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  Las lecciones de abismo del
  profesor Verne

Viajes dentro de la Tierra  
   Cada cierto tiempo en la vida hay que volver a Julio Verne. Nos lo pide el cuerpo y el cerebro a quienes tuvimos la gran suerte de leerlo en la infancia. Nadie crea que se trata de ningún tipo de operación-nostalgia. Se trata nada menos que de revivir con cada uno de sus libros una prodigiosa aventura mental que va mucho más allá de las meras peripecias de la ficción escrita, y que nos aporta con cada lectura adulta nuevos significados y nuevos ámbitos de exploración.
 


  
Indice de textos
Introducción 
I.  ¡Al diablo las teorías! 
II.  ¿Por qué imposible? 
III.  Vencer el vértigo 
IV.  El retorno es lo de menos 
V.  Es difícil llegar a la cueva 
VI.  Sigan al guía 
VII.  Bajar es lo más fácil 
VIII.  ¡Qué espectáculo, tío! 
IX.  Retroceder, esto es lo arduo 
X.  Saber soportar las penurias
  
XI.  Prescindir de las superfluas necesidades terrestres 
XII.  No perder nunca los nervios 
XIII.  La muerte anda al acecho 
XIV.  ¿Es maravilloso? No, es natural 
XV.  El pasado sólo está enterrado 
XVI.  El sueño de la razón engendra monstruos 
XVII.  La aventura va en el lote 
XVIII.  Sacudirse el escepticismo 
XIX.  Donde hay voluntad no puede haber desesperación 
XX.  La luz al final del túnel 
Bibliografía consultada
   

 
   Y da igual que nos sepamos de memoria el final de la novela, verbigracia el resultado de la apuesta de Phileas Fogg a favor de la tesis de que se podía dar 'La vuelta al mundo en 80 días' con los medios de la época. Seguiremos las andanzas del gentleman británico aplicando su inquebrantable voluntad a demostrarla por la vía de los hechos, arrastrando consigo a su criado Passepartout en un periplo alrededor del Globo, con el mismo interés y ansiedad con que lo leímos por primera vez un lejano día. Y su trepidante acción, su sabiamente dosificado suspense, nos mantendrán en vilo hasta el desenlace en el último segundo. Como la primera vez. 
   Nuestra mirada envejece, pero las novelas de Verne no. Ya en su tiempo fueron admiradas por autores como Tolstoi, Gorki, Kipling, Gautier o Saint-Exupéry. También fascinaron a los surrealistas. Más recientemente, en los años 60 del siglo XX, han sido revalorizadas por intelectuales como Michel Foucault y Roland Barthes. Y hoy siguen atrayendo a millones de lectores de todas las edades, siendo el escritor francés más traducido del mundo. 
   Digamos para empezar que ya va siendo hora de desterrar el cliché de que Jules Verne es sólo un autor de literatura juvenil. Cierto es que niños y jóvenes lo siguen leyendo con igual placer que en su día. Pero las novelas de Verne contienen mucho más que meros relatos de aventuras, y son susceptibles de otros niveles de interpretación por parte de un público adulto. Ya lo advierte Miguel Salabert en su prólogo a 'Viaje al centro de la Tierra': "reducir al gran mitólogo que es Verne a un escritor de aventuras es como limitarse a leer en Moby Dick el relato de la persecución de una ballena". 
    Fernando Savater va más allá cuando afirma: "En casos como el de Verne, los críticos literarios son particularmente víctimas de sus limitaciones intrínsecas: son ellos los que han decidido que los escritores de aventuras o de anticipación son 'menores', son ellos quienes decretan que los adolescentes no gustan más que de lo pintoresco o lo venial, son ellos los que el siglo pasado (el XIX) limitaron el interés de Verne a su capacidad de prever avances científicos y de hilvanar peripecias curiosas... Son ellos los que siempre se han equivocado con Verne; los niños, en cambio, acertaron desde el primer momento. Ahora se trata de rescatar a Verne no de sus entusiastas, sino de los prejuicios de la crítica 'seria' contra la literatura 'menor'." (F. Savater, 'La infancia recuperada', cap. III: 'El viaje hacia abajo'). 
   Se trata del mismo tipo de prejuicios en que incurren los que piensan que Kipling, Stevenson, H. G. Wells o Conan Doyle son escritores menores, o que desprecian el cómic como un subproducto para niños, en un análisis que sólo se puede calificar de pueril. Savater arremete contra esta visión reduccionista en su excelente ensayo 'La infancia recuperada' y nos propone superarla con una nueva lectura de los libros que nos apasionaron de pequeños, para redescubrirlos desde otra dimensión. Recuperar la infancia, la mirada ingenua y sin dobleces, el sentido del disfrute desinteresado, del juego por el juego, la capacidad de fascinación de un ser que está descubriendo el mundo. Y comprender que lo solemne y lo abstruso de un estilo no son garantía de calidad en la literatura, ni un estilo ligero e imaginativo implica ausencia de ella. 

   Volvieron a mi memoria los recuerdos de la infancia. 
   (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 27) 

   Entonces, como un niño, cerré los ojos para no ver la oscuridad. 
   (Ibid., cap. 41) 

