su poderosa imaginación. Todavía no
había hundido
mi mirada en el insondable pozo en el que iba a abismarme. Había
llegado el momento. Aún estaba yo a tiempo de acometer la
empresa
o de rehusarla. Pero me avergonzó dar marcha atrás ante
el
cazador. (...) me aproximé a la chimenea central. Todos somos Axel, en estos trances. No hay
momento
más espeluznante que el de asomarse a la boca de la sima y
atisbar
en la insondable negrura del abismo. La primera reacción siempre
es la misma: rajarse y suspender la incursión. Al cabo de un
rato,
cuando las piernas nos han dejado de temblar y hemos echado un trago de
vino de la bota, nos tranquilizamos, nos lo pensamos mejor, tiramos una
piedra a la sima para calcular con el ruido su profundidad, alguien
instala
la cuerda, el más intrépido se anima a bajar, va
informando
de las dificultades, y los demás, por no ser menos, terminamos
por
contagiarnos de su ánimo y descendemos tras él. Desenrolló (el profesor Lidenbrock) una cuerda de cuatrocientos pies de longitud (130 m) y de una pulgada de grosor y dejó caer por el pozo la mitad antes de enrollarla en un bloque de lava saliente, tras de lo cual echó por la chimenea la otra mitad. Así, cada uno de nosotros podría descender reuniendo en las manos las dos mitades de la cuerda. Una vez llegados a doscientos pies de profundidad, nada más fácil que atraer la cuerda soltando una de sus mitades y tirando de la otra. No había más que recomenzar este ejercicio ad infinitum. (Cap. 17). Julio Verne demuestra una vez más que
sabía
de lo que hablaba. Las maniobras descritas son las mismas que se
necesitan
para bajar un precipicio recuperando las cuerdas. Ahora bien, estas
maniobras
sólo se realizan cuando no es necesario volver por el mismo
camino.
Por ejemplo, al hacer bajadas de cañones, o si la cueva tiene
otra
salida más adelante, como es el caso del impresionante
cañón
subterráneo de La Leze (sierra de Altzania, Alava), donde se
atraviesa
de lado a lado una montaña siguiendo el curso de un arroyo
subterráneo,
en una sucesión de cascadas y lagunas que hay que bajar a rappel
y atravesar a nado. Recuperar las cuerdas dobles, sobre todo tras
salvar
fuertes desniveles en extraplomo, implica atravesar en cierto momento
un
punto de no-retorno, a partir del cual el regreso se hace imposible.
Muy
pocas cuevas tienen opción de escapatoria por otra boca, como
ocurre
en ésta. En la mayoría, hay que dejar las cuerdas
instaladas
para remontar las simas de regreso a la salida. –Ahora –dijo mi
tío, tras
proceder así–, ocupémonos de los equipajes. Los
dividiremos
en tres paquetes, y cada uno de nosotros llevaremos uno a la espalda.
Me
estoy refiriendo únicamente a los objetos frágiles.
Axel se ha permitido un comentario sarcástico, que no le quita de tener bastante razón. Cuando en las cuevas nos concentramos en trasladar y manejar aparatos delicados, focos, cámaras, trípodes, etc., a veces olvidamos que lo más frágil que hay allí somos nosotros mismos, que nuestra integridad física está en juego y cualquier descuido se puede pagar caro. Tenemos también comprobado, por experiencia, que los accidentes se producen en general no en los pasos peligrosos, en los que hay que extremar las medidas de seguridad, sino más bien en sitios normales sin ningún riesgo aparente. La conclusión es que en las cuevas no se puede bajar la guardia ni un segundo. El más insignificante resbalón puede derivar en un monumental batacazo. La fuerza de la gravedad es una permanente amenaza que acecha en todos los rincones. –Pero –dije–
¿quién
se encargará de bajar las ropas y esta masa de cuerdas y escalas?