   "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; mas cuando llegué a ser hombre, me deshice de las cosas de niño", escribe Pablo a los corintios. Pero ¿no había antes predicado Jesús que "deberéis haceros como niños para entrar en el reino de los cielos"? Si el adolescente rechaza el niño que lleva dentro, ¿no habría el adulto de expulsar, en cierto momento de su maduración, la mentalidad de teenager que aún lleva dentro? Es un viaje de ida y vuelta, no a una 'segunda infancia', sino a un plano superior e integrador que acepte las muchas personalidades que se esconden en nuestro yo, incluida la del infante que un día fuimos, con su mirada incontaminada. Con su visión libre de prejuicios heredados, de tópicos y de lugares comunes. Tendremos, pues, que hacernos como niños si queremos entrar en el reino de los libros de Verne, que es lo más parecido al reino de los cielos que hay en esta Tierra, a juzgar por el placer inagotable que proporcionan. 
   ¿Escritor de anticipación, Verne? Sí, por supuesto, pero también mucho más. ¿Escritor de ciencia-ficción? Sólo en el sentido de que en sus novelas hay mucha ciencia y mucha ficción, pero sería del todo improcedente comparar a Verne con los autores de la ciencia-ficción contemporánea, recreadores en su mayoría de universos fantasmagóricos que nada tienen que ver con la ciencia y menos con la vida real. ¿Escritor de literatura fantástica? No exactamente, pues las ficciones de Verne caminan con un pie metido en la imaginación, pero el otro en la más estricta realidad científica, y si de algo no se puede tildar a sus novelas es de ser inverosímiles (con la significativa excepción de 'Viaje al centro de la Tierra'). De hecho al mismo Verne le hubiera incomodado ser etiquetado de escritor de fantasías. Cuando una vez alguien comparó su literatura con la de H. G. Wells, Julio Verne protestó: "Mais... il invente!" 
   Wells inventaba, fabulaba, fantaseaba. Él no. Y no le faltaba razón, habida cuenta de que el viaje submarino o el viaje a la Luna son hoy realidades que corroboran la capacidad de predicción científica de Verne, mientras que si se trata de H. G. Wells, todavía estamos esperando ver un hombre invisible, o una máquina del tiempo, o que los marcianos nos declaren la guerra de los mundos (quizá sea el doctor Moreau quien más se acercó a la realidad futura –la de hoy– como pionero del desarrollo incontrolado de la ingeniería genética). 
   El mismo Julio Verne era consciente de sus propios límites como fabulador, sabedor de que la realidad, tarde o temprano, terminaría siempre por superar sus más desbocadas ficciones: "Todo lo que yo invento, todo lo que yo imagino, quedará siempre más acá de la verdad, porque llegará un momento en que las creaciones de la ciencia superarán a las de la imaginación", declaraba en cierta ocasión. Y también dejó dicho: "Todo lo que el hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo." 
   El propósito aparente de su escritura era "resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos, astronómicos, amasados por la ciencia moderna, y rehacer, así, en la forma atrayente que le es propia, la historia del universo...". Un programa enciclopédico que desarrolló para su editor (y su decubridor, mentor y amigo) Jules Hetzel a lo largo de su vida literaria en el vasto ciclo de novelas genéricamente titulado 'Viajes Extraordinarios'. Pero esta fachada oficial, que parece responder a la filosofía del 'instruir deleitando', muy en la onda de la mentalidad cientifista y positivista del siglo XIX, ¿no esconde quizá algo más? 
   Para Miguel Salabert, traductor y estudioso de la obra del novelista francés, hay un Julio Verne subterráneo que se contrapone al Verne oficial y burgués. Un Verne desconocido, del que se tienen pocos datos documentales, pero cuyo ideario secreto puede rastrearse en sus obras: "la atenta lectura de los Viajes Extraordinarios desde este punto de vista habrá de reservarnos también extraordinarias sorpresas. Así, veremos que el Verne ciudadano que se confesaba partidario del orden 'en sociología', se transformará con harta frecuencia, como autor, en enérgico vapuleador de ese orden y de sus representantes, en censor implacable del estatismo autoritario, del esclavismo y colonialismo, en el magnificador de las luchas por la independencia nacional, y en el exaltado defensor de una libertad que iza con más frecuencia la bandera libertaria que la bandera liberal. Los ecos del individualismo libertario y del socialismo utópico retumban a lo largo de los Viajes extraordinarios con tal frecuencia y tal intensidad, que podemos ver en ellos los truenos de la tormenta íntima que agitaba a nuestro autor, y la deslumbrante confirmación de ese diagnóstico de 'revolucionario subterráneo'. (...) la ideología política contenida en los Viajes Extraordinarios (...) tal como está expresada, nos revela un Verne portador de un sueño social, de un sueño que sueña un hombre nuevo –'No son nuevos continentes los que hacen falta, son hombres nuevos', dirá Nemo anticipándose a Zaratustra–, de un sueño paralelo al que el autor asigna a la naturaleza y de cuya realización es el hombre el instrumento privilegiado. (...) Todo en la obra de este solitario denuncia la soterrada, la angustiada voluntad y nostalgia de la ruptura. ¿Qué es el viaje sino una ruptura?" (Miguel Salabert, 'Julio Verne, ese desconocido'). 
   Mucho se ha especulado sobre el velado discurso que fluye subterráneamente bajo la capa superficial de la aventura en las novelas de Verne. Dejemos en las brumas la figura de Jules Verne como ser humano, su hipotética adscripción a alguna hermandad de tipo sansimoniano o masón dedicada a propagar ideas de socialismo utópico, para centrarnos en las intenciones de fondo que se dejan entrever en su obra literaria. Y lo que primero resulta evidente es que cada novela de Verne, cada uno de sus Viajes Extraordinarios, no es otra cosa que una narración iniciática. Un relato de la iniciación de un ser humano, al que la aventura transforma hasta el punto de que su personalidad pasa de un estadio inmaduro a un plano superior de conciencia. 
   Sabido es que toda novela de viajes es una novela de iniciación, pero pocas como las de Verne contienen tantos elementos que no dejen lugar a dudas sobre ese sentido último. Y de ellas, quizá sea 'Viaje al centro de la Tierra' la más paradigmática. 
   En esta novela se cumplen sistemáticamente las tres ceremonias básicas de todo rito iniciático: la preparación del neófito (en un lugar sagrado), el viaje propiamente dicho (símbolo de muerte o transmutación), y el renacimiento como hombre nuevo (con la salida del mundo subterráneo a la luz). En síntesis: el típico protocolo iniciático de muerte-resurrección. Cada una de estas ceremonias ha de pasar por distintas fases rituales, que son obedecidas punto por punto en el relato, como tendremos ocasión de comprobar. 
   La presencia de los grandes temas míticos en la obra de Julio Verne es una constante. El autor de 'La isla misteriosa' era de origen celta y se interesó vivamente por las leyendas célticas. El proyecto de realizar un 'Viaje al centro de la Tierra' es, por ejemplo, desencadenado por el desciframiento de un antiguo manuscrito caligrafiado en letras rúnicas. Pero Verne recrea también soterradamente en sus novelas los grandes mitos clásicos heredados de la cultura grecorromana, donde se pueden detectar temas e influencias de autores como Homero y Virgilio. Éste último es expresamente citado en 'Viaje al centro...', al comparar la expedición subterránea que llevan a cabo sus protagonistas con el facilis descensus Averni del canto VI de la 'Eneida'. El descenso a los infiernos, la bajada al Hades, tema recurrente en la mitología helénica, pero que tiene antecedentes mesopotámicos en el 'Poema de Gilgamesh', y que será en la Edad Media retomado por Dante, ya desde una óptica cristiana, en su 'Divina Comedia'. 
   Del mismo modo que 'La Flauta Mágica' de Mozart es en realidad, disfrazado de cuento infantil, un rito iniciático y un canto a los ideales de la masonería, a nada que escarbemos en la superficie de las páginas de Verne, descubriremos que bajo el disfraz del relato de aventuras destinado a un lector más o menos juvenil, se esconde mucho más. Se esconde la presencia poderosa de temas y mitos profundamente arraigados en nuestro inconsciente colectivo, que tocan fibras y remueven zonas de sombra enterradas bajo la conciencia del lector, que activan sus mecanismos subconscientes, sus anhelos secretos, sus angustias, sus más ancestrales miedos, para enfrentarse a ellos y trascenderlos en aras a convertirle en un hombre de conocimiento. Pues el verdadero iniciado no será al final el protagonista de la novela. Lo será más bien su lector. 
Viajes denttro de la Tierra   Entrar en las páginas de 'Viaje al centro de la Tierra' es como entrar en una cueva. Una experiencia emocionante, imprevisible y sumamente gratificadora. La novela, además de una epopeya de la espeleología, es un compendio de todos los temas, de todos los accidentes, obstáculos y problemas a los que un espeleólogo se debe enfrentar en sus incursiones bajo tierra. Así como un tratado sobre el estado de los conocimientos en geología, mineralogía y paleontología de la ciencia de mediados del siglo XIX, donde no se eluden los debates y controversias que tenían lugar en aquel momento en torno a estas disciplinas entre la comunidad científica. 
   Para quienes nos dedicamos a viajar dentro de la Tierra, a explorar sus abismos, es éste un libro doblemente valioso. Cada vez que Axel describe los paisajes cavernarios con que se va topando en su expedición, no es que nos los imaginemos en nuestro cerebro, ¡es que los estamos viendo! Es que los hemos ya visto con nuestros propios ojos, y al contemplarlos hemos sentido el mismo asombro que siente Axel ante tanta maravilla, tanta inmensidad y tan extraordinaria belleza. Las descripciones de 'Viaje al centro de la Tierra' podrían aplicarse a muchas de las cuevas y complejos kársticos que horadan nuestras tierras. Serían perfectamente intercambiables. Los incidentes que sufren los viajeros en la ficción, son en gran parte idénticos a los que suelen acontecer a los visitantes de las cavernas en la realidad. Muchas de las experiencias que vive Axel en la novela, las hemos experimentado en las cuevas, por lo que este libro, más que leerlo, lo vivimos. Y muy intensamente. 
   Con su espíritu enciclopédico, Julio Verne, que se había documentado a fondo sobre el tema, como era su costumbre, va desgranando las lecciones que todo espeleólogo debe aprender para llevar a buen término su azarosa actividad. Lecciones que, pese al tiempo transcurrido, siguen teniendo su vigencia. 
   Cierto es que no llegaremos nunca al centro de la Tierra. Nadie ha llegado. Pero nuestros pasos se encaminan en aquella dirección, y aunque no hayamos más que arañado la superficie de la corteza terrestre, quién nos dice que algún día no encontremos una sima más profunda que todas las simas, que conduzca más adentro, más hondo, más abajo que todos los túneles hasta hoy registrados. No es tan improbable. Cada equis años aparecen en la prensa noticias del hallazgo de cavidades que superan todos los récords de profundidad hasta el momento explorados. Y constantemente se están descubriendo nuevas cuevas, o nuevas galerías dentro de cuevas ya conocidas. 
   Sorprende, por otro lado, que habiendo llegado el hombre tan lejos en sus viajes y sondas extraterrestres (hasta la Luna, Marte, Titán y más allá del Sistema Solar), haya avanzado tan poco en sus viajes intraterrestres. Las más profundas prospecciones realizadas (a la búsqueda, no de la gloria, como el profesor Lidenbrock, sino de oro negro) no han sido sino someros pinchazos en la epidermis de la Tierra. De lo que haya más adentro, todo son hipótesis, pero no existe prueba empírica alguna. Ni hasta ahora ningún testigo. El mundo subterráneo, como Julio Verne, sigue siendo un desconocido. 
   Tal es el punto de vista del geofísico neozelandés David J. Stevenson, que ha dedicado buena parte de su carrera profesional a estudiar los entornos de Júpiter y las placas tectónicas de Marte. Este científico denuncia que la exploración del interior de nuestro planeta nunca ha sido una prioridad para los gobiernos mundiales, al contrario que la investigación espacial. En la península de Kola, en Rusia, los soviéticos emprendieron en los años ochenta un plan de excavación que les ha tenido escarbando casi veinte años, y sólo han logrado perforar la Tierra diez kilómetros. "Conocemos mejor la superficie de Urano que las entrañas que nos sustentan, lo cual es ridículo". Stevenson, al que algunos colegas apodan como el Julio Verne del siglo XXI, ha concebido un proyecto tecnológico para perforar el globo terráqueo con el fin de llegar a su centro, donde, según explica, "encontraremos el origen de nuestro planeta y podremos comprender y predecir los terremotos". "Si viajamos hasta el núcleo y lo analizamos, podremos reproducir las condiciones de la formación de la Tierra, hace 4.500 millones de años". "Investigar directamente la fluctuación de los materiales sobre los que flotan las placas tectónicas nos permitiría un control mucho mayor de los movimientos y una mayor capacidad de predicción". 
   Aunque el proyecto de Stevenson se sale de los límites de este escrito (y de nuestra comprensión), nos limitaremos a transcribir que el plan consiste en "abrir una gran ranura en algún punto de la Tierra, de un kilómetro de profundidad, y llenarla de un material más denso que la roca, como el hierro líquido. Gracias a la fuerza de la gravedad, el material se abriría paso él solo y, con él, la sonda que proporcionaría la información. Podemos imaginar la sonda como una barca que navega en un río; el hierro abre un gran valle y la sonda fluye por él a la velocidad de un corredor humano hasta llegar al núcleo en sólo una semana". "Necesitaríamos una cantidad de hierro líquido como mínimo equivalente a diez Torres Eiffel fundidas, una porción 'mínima' en comparación a la cantidad diaria de este material que producen las siderúrgicas". El coste del sondeo se ha estimado en unos diez billones de dólares (Diario de Noticias, Navarra, 15 enero 2005). Si tal proyecto fuera factible, y Stevenson asegura que tecnológicamente lo es, una vez más tendríamos ahí a la realidad dejando en pañales a la ficción. 
   Pero, hablando de realidades/ficciones, volvamos al Julio Verne del siglo XIX. 
 
   Es hora de que presentemos ya al profesor Lidenbrock, motor de la acción y protagonista principal de 'Viaje al centro de la Tierra'. Erudito, geólogo y profesor de mineralogía en el Johanneum de Hamburgo, Otto Lidenbrock era, en palabras de su sobrino Axel (narrador en primera persona de la crónica de la expedición), "un hombre tan raro como terrible". "En cada lección, se encolerizaba una o dos veces, con toda regularidad. No le preocupaba en absoluto que sus alumnos asistieran con asiduidad a sus lecciones, ni que le concedieran atención, ni el éxito que pudieran tener aquellos en el futuro (...). Enseñaba 'subjetivamente' (...), para sí mismo, y no para los demás. Era un sabio egoísta, un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se quería sacar algo;" 
    
   Sea como fuere –prosigue Axel–, debo decir que mi tío era un verdadero sabio (...). Figuraos un hombre alto, flaco, con una salud de hierro y un aspecto juvenil, realzado por sus rubios cabellos, que le perdonaba diez años a su cincuentena. Sus grandes ojos se agitaban incesantemente tras unas gafas de considerable tamaño. Su nariz, larga y fina, parecía una hoja afilada (...). Si añado que mi tío andaba a zancadas de casi un metro, y si preciso que al andar mantenía sus puños sólidamente cerrados, signo de un temperamento impetuoso, se le conocerá suficientemente como para no desear demasiado su compañía. (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 1). 
 