Es el mismo escalofrío que se siente cada vez que se entra en una caverna, lo que es equivalente a internarse en lo desconocido. El trío de espeleólogos se hunde en la chimenea volcánica aprovechando resaltes y salientes de las paredes que les sirven de escalones, y descansando de las agotadoras etapas en cornisas horizontales. la cuerda me parecía demasiado frágil para soportar el peso de las tres personas. Por ello me servía de ella lo menos posible, haciendo milagros de equilibrio sobre los salientes de lava que mis pies intentaban agarrar como si fuesen manos. (Cap. 17). Hemos de precisar que en las cuevas reales la cosa no es tan bonita ni tan fácil. Que nunca se desciende tan cómodamente. Los interiores de la Tierra son abruptos e intrincados hasta extremos indecibles; no están pensados a la medida del hombre. Las simas, lejos de tener escalones ad hoc que faciliten la progesión vertical, abundan por el contrario en obstáculos variopintos que parecen colocados por la naturaleza para dificultar el avance y poner a prueba todas las habilidades acrobáticas del cuevero. Por ejemplo, es muy corriente que la sima se vaya abriendo en anchura según se profundiza, creando un extraplomo que hay que bajar (y luego subir) colgándose de la cuerda en vacío. Explorar cuevas no es lo que se dice un paseo. Me incliné por
encima de nuestra
estrecha meseta y noté que el fondo del agujero era aún
invisible.
(Cap. 17). |
| Lección VIII: ¡Qué espectáculo, tío! |
| A lo largo del
viaje, profesor
y discípulo van debatiendo sobre las distintas teorías
geofísicas
propuestas por los científicos de su época en torno a los
fenómenos y composición de las capas profundas del globo
terráqueo. Anotan en todo momento los datos que les proporcionan
sus instrumentos de medición: la profundidad, la distancia, la
orientación,
la presión atmosférica y la temperatura. Frente a las
hipótesis
de los estudiosos de biblioteca, Lidenbrock está haciendo el
trabajo
de campo, la comprobación empírica. En ciencia, los
hechos
son pruebas. Y lo que el sabio demuestra experimentalmente es que los
hechos
del mundo subterráneo refutan las tesis del mundillo
científico
supraterráneo. "Rechazo absolutamente la
teoría
del fuego central", proclama cuando verifica que la temperatura
no sube al ritmo previsto por los cálculos teóricos (cap.
17). Asumido como tenemos el paradigma del fuego central de la Tierra, nos cuesta aceptar las contrateorías del personaje de Verne. Pero lo cierto es que nadie ha seguido los pasos de Lidenbrock para confirmar lo real o ficticio de sus datos. El interior profundo de la Tierra continúa en el siglo XXI tan inexplorado como en el XIX o como lo estuvo siempre, y el único que ha tenido billete para visitarlo ha sido Julio Verne con su imaginación. –Ya hemos llegado –dijo
éste. Comimos las galletas y la carne seca, regándolas con unos cuantos tragos de agua mezclada con ginebra. (Cap. 18). El avituallamiento es algo que no puede faltar en
cualquier
incursión a cuevas. Los extenuantes esfuerzos que hay que
realizar
para el avance exigen hacer un alto cada cierto tiempo para recuperar
fuerzas
y tomar un tentempié. Nuestros víveres suelen ser
más
variados que el menú único que lleva el trío para
seis meses, pero curiosamente también incluyen galletas y carne
seca (en forma de torreznos de Soria). En lo que no coincidimos es en
lo
de la ginebra. Para eso preferimos un reconstituyente más suave,
que es el vino tinto, transportado en un recipiente a prueba de golpes
de antigua invención, que es la clásica bota. Un
traguillo
de la bota en momentos críticos reconforta el temple, disipa
temores
y hasta anima a los más remisos a bajar a la simas. La llamamos
el 'quitamiedos'. Lo que no sabemos es qué pasaría si el
trago fuera de ginebra. Por primera vez van a dejar los expedicionarios
de ver
la luz del día, aunque a estas profundidades no sea ya sino un
tenue
resplandor en la lejanía, para sumergirse por fin en las
verdaderas
tinieblas. Comienza el viaje, el paso de la luz a la oscuridad, del
día
a la noche, de lo familiar a lo incógnito. Aquí es cuando
hay que encender las lámparas. "Una luz
muy
viva disipó las tinieblas de la galería" (cap.