   Temperamento impetuoso. He aquí en dos palabras la personalidad característica de un hombre de acción. De alguien que está dispuesto a poner todo su ímpetu en la consecución de sus fines, a mayor gloria de la ciencia. Ése es precisamente el carácter que define, no sólo a Lidenbrock, sino a la mayoría de los individuos que se dedican a la espeleología. Porque hace falta una vocación a prueba de bombas para decidirse a penetrar en los inextricables laberintos de las profundidades de la Tierra poniendo en peligro la propia integridad física, con el solo fin de aportar nuevos datos y sustentar en cimientos más firmes el edificio de las ciencias naturales. Un temperamento impetuoso, emprendedor, que no atiende a más razones que las científicas, que está dispuesto a arrostrar peligros, a dinamitar escollos, a perseguir sus objetivos contra todo pronóstico negativo, a despreciar la cortedad de miras y los consejos timoratos basados en valores pequeño-burgueses como la seguridad, la estabilidad o la prudencia. 

   Huir sería, por lo tanto, conformarse a las leyes de la más elemental prudencia. Pero no parece que hayamos venido aquí a ser prudentes.  
   Continuamos, pues, adelante. (Ibid., cap. 34) 

   Afirmaba Julio Verne que "todo lo que de grande se ha realizado ha sido hecho en nombre de esperanzas exageradas", y a esta filosofía parecen responder la mayoría de los héroes (y anti-héroes: Nemo, Robur...) de sus novelas, incluido Lidenbrock. 
   Por nuestra parte, no podemos dejar de imaginarnos al profesor Otto Lidenbrock, aunque no concuerden con los descritos por Verne, con los rasgos físicos del insigne James Mason, pocos años antes de su interpretación de Humbert Humbert, en la mejor de las muchas versiones cinematográficas de la novela, la del año 1959. Dirigida por el artesano Henry Levin, el film contaba con los impagables efectos especiales del verdadero artista en la sombra, Ray Harryhausen, que utilizó iguanas de verdad para retratar las bestias antediluvianas con que se topan los personajes en su incursión subterránea. Pero no adelantemos acontecimientos. 
   El personaje de Axel es el contrapunto al de su tío el profesor Lidenbrock. Aunque no se especifica su edad, nos lo imaginamos como un muchacho de unos dieciocho años, enamorado de la ahijada del profesor, estudiante de ciencias naturales, pero aún inexperto en las ciencias de la vida. Axel será embarcado contra su voluntad por su tío en la fantástica expedición, sin que de nada le sirvan las diferentes excusas que alega para librarse de emprenderla o para abandonarla a medio camino. A lo largo del viaje, el renuente Axel, convencido de que todo lo que le interesa está en la superficie terrestre y nada se le ha perdido en el centro remoto, va interponiendo constantes objeciones de tipo teórico y práctico como freno a lo que considera delirios de su tío. Como le conoce bien y sabe que no admitirá más argumentaciones que las basadas en razonamientos científicos, le ataca por ese flanco con la teoría entonces dominante (y aún hoy vigente) del fuego central. Nadie puede ir al centro de la Tierra porque ese núcleo es un magma incandescente de elevadísima presión y temperatura. ¿Quién no estaría de acuerdo con Axel? 
   Pero nada pueden las razones frente una razón de orden superior. 

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Lección I:  ¡Al diablo las teorías! 
 
   Axel: –Es sabido que el calor aumenta en casi un grado por cada setenta pies de profundidad bajo la superficie del Globo. Ahora bien: admitiendo que esta proporcionalidad se mantenga constante, dado que el radio terrestre mide mil quinientas leguas, la temperatura existente en el centro debe ser superior a doscientos mil grados. Las materias del interior de la Tierra se hallan, pues, en estado de gas incandescente, ya que ningún metal, ni el oro, ni el platino, ni las más duras rocas resisten a tal temperatura. 
   (...) 
   –He aquí lo que yo decido –replicó el profesor Lidenbrock, recuperando sus aires de suficiencia–. Decido que ni tú ni nadie sabe con certeza lo que hay y pasa en el interior del Globo, habida cuenta que apenas se conoce la doceavamilésima parte de su radio. Decido que la ciencia es eminentemente perfectible, y que cada teoría viene siendo incesantemente destruida por una teoría nueva. 
   (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 6) 

   ¿Y quién podría negar que el profesor tiene aquí toda la razón? ¿Alguien ha visto el interior profundo de la Tierra? ¿Existe alguna muestra de lo que allí se esconde? Por supuesto que hay teorías científicas al respecto sólidamente argumentadas, pero no dejan de ser eso: teorías, hipótesis a confirmar, y en este caso estamos prácticamente igual que en tiempos de Verne. Es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos de las entrañas del Globo. 
   Fuera teorías. Fuera excusas. Son los hechos los que cuentan. Las pruebas empíricas. Y el profesor Lidenbrock está dispuesto a aportarlas en su propia persona, y en la de su sobrino, que oficiará de testigo y cronista. 
   Axel es el personaje con el que se identifican los lectores del libro. Sus inquietudes, sus pesadillas, sus objeciones, son las que nosotros tendríamos puestos en su lugar. Como narrador en primera persona de la crónica del viaje, ejerce de ojos y oídos para el lector, y le hace sentir lo que se siente al internarse por los extraños mundos del submundo. 
   Pero Axel es también el neófito. El personaje que simboliza al novicio en el rito de iniciación. Cuando parte muy a su pesar rumbo al interior del Globo es todavía un adolescente lleno de remilgos y temores, que nada importante ha realizado en la vida. Cuando regrese será un hombre hecho y derecho, curtido en mil peligros, curado de todo espanto, y habrá acumulado en su haber suficientes proezas como para hacerse verdaderamente merecedor de la mano de Grauben, la ahijada del profesor. Será, en definitiva, un hombre nuevo. Un iniciado. 
   Si al comienzo de la aventura Axel pensaba que ir al centro de la Tierra era cosa de locos, al final le oiremos exclamar, poseído ya de la 'embriaguez de las profundidades': "¡Ah! ¡Qué viaje! ¡Qué maravilloso viaje!". Y recogerá la antorcha del profesor, y se contagiará de su monomanía –como Sancho Panza se contagia del idealismo de Don Quijote–, superándole al final en ardor y coraje, soltando el lastre de sus prejuicios y miedos, y siendo el primero en abrir brecha para proseguir la expedición. 

   La acción de 'Viaje al centro de la Tierra' arranca cuando el profesor Lidenbrock descubre entre las páginas de un antiguo libro un pergamino manuscrito del siglo XVI. El manuscrito está caligrafiado en letras rúnicas, y Lidenbrock se quema las meninges para intentar descifrarlo, sin conseguirlo. Es Axel, significativamente, quien lo logra, con la decidida intervención del azar. Al mirar eventualmente a trasluz el papel, se percata de que las letras están en realidad invertidas en simetría especular, como hacía Leonardo da Vinci al escribir sus códices de derecha a izquierda, de forma que era menester leerlos reflejados en un espejo (en 'Alicia a través del espejo' sucede algo parecido). Per speculum in ænigmate, que diría Pablo. Se pueden detectar en este episodio reminiscencias de 'El escarabajo de oro' de Poe, relato en el que la minuciosa decodificación de un mensaje cifrado da las pistas para descubrir un tesoro. 
   Los caracteres eran runas, el idioma era el latín, la firma era de Arne Saknussemm, un célebre alquimista islandés del siglo XVI cuyas obras habían sido quemadas por heréticas (y para el que Verne se inspira en un personaje real: Arne Magnusson, 1663-1730, nacido en Islandia y divulgador de las sagas nórdicas), y el contenido era el siguiente: 

   Desciende por el cráter de Jokull de 
   Sneffels que la sombra de Scartaris 
   acaricia antes de las calendas de Julio, 
   viajero audaz, y llegarás al centro 
   de la Tierra. Es lo que yo hice. 
   Arne Saknussemm. 
   (Ibid., cap. 5) 

   ¡Qué tentadora invitación a la aventura! Un pico de Islandia, el Scartaris, proyecta en el solsticio de verano su sombra sobre uno de los varios cráteres de un volcán apagado, el Sneffels, identificándolo como la puerta de entrada a un túnel que conduce hasta el mismo centro de la Tierra. Y alguien, que ha hecho previamente ese viaje alucinante, nos invita a repetir sus pasos. 
   Como en todo rito de iniciación, el neófito parte del desciframiento de un criptograma sagrado, de un enigma o acertijo que es la llave para entrar en el otro mundo. Los caracteres son rúnicos, es decir, sacros, por haber sido "inventados por el mismo Odín", "surgidos de la imaginación de un dios", según comenta el profesor. Aunque el mensaje sea confuso, como ocurre con todos los oráculos, el hecho de que Axel haya dado con la clave para descifrarlo le designa como elegido. 
   A partir de la revelación del mensaje, el profesor Lidenbrock no pierde un segundo en poner manos a la obra, adquirir billetes de barco, preparar el voluminoso equipaje, y arrastrar a su sobrino en la aventura. Pues quedan pocas semanas para las calendas de julio y la travesía hasta Islandia, vía Copenhaghe, será larga. 
   Pero antes, debe cumplirse otro de los requisitos de todo ritual esotérico de iniciación: la promesa por parte del neófito de guardar el secreto. 

   –Ante todo –prosiguió–, debo recomendarte el más absoluto secreto, ¿me oyes? No carezco de envidiosos en el mundo de los sabios. Y son muchos los que querrían emprender este viaje, del que no deben tener noticia hasta nuestro regreso. 
   –¿Realmente cree usted que serían muchos los audaces que osaran emprenderlo? 
   –Sin duda. ¿Quién vacilaría en conquistar tan alta gloria? 
   Al final del capítulo, el profesor reitera su advertencia: 
   –Pero silencio, ¿oyes?; silencio sobre todo esto, para que a nadie se le ocurra la idea de descubrir antes que nosotros el centro de la Tierra. (Cap. 6). 
 
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Lección II:  ¿Por qué imposible? 
 
   El profesor Lidenbrock explica a Axel sobre un mapa de Islandia los pormenores de su plan de viaje. Le señala el volcán Sneffels: 

   –El mismísimo Sneffels. Una montaña de cinco mil pies de altitud (1.620 metros), una de las más notables de la isla, y la que, con toda seguridad, será la más célebre del mundo entero si su cráter conduce al centro del Globo. 
   –Pero ¡eso es imposible! –exclamé, encogiéndome de hombros, en abierta rebelión contra tan descabellada suposición. 
   –¿Imposible? –dijo severamente el profesor–. Y ¿por qué imposible? 
   –Porque, evidentemente, este cráter ha de estar obstruido por las lavas, por las rocas ardientes y... 
   –¿Y si es un cráter apagado? (Cap. 6). 

   La tesis de Lidenbrock es que "cuando en los primeros días del mundo la Tierra fue enfriándose poco a poco, la disminución de su volumen produjo en su corteza dislocaciones, rupturas, grietas y contracciones" (cap. 22), y no era imposible que pudiera haber entre ellas una fisura que permitiera sumirse en las más insondables profundidades del Globo. 
   Axel se resiste al proyecto con toda su capacidad dialéctica. Plantea dudas sobre la autenticidad del manuscrito, sobre lo oscuro de las referencias al Scartaris y las calendas de julio. 
   "Luz es para mí lo que tú llamas oscuridad", le replica el profesor, y le argumenta su interpretación del mensaje con tanto detalle y tan convincentes razones que no le deja opción a dudas. 

   –Bien. Obligado me veo a convenir en que la frase de Saknussemm es clara y disipa toda duda. Incluso estoy dispuesto a admitir la total autenticidad del documento. Y que Saknussemm llegó al fondo del Sneffels, que vio la sombra del Scartaris acariciar los bordes del cráter antes de las calendas de julio. Asimismo, que oyera contar entre las leyendas de su tiempo la de que el cráter llegaba hasta el centro de la Tierra... Pero que él mismo llegara al centro del Globo, que hiciera ese viaje de ida y vuelta, si es que llegó a emprenderlo, eso ¡no! ¡Cien veces no! 
   –¿Y por qué razón? –preguntó mi tío, en un tono singularmente burlón. 
   –Pues porque todas las teorías de la ciencia demuestran la imposibilidad de tal empresa. 
   –¿Todas las teorías dicen eso? –respondió el profesor, adoptando un aire bonachón–. ¡Ah! ¡Las condenadas teorías! ¡Nos van a poner en un aprieto esas pobres teorías! (Cap. 6). 

   Agotados todos los argumentos en contra, y como último recurso, Axel comunica a su prometida Grauben las intenciones de su tío, con la esperanza de que le disuada de tan disparatada empresa. 

   Durante algunos instantes ella permaneció silenciosa. ¿Latía su corazón al compás del mío? Lo ignoro, pero su mano no temblaba en la mía. Anduvimos unos cien pasos sin hablar. 
   –Axel –me dijo, al fin. 
   –Dime, mi querida Grauben. 
   –Será un viaje magnífico. 
   Sus palabras me sobresaltaron. 
   –Sí, Axel; un viaje digno del sobrino de un sabio. Es bueno que un hombre se distinga por la realización de una gran empresa. (Cap. 7). 

   El novicio no ha tardado ni tres páginas en incumplir su promesa de silencio. Pero el tiro le sale por la culata, pues su amada, lejos de horrorizarse, le anima a embarcarse en la aventura. Incluso asegura que "yo os acompañaría muy gustosamente, si una muchacha no fuera para vosotros un estorbo". Tomémonos con humor esta observación de la chica, que rechinará a los oídos de más de una intrépida deportista de hoy en día, capaces como son de dejarnos muy atrás a muchos hombres en temas como la espeleo, la escalada, el buceo, el 'rafting', el 'puenting' o cualquier actividad de riesgo que se les ocurra. Y recordemos que en tiempos de Julio Verne (la novela es de 1864) la población de sexo femenino estaba fuertemente mediatizada por muchos y muy diversos corsés sociales. Una mujer entrando en una sima sería algo impensable. 
   En Hollywood sí que se lo pensaron, y tuvieron la ocurrencia (star system obliga) de meter con calzador un elemento femenino en la aventura, una señora talludita entrada en años que se apunta al 'Viaje al centro de la Tierra' contra la voluntad de Lidenbrock, empeñada en ir detrás del profesor, aunque sea hasta el fin del mundo, para cazarlo como marido, y que con su torpeza les va creando complicaciones y situaciones jocosas. Cuando la señora se queja del extremado calor que hace allí dentro, Lidenbrock/Mason le espeta: 
   –Pues quítese ese corsé. 
   Nada de esto  sucede en la novela, en la que, como es habitual en las ficciones de Verne, los héroes de acción son siempre masculinos, mientras que las protagonistas femeninas adoptan un rol más pasivo, por lo general el de la mujer que, como Penélope, espera en el hogar el regreso del héroe tras su aventura. 