18). La lava, porosa en algunos
sitios,
formaba pequeñas ampollas redondas, cristales de cuarzo opaco,
adornados
de límpidas gotas de vidrio, suspendidos como lámparas de
la bóveda y que parecían encenderse a nuestro paso. Se
diría
que los genios del abismo hubieran iluminado su palacio para recibir a
los huéspedes de la tierra. La luz de las lámparas, reflejada por las pequeñas facetas de la masa rocosa, entrecruzaba sus múltiples resplandores en todos los ángulos, dándome la ilusión de viajar por el interior de un diamante hueco en que los rayos se rompieran en mil destellos deslumbrantes. (Cap. 22). Aquí la naturaleza, lejos de imitar al arte, lo crea. Todas las formas arquitectónicas soñadas por el hombre tuvieron aquí sus fuentes primigenias, labradas millones de años antes de la aparición del primer homínido. A veces se desarrollaba ante nosotros una sucesión de arcos como las contranaves de una catedral gótica. Los artistas de la Edad Media hubieran podido estudiar allí todas las formas de esta arquitectura religiosa que tiene su origen en la ojiva. Una milla más adelante debimos inclinar las cabezas bajo arcos de estilo románico. Grandes pilares adosados al macizo sostenían el peso de las bóvedas. (Cap. 19). –¡Ah! Empiezas ya a darte cuenta, Axel. Así que esto te parece espléndido, muchacho. Pues aún has de ver otras maravillas. ¡Adelante! ¡Andemos! (Cap. 18). Más apropiado
habría
sido decir 'resbalemos', dada la inclinación de la pendiente por
la que nos dejábamos ir cómodamente. Era el facilis
descensus
Averni de Virgilio. (Cap. 18). |
| Lección IX: Retroceder, esto es lo arduo |
| ¿A
qué se refiere
Axel con lo de facilis descensus Averni? Verne nos está
señalando
aquí la boca de entrada a un túnel, el que lleva a los
infiernos,
al reino de los muertos, en la Eneida. Y la pista no es gratuita. El
canto
VI de la Eneida relata el descenso al Averno, a través de
terroríficas
cavernas, del héroe troyano Eneas. Ciertos pasajes de los versos
de Virgilio parecen servir de inspiración al autor de 'Viaje al
centro de la Tierra' para los ambientes y peripecias de su novela. Y el
esquema es el mismo que el de otras incursiones al mundo
subterráneo
de héroes de la mitología clásica, sean Orfeo,
Hércules
o Teseo. Llegado Eneas a las costas de Italia, se encamina a la cueva de la Sibila de Cumas, tan prestigiosa en la época como la de Delfos, y oído su oráculo, implora de ella que le conduzca a las mansiones infernales, "reinos inaccesibles para los vivos", para volver a ver a su difunto padre Anquises. La sacerdotisa se presta a pilotarle a través de "estas sombrías regiones, nunca alumbradas por el sol", a "la mansión de las Sombras, del Sueño y de la soporífera Noche". He aquí otra vez el arquetipo mítico del guía, que es una constante. Siempre ha de haber un predecesor que indique el camino. Orfeo siguió los pasos de Hércules y de Piritoo. El mismo Virgilio, reencarnado trece siglos más tarde en personaje literario, oficiará de guía de Dante al adentrarse en los cavernosos círculos del infierno. Han pasado dos milenios, y con la traducción se han quedado por el camino métrica, rima y ritmo, pero unos cuantos retazos recortados a tijera y pegados en collage del canto VI de la Eneida pueden dar una idea de los ambientes que conoce Eneas en su periplo por el mundo subterráneo, sin que se pierdan del todo la intensidad poética y la belleza de la escritura. Los fragmentos están en prosa, pero pruebe a leerlos como si fueran versos libres: Eneas se encamina (...) a la recóndita inmensa caverna de la pavorosa Sibila. (...) Allí se ve también aquel asombroso edificio (el laberinto de Dédalo) donde no es posible dejar de perderse; Una de las faldas de la roca eubea se abre en forma de inmensa caverna, a la que conducen cien anchas bocas y cien puertas, a la entrada de la cueva, mutósele el rostro y perdió el color y se le erizaron los cabellos; revuélvese como una
bacante
en su caverna la terrible Sibila (y
responde:)
'Llegarán, sí, los descendientes de Dárdano a los
reinos de Lavino; arranca del pecho ese cuidado; pero también
desearán