   ¡Ah! ¡Mujeres –piensa Axel–, muchachas, corazones femeninos siempre incomprensibles! (...) ¡Cómo! ¡Esta chiquilla me estimulaba a participar en tal expedición! ¡Y ella misma no hubiese temido intentar la aventura! ¡Y me instigaba a mí a emprenderla, a mí, a quien, sin embargo, amaba! (Cap. 7). 

   Axel, desesperado y confuso, aún confía en que su novia se lo piense mejor, pero Grauben por el contrario se va entusiasmando con la idea, y por la noche termina por insinuar a Axel lo que ella espera de su prometido. Que deje de ser un chiquillo y se convierta en un hombre de verdad. Si tal sucede, ella le ofrecerá la recompensa de su amor y su entrega. 

   –¡Ah, mi querido Axel, qué hermoso es sacrificarse así por la ciencia! ¡Y qué gloria espera al señor Lidenbrock y a su compañero! Al regreso, Axel, serás un hombre, su igual, libre para hablar, libre para actuar; libre, en fin, para... 
   La joven, ruborizada, no terminó su frase. (Cap. 7). 

   Durante la noche me sobrecogió de nuevo el terror. La pasé soñando en precipicios. Era presa del delirio. Me sentía agarrado por la vigorosa mano del profesor y arrastrado, despeñado, hundido. Caía al fondo de insondables precipicios con la velocidad creciente de los cuerpos abandonados en el espacio. Mi vida era una caída interminable. (Cap. 7). 
 
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Lección III:  Vencer el vértigo 
 
   La fase siguiente en todo ceremonial iniciático es la de la preparación del novicio al trance. En su acercamiento a Islandia, los personajes han de hacer etapa en Copenhaghe para embarcar desde allí hacia la isla, y Lidenbrock aprovecha la ocasión para ir entrenando a su sobrino y mentalizándole a lo que le espera. Al profesor no se le ocurre mejor cosa que combatir el vértigo a las alturas por el tratamiento de choque de escalar a lo alto de los campanarios de las iglesias que van encontrando por el camino. 

   (...) llegamos ante Vor-Fresers-Kirk. Nada de particular ofrecía esta iglesia. Pero la razón de que su muy elevado campanario hubiese atraído la atención de mi tío era la de que, a partir de la plataforma, se desarrollara una escalera exterior en torno a la torre, con sus espirales al aire libre. 
   –Subamos –dijo mi tío. 
   –Pero... nos dará vértigo, tío. 
   –Razón de más; hay que acostumbrarse. 
   –Pero... 
   –Ven, no perdamos más tiempo. (Cap. 8). 

   El entrenamiento, la preparación física, el aprendizaje de las técnicas de escalada, son condiciones de obligado cumplimiento para todo aquel que se dedique a visitar cuevas. Pues los caprichos de la naturaleza no están hechos para complacer los caprichos del hombre, y éste se encontrará más de una vez en las cavernas con obstáculos insalvables, pozos, simas y abismos cuyo fondo se pierde en tenebrosas negruras, a los que sólo asomarse corta la respiración y encoge el ánimo del individuo más templado. Pero la mayor parte de las veces no queda otro remedio que superar ese vértigo, ese atenazante terror al abismo, si se quiere proseguir la exploración de la cueva. 
   Por eso lo común es que quien practica espeleo practique también la escalada, el barranquismo y otras modalidades de deportes de naturaleza, con el fin de adiestrarse a la luz del día en las dificultades y asperezas con que se encontrará en las oscuridades del mundo subterráneo. Por nuestra parte acostumbramos hacer entrenamientos en paredes rocosas y barrancos, que abundan en nuestras tierras. Trepamos y destrepamos farallones. Hacemos descenso de cañones, como el de Otín en la Sierra de Guara (Huesca), el barranco de la Sierra de Navascués, o el cañón de Arteta, ambos en Navarra. Este último cañón requiere empezar con un rappel en vacío de unos 30 metros, mientras cae una cascada de agua helada sobre nuestras cabezas (una buena ducha para comenzar el día, que nos deja ateridos pero despejados para el resto de la excursión), continuar, a veces con cuerdas, a veces a nado, por una sucesión de cascadas y lagunas que se encajonan en profundos meandros a los que apenas llega el sol, y que se asemejan a los túneles de una cueva, para terminar en un vertiginoso rappel volado en extraplomo sobre el valle, de más de 40 metros de caída (altura equivalente a la de un edificio de trece pisos). Los que padecemos de vértigo comprendemos muy bien, y por propia experiencia, lo que siente Axel en estos bretes. 

   Forzoso fue seguirle, agarrándome como podía. El viento me aturdía. Sentía oscilar el campanario bajo las ráfagas. Me huían las piernas, y debí trepar, a gatas primero y luego de bruces, con los ojos cerrados, mareado por el vértigo. 
   Al fin mi tío, asiéndome del cuello de la camisa, tiró de mí, y así llegué cerca de la bola que corona el campanario. 
   –Mira –me dijo–, y mira bien. ¡Hay que tomar lecciones de abismo! (Cap. 8). 

   Este episodio nos trae a la memoria la imagen de James Stewart subido a lo alto de un campanario para vencer su acrofobia en la escena final de 'Vertigo' ('De entre los muertos') de Hitchcock.  Hemos de confesar que nuestras 'lecciones de abismo' nos ayudan a curtirnos y coger soltura en el manejo de cuerdas y chismes de escalada, pero que hasta ahora no han logrado curarnos a algunos de nosotros del vértigo, esa irracional y mareante sensación que nos paraliza todos los miembros del organismo cuando nos arrimamos a un precipicio. Bajaremos la sima porque no tenemos otra opción, pero el instante de asomar el cuerpo para colgarlo del abismo será siempre un momento tan angustioso como la primera vez. Igual le ocurrirá a Axel a lo largo del viaje, pese a todos sus ejercicios. 

   –Mañana lo repetiremos –dijo mi profesor. 
   Y, en efecto, cinco días hube de repetir este vertiginoso ejercicio, con lo que llegué a hacer sensibles progresos en el arte de 'las altas contemplaciones'. (Cap. 8). 
 
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Lección IV:  El retorno es lo de menos 
 
   Profesor y alumno desembarcan en Reykjavik, capital de Islandia. Nada más llegar y descargar sus equipajes, cuya cantidad y volumen sorprenden a los habitantes del lugar, mantienen el siguiente diálogo: 

   –Bueno, Axel –dijo mi tío–. Esto va bien. Lo más difícil está ya hecho. 
   –¿Cómo? ¿Lo más difícil? 
   –Sin duda, ya no nos queda más que descender. 
   –Si se lo toma usted así, tiene razón. Pero, digo yo que después de bajar tendremos que subir, ¿no? 
   –¡Oh! Eso es lo que menos me preocupa. (Cap. 9). 

   ¡Así habla un espeleólogo! Mientras que a todo novel lo que más le preocupa de un viaje es asegurarse el regreso, al verdadero viajero no le preocupa más que llegar a su destino. 
   Echemos un vistazo al voluminoso equipamiento que se ha procurado Lidenbrock para la expedición: termómetro, manómetro, dos brújulas de inclinación y de declinación, un anteojo de noche, dos aparatos de Ruhmkorff que, mediante una corriente eléctrica, dan una luz muy portátil y segura (contienen una pila Bunsen activada por medio de bicromato de potasa que no desprende ningún olor, no se apaga bajo el agua y no explota con gases inflamables como el grisú; este tipo de linterna ilumina muy eficazmente en las más profundas oscuridades), armas de fuego, dos picos, dos azadones, una escala de seda, tres bastones con puntas de hierro, un hacha, un martillo, una docena de cuñas y armellas de hierro, y largas cuerdas de nudos. Un paquete de víveres no demasiado grande, 

   con carne concentrada y galletas en cantidad suficiente para seis meses. El líquido se reducía a una provisión de ginebra. No llevábamos agua, pero teníamos cantimploras, y mi tío contaba con las fuentes para llenarlas. (Cap. 11). 

   El profesor no había echado en olvido un botiquín portátil, con tablillas para fracturas, vendas, esparadrapos... cosas todas de mal augurio, amén de frascos con dextrina, amoníaco, alcohol, éter, "drogas todas ellas de utilización poco tranquilizadora". Una provisión de tabaco, pólvora y yesca, y un cinturón de cuero en el que guardaba su dinero. Seis pares de botas impermeabilizadas. 
   Llama la atención el hecho de que Verne se olvide en su inventario de un elemento imprescindible en la exploración de toda caverna: el casco, que protege de los golpes las cabezas de los expedicionarios. Si algo no escasea en una cueva son los coscorrones. Lo de las lámparas de Ruhmkorff, a juzgar por las cualidades descritas, parece un gran invento: linternas eléctricas, décadas antes de patentarse la bombilla. Pero, ¿qué ha sido del invento? Por lo que cuenta Verne, constituirían un mejor sistema de iluminación que los aparatos de acetileno que llevamos este siglo los que entramos a cuevas. Al menos no despedirían tan mal olor. 
   Resulta curioso también que sea mayor la provisión de ginebra que la de agua para el viaje. Confiar en que la naturaleza proveerá del líquido elemento en las cuevas es desconocer el carácter esencialmente imprevisible de las mismas, donde lo mismo podemos encontrar arroyos, ríos y lagos subterráneos, que kilométricas galerías fósiles sin el menor rastro de agua, filtrada como se ha ido por grietas y sumideros rumbo al centro de la Tierra. Los viajeros de la novela pagarán caro este error de cálculo. 
   En Reykjavik, el profesor contrata a un nativo islandés como guía. Es un mocetón campesino llamado Hans, experto cazador; su personaje será el que complete el trío de expedicionarios al centro del Globo. Impasible, lacónico hasta la exasperación, Hans no se plantea el mañana, y acepta en cada momento las vicisitudes que le depara el destino, sin quejarse, y con un encomiable espíritu de cooperación. 

   Esta fue la ocasión escogida por mi tío para informar al cazador que su intención era la de proseguir el reconocimiento del volcán hasta sus últimos límites.  
   Hans se limitó a inclinar la cabeza en señal de asentimiento. Él no veía ninguna diferencia entre ir acá o allá, entre recorrer la isla o hundirse en las entrañas de la misma. (Cap. 14). 

   Si hay que ir al centro de la Tierra, se va. No hay problema, con tal de que le vayan pagando el salario semanal acordado (cosa que Lidenbrock se encargará de hacer religiosamente cada sábado, aunque lleven ya meses perdidos en los abismos bajo tierra). 
   El profesor contrata también a tres islandeses como porteadores. Pero sólo para trasladar los pesados bultos hasta el cráter del volcán. Una vez allí, los despide. En la ceremonia no debe haber testigos. 
   Verne describe las sucesivas etapas de la aproximación al volcán Sneffels, pintando con certeras pinceladas el paisaje y el paisanaje de Islandia, para lo cual se había documentado epistolarmente con un colega geólogo islandés. La aproximación a la cueva forma parte importante del rito, la atmósfera se va cargando de ominosos presagios y hasta los paisajes parecen prefigurar lo que los audaces viajeros se van a encontrar dentro. 
 
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Lección V:  Es difícil llegar a la cueva
 
   Las erupciones de basalto, de toba, de todos los conglomerados volcánicos, y los ríos de lava y de pórfido en fusión han creado un país de un horror sobrenatural. (Cap. 12). 

   El camino se hacía cada vez más difícil. El terreno se elevaba. Las piedras se movían bajo nuestros pies y necesitábamos de la más escrupulosa atención para evitar caídas peligrosas. (Cap. 15). 

   (Hans) a menudo se detenía para recoger unas piedras y disponerlas como indicadores para el camino de vuelta. (Cap. 15). 

   Buena precacución, que indica el sentido práctico de Hans. Con frecuencia hay que hacer lo mismo en el interior de las cavernas: ir colocando en puntos clave montoncitos de piedras que sirvan de señales para orientarse en los mil vericuetos del laberinto, y poder así hallar el camino de salida. Pero de poco les va a servir la técnica de Pulgarcito a nuestros expedicionarios. 
   Según se acerca a la boca, Axel se va percatando de que la cosa va en serio, que la aventura es inminente e ineludible. Todavía hace un intento de dar marcha atrás, mientras haya tiempo. Esgrime esta vez teorías agoreras sobre la posible erupción del volcán. El profesor refuta con datos científicos tal posibilidad. 

   –Pero... 
   –¡Basta! Ante el dictamen de la ciencia no hay más que callar. (Cap. 14). 

   Al llegar al borde del cráter, en la cima del volcán, Axel expresa con bellas palabras lo que todo montañero siente al coronar una cumbre. 

   Me sumergí en el prodigioso éxtasis que infunden las altas cimas, sin sentir vértigo, pues empezaba a acostumbrarme a estas sublimes contemplaciones. Mis deslumbradas miradas se bañaban en la transparente irradiación de los rayos solares. Olvidé quién era, dónde estaba, para vivir la vida de los elfos y los silfos, imaginarios habitantes de la mitología escandinava. Me embriagaba la voluptuosidad de las alturas, sin pensar en los tenebrosos abismos a los que, en breve, debía lanzarme el destino. (Cap. 16). 