algún día no haber llegado a ellos.' Eneas: 'Una sola cosa te pido, pues es fama que aquí está la entrada del infierno, aquí la tenebrosa laguna que forma el desbordado Aqueronte; séame dado ir a la presencia de mi amado padre; enséñame el camino y ábreme las sagradas puertas.' 'hijo de Anquises, fácil es la bajada del Averno; día y noche está abierta la puerta del negro pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es lo arduo. mas si un tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y estás decidido a probar la insensata empresa...' llegaron a las bocas del fétido Averno Había cerca de allí una profunda caverna, que abría en las peñas su espantosa boca, defendida por un negro lago y por las tinieblas de los bosques, Eneas: 'es la ocasión de mostrar entereza y valor'. Dicho esto, lánzase por la boca de la cueva, '¡Oh vastas moradas de la noche y del silencio! (...) ¡Consiéntame vuestro numen descubrir los arcanos del abismo y de las tinieblas!' Solos iban en la nocturna oscuridad En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. Guarda aquellas aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya suciedad espanta; (...) él mismo maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y transporta en ella los muertos; En frente, tendido en su cueva, el enorme Cerbero atruena aquellos sitios con los ladridos de su trifauce boca. Viendo la Sibila que ya se iban erizando las culebras de su cabello, le tiró una torta amasada con miel y adormideras, que él, abriendo sus tres bocas con rabiosa hambre, se tragó al punto, dejándose caer en seguida y llenando con su enorme mole toda la cueva. Al verle dormido, Eneas sigue adelante y pasa rápidamente la ribera del río que nadie cruza dos veces. 'La voluntad de los dioses (...) me obliga a penetrar por estas sombras y a recorrer estos sitios, llenos de horror y de una profunda noche' Este es el sitio en que el camino se divide en dos partes: la de la derecha, que se dirige al palacio del poderoso Plutón, es la senda que nos llevará a los Campos Elíseos; la de la izquierda conduce al impío Tártaro, donde los malos sufren su castigo luego se abre el mismo Tártaro, espantoso precipicio, que profundiza debajo de las sombras el doble de lo que se levanta sobre la tierra el etéreo Olimpo. Allí, en lo más hondo de aquel abismo, ruedan precipitados del rayo los Titanes, antiguo linaje de la Tierra. (En los Campos Elíseos Eneas se reencuentra con el espectro de su padre Anquises, que mora entre los bienaventurados. Anquises pronuncia un discurso sobre el alma universal, en uno de los paisajes más celebrados de la Eneida). Anquises: 'Desde el principio del mundo un mismo espíritu interior anima el cielo y la tierra, y las líquidas llanuras y el luciente globo de la luna, y el sol y las estrellas; difundido por los miembros, ese espíritu mueve la materia y se mezcla al gran conjunto de todas las cosas; de aquí el linaje de los hombres y de los brutos de la tierra, y las aves, y todos los monstruos que cría el mar bajo la tersa superficie de sus aguas. Esas emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y su celeste origen mientras no están cautivas en toscos cuerpos y no las embotan terrenas ligaduras y miembros destinados a morir; por eso temen y desean, padecen y gozan; por eso no ven la luz del cielo, encerradas de las tinieblas de oscura cárcel. (...)' Hay dos puertas del
Sueño,
una de cuerno, por la cual tienen fácil salida las visiones
verdaderas;
la otra, de blanco y nítido marfil, primorosamente labrada, pero
por la cual envían los manes a la tierra las imágenes
falaces. |
| Lección X: Saber soportar las penurias |
| Abandonemos en
este punto
la exploración de los túneles colaterales de Virgilio,
para
regresar, antes de extraviarnos del todo, a la galería principal
de la cueva, que es la de Verne. Acabamos de ver que estamos en un
laberinto,
como el jardín de Borges, de senderos que se bifurcan. "Aquí
el camino se divide en dos partes...", "hay
dos puertas del Sueño..." En las cuevas del mundo real
pasa
otro tanto de lo mismo. Con frecuencia es necesario explorar distintos
ramales de una encrucijada, en busca del camino correcto (el que
más
adentro lleva), ramificaciones que terminan muchas veces en cul-de-sac,
en viajes a ninguna parte que hay que desandar para volver a la senda
principal.