   Los viajeros bajan a la caldera apagada del cráter. Verne reproduce los efectos de sonido propios de tales lugares. "Marchábamos en medio de rocas eruptivas, de las que algunas, desprendidas de sus alvéolos, se precipitaban rebotando hasta el fondo del abismo. Su caída producía múltiples ecos de una extraña sonoridad." 
   Llegan por fin los expedicionarios al fondo de la caldera volcánica, que es el lugar sagrado (recordemos que estamos en Islandia, la Ultima Thule) donde va a tener comienzo la verdadera ceremonia de iniciación, de la que hasta ahora sólo se han dado los prolegómenos: la preparación y el acercamiento. 
   Aquí está el umbral de la cueva, la puerta de entrada al inframundo. La negra y espantosa boca que lleva a lo desconocido. Aquí va a comenzar el auténtico viaje. 
   Pero no hay una boca, sino tres. Al enigma del manuscrito se añade el enigma de su contenido, que también hay que descifrar. Sólo una de las tres puertas conduce al centro de la Tierra, pero ¿cuál de las tres? Un acertijo que es de corte clásico. 

   En el fondo del cráter se abrían tres chimeneas. (Cada una) tendría unos cien pies de diámetro. Sus bocas se abrían a nuestros pies. No tuve valor para hundir en ellas la mirada. (Cap. 16). 
 
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Lección VI:  Sigan al guía
 
   En el fondo del cráter hay algo más. Tallada en un peñasco, los viajeros descubren una inscripción con el nombre de Arne Saknussemm en letras rúnicas. Esto les confirma que van por el buen camino. Allí había estado Saknussemm, el antiguo alquimista, el predecesor, el guía espiritual de la expedición, y había dejado una señal de orientación al audaz viajero que se lanzara a seguir sus pasos. 
   La figura del predecesor es esencial en la ceremonia iniciática. El neófito ha de ser conducido entre las fragosidades del inframundo por un iniciado, que ha recorrido ya antes el camino, y sabe cómo sortear sus peligros. Es el hierofante, el maestro de ceremonias, que oficia de cicerone del más allá. En otras culturas le llamarían chamán. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un chamán sino alguien que ha hecho el viaje de ida y vuelta al otro mundo, y se presta de guía para nuevos viajeros? 
   No es casualidad que aquí el hierofante sea un alquimista. La alquimia exige a sus practicantes dedicar su vida a la obtención de la piedra filosofal, la sustancia catalizadora que transforma el plomo en oro, lo cual es en realidad metáfora de la búsqueda de la iluminación y de la transformación vital del propio alquimista en un hombre de conocimiento. Los alquimistas buscan la piedra filosofal, como los caballeros de la Mesa Redonda buscaban el Santo Grial, los argonautas el vellocino de oro o, ya en un plano histórico, los conquistadores Eldorado. Un objetivo utópico hacia el que encaminar un proyecto de vida. Un fabuloso tesoro que recompensará a quien lo alcance de todos los esfuerzos invertidos. Una meta última por la que merece la pena sacrificar la estabilidad, la seguridad y la propia integridad física. Porque es el fin más importante al que un ser humano puede aspirar: el de su propia transmutación en un ser superior. 
   Arne Saknussemm, como alquimista, consiguió llegar al centro de la Tierra ("Es lo que yo hice") y así alcanzó su propia piedra filosofal. El centro del Globo, el punto más secreto, más remoto del planeta, la sede del fuego central. El lugar sagrado por excelencia, inaccesible al profano. ¿Qué mejor guía que este pionero para repetir la hazaña? ¿Qué mejor predecesor? 
   Pero el predecesor no se lo pone fácil. Hay tres puertas; sólo una de ellas es la correcta, pero han de ser los expedicionarios quienes hagan el esfuerzo de averiguar cuál. Y resolver el enigma no está al alcance de sus capacidades, sino que hará falta el concurso de los astros y los elementos meteorológicos. Y no vale hacerlo un día cualquiera; la fecha de la ceremonia ha de ser también sagrada: el solsticio de verano. 

   Saknussem había descendido tan sólo por uno de los tres abismos que se abrían a nuestros pies, y según el sabio islandés había que reconocerlo por la particularidad, especificada en el criptograma, de que la sombra del Scartaris acariciaba sus bordes durante los últimos días del mes de junio. Y, en efecto, podía considerarse este agudo pico como la aguja de un inmenso cuadrante solar, cuya sombra en un día dado marcaba el camino del centro del Globo. Ahora bien: si el sol no acudía a la cita, no había sombra. (Cap. 16). 

   Y eso es lo que precisamente sucede: que el sol les da plantón. El cielo se mantiene encapotado durante varios días, para gran contrariedad de Lidenbrock, que se impacienta y monta en cólera. Axel aún abriga esperanzas de que se suspenda la expedición. 
   El domingo 28 de junio sale por fin el sol. El enigma se resuelve. Intervienen para ello las fuerzas de la naturaleza. Las nubes levantan su velo. El astro rey marca con un gnomon el camino. 

   El sol vertió sus rayos a raudales en el cráter. Cada montículo, cada roca, cada piedra, cada aspereza del terreno quedó expuesta al sol y proyectó su sombra sobre el suelo. Entre ellas, la del Scartaris se dibujó como una viva arista y se puso a girar insensiblemente con el astro radiante.  
   Mi tío giraba con ella. 
   A mediodía, la sombra lamió dulcemente el borde de la chimenea central.  
   –¡Es ésa! ¡Es ésa! –gritó el profesor. Y añadió en danés: ¡Al centro del Globo! (Cap. 16). 

   Nada ha ocurrido que no sea natural, pero el momento ha sido mágico, y repleto de carga simbólica. La revelación se ha producido. Las puertas de la percepción se han abierto. Hemos hallado el camino. 
   Verne juega en todo momento con las leyes físicas, los fenómenos de la naturaleza, mas la realidad tiene doble fondo: el mundo no sólo es misterioso, sino mucho más misterioso de lo que los humanos podrían nunca llegar a sospechar. Y cada enigma que resuelve la ciencia no hace sino ahondar en nuevos misterios y acrecentar el campo de lo que ignoramos. La puerta al otro mundo se ha abierto. Pero da a un pozo pavoroso, más negro que la noche, que da pánico sólo mirar. Y ya no es sólo el vértigo. Es la fobia más ancestral de los homínidos la que interviene: el miedo a lo desconocido. 

   El verdadero viaje empezaba ahora. (Cap. 17). 
 
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Lección VII:  Bajar es lo más fácil 
 
   No es nuestra intención relatar este viaje, que para eso está el libro. Quien aún no lo haya leído, haría bien, si está interesado en embarcarse en la aventura, en acudir al original de Verne. 
   El lector adulto tiene ya la clave para penetrar en el sentido subterráneo de la novela, y proponerse una lectura pluridimensional. La trama –aparentemente la crónica de un viaje– seguirá paso a paso