Lo que no impide que estos intentos fallidos nos hagan descubrir de
rebote
nuevos y raros parajes, por los que merece la pena perderse. El
trío
de expedicionarios del 'Viaje...' se enfrentará a este
dilema.
nos hallábamos en
el centro
de una encrucijada de la que partían dos caminos oscuros y
estrechos. Dos sendas, como en la Eneida, conducen, una a los Campos Elíseos o la gloria, la otra al Tártaro, espantoso precipicio donde los malos (y los imprudentes) sufren su castigo. Estamos en el asombroso edificio donde es imposible dejar de perderse, y eso es lo que les espera a los audaces viajeros, que toman el túnel equivocado. Su imprevisión en el tema del agua les acarreará graves consecuencias. el hambre y la fatiga me incapacitaban para razonar. No se hace impunemente una marcha durante siete horas consecutivas. Estaba extenuado. (Cap. 18). Más de una vez debimos pasar reptando a través de estrechos pasajes. (Cap. 19). Más de una vez en las cuevas reales
debemos pasar
reptando a través de 'gateras', pasos angostos y rendijas que es
obligado franquear si se quiere continuar el viaje. A veces son una
mera
ventana, otras un largo agujero no apto para propensos a la
claustrofobia;
en ciertas ocasiones hay que escarbar en la tierra para ensancharlas.
Se
dan muchos casos (Basaura, Zatoya, Urziloa...) en los que las gateras
constituyen
la verdadera entrada a la galería principal del complejo, y
quien
no supere el mal trago de atravesarlas se pierde la cueva. No hay otro
ábrete-sésamo. Mi mayor preocupación era la de no perder a mis compañeros de viaje. Me estremecía la idea de extraviarme en las profundidades de aquel laberinto. (Cap. 19). Axel está aquí exteriorizando uno
de los
más profundos terrores que subyacen en el inconsciente de los
que
exploramos cuevas. La pérdida en el laberinto. No hay peligro
más
temido para un cuevero, pues desorientarse en las cavernas puede
ocasionar
un rosario de calamidades, como quedarse sin luz en la negrura
absoluta,
y a continuación quedarse sin agua y sin alimentos, quizá
por varios días, atacados por el frío y la humedad, y por
una sensación de impotencia total, con la sola y débil
esperanza
de que alguien organice un rescate desde el exterior, en una espantosa
agonía que sería lo más parecido a ser enterrados
vivos. ¿(...) se
había equivocado
al escoger el túnel del Este, o es que quería reconocer
ese
pasaje hasta su extremidad? Cualquier cosa antes que retroceder dejando la exploración a medias. Ése es el espíritu del auténtico explorador, del verdadero viajero. Sólo con perseverancia se pueden desvelar los arcanos del laberinto. Sólo con tenacidad se allanan los innumerables escollos del camino. Sólo con fuerza de voluntad se puede uno aproximar a la meta, al centro de la Tierra. Las tinieblas, insondables a veinte pasos de distancia, nos impedían estimar la longitud de la galería. Yo empezaba a creerla interminable cuando súbitamente, hacia las seis, topamos inopinadamente con un muro. Ni un solo paso a la derecha, a la izquierda, por arriba o por abajo. Habíamos llegado al fondo de un túnel sin salida. (Cap. 20). –(...) mañana nos
faltará
totalmente el agua. Los expedicionarios han invertido cinco días en recorrer el callejón sin salida. Les quedan ahora otras tantas jornadas de vuelta hasta la bifurcación donde se les planteó el dilema. Y en toda la galería no han encontrado ni una gota de agua. El neófito es sometido a la prueba de la sed. No insistiré
demasiado en
los sufrimientos de nuestro regreso. Mi tío los soportó
con
la cólera de quien se siente humillado; Hans, con la
resignación
de su pacífica naturaleza; yo, lo confieso, quejándome y
desesperándome ante tanto infortunio. Muchos aficionados a la espeleo coinciden en
afirmar que
la vida del cuevero es muy miserable, que se pasan en ella muchas
penurias.
Axel está empezando a experimentarlas en sus propias carnes.
Hasta
los monstruos y furias del inframundo se lo habían advertido a
Orfeo
cuando bajó al Averno en busca de Euridice, su difunta amada: "Altro
non abita / Che lutto e gemito / In queste orribili / Soglie funeste!"
Nada sino el dolor y el lamento vive en estos horribles y funestos
parajes. Ahora –dije– no nos
queda otro
partido que regresar. Nos falta el agua. De buenos espeleólogos es no rendirse al primer obstáculo. Lidenbrock está hecho de esa pasta. "Su único pensamiento era continuar avanzando" (cap. 19). Mas antes deberá convencer y contagiar de ese entusiasmo a su discípulo que, abrumado por las adversidades, no comparte pareja determinación. Y pone en ello todas sus dotes retóricas de catedrático de universidad. Cuando Colón pidió tres días a sus tripulaciones para hallar las tierras nuevas, sus tripulaciones, a pesar de estar enfermas, espantadas, accedieron a su demanda, y él pudo descubrir el Nuevo Mundo. Yo, el Colón de estas regiones subterráneas, no te pido más que un día más. (Cap. 21). La autocomparación con Cristóbal
Colón
es muy pertinente. Lidenbrock es un auténtico Colón de
las
regiones subterráneas porque está explorando las
entrañas
de un Nuevo Mundo. ¿Qué compañero le
dejaría
en la estacada a estas alturas? Axel, aunque a regañadientes, se
ve moralmente obligado a renunciar a la deserción. La
exploración
es reemprendida por el otro túnel. El agua sigue sin hacer acto
de presencia durante leguas. La sed se convierte en una tortura
insoportable
y Axel llega al límite de sus fuerzas. |
| Lección XI: Prescindir de las superfluas necesidades terrestres |
| Todo
había terminado, en efecto, pues impensable era ya volver a la
superficie
en el estado de debilidad en que me hallaba. (...) De repente, en medio de mi amodorramiento, creí oír un ruido. (Cap. 22). El término 'amodorramiento' empleado por
Axel para
describir su estado nos trae a la cabeza otro texto, perteneciente esta
vez al mundo real. Es una reseña extraída de los informes
recopilados en '20 años de Espeleología en Navarra'.
Permítasenos
insertarla aquí, para seguir con el juego de confrontar los
textos
literarios de Verne con los textos informativos de los
auténticos
espeleólogos, a fin de poner de relieve sus concordancias y
diferencias.
En 1948 los autores realizaban la exploración de una cueva del
valle
de Irañeta, habiendo bajado una honda sima acompañados de
un estudiante que no tenía "ni idea de lo que es una cueva". Al
remontar la sima de vuelta, ocurrió lo siguiente, según
el
informe: con este arroyo de
compañero
no hay ya razón alguna que nos impida alcanzar nuestro objetivo.
La aparición del agua ha sido providencial, pero choca que haya sido tan tardía. Lo normal en una cueva es que la presencia del agua sea constante y abundante, en forma de goteras, coladas, charcos, ríos y hasta lagos, y lo inhabitual precisamente es encontrar galerías secas. Podría esto ser achacable al componente de lavas del suelo volcánico que han pisado hasta ahora los viajeros, pero lo cierto es que Julio Verne no menciona en su novela al agua como elemento esencial del proceso de creación de las cavernas por disolución de su manto de calizas, o por la abrasión producida por derrubios arrastrados por la fuerza de las corrientes fluviales. Sea como fuere, el hecho es que, en la realidad, es muy frecuente que para recorrer una cueva tengamos que ir siguiendo el curso de un arroyo subterráneo, que es un guía infalible para dirigirse hacia los niveles más profundos de la tierra, tal como hace el terceto del libro. no se trataba más
que de descender. Mi tío maldecía de la horizontalidad del camino que ofendía en él al hombre de las verticales que era. (Cap. 24). El viaje hacia el centro del Globo es, como la peregrinación al Averno, un viaje hacia abajo. Un descenso a lo inferior, que es como decir a lo infernal. De ahí que los tramos horizontales impacienten a Lidenbrock, y los verticales sean, por el contrario, bienvenidos con alborozo. se abrió de repente
a nuestros
pies un pozo espantoso. Mi tío palmoteó de gozo al ver su
profundidad y la inclinación de sus pendientes. Axel está empezando a ser víctima de otro tipo de peligro que no es tan evidente en las cavernas: el exceso de confianza. Por muy familiarizado que uno se crea con los ejercicios de trepar y destrepar, los riesgos se agazapan en todos los rincones de la cueva, y es precisamente en los sitios más fáciles, los que nadie calificaría de peligrosos y por ello se baja la guardia, donde tienen lugar los percances más inesperados. Los resbalones, las caídas, las costalada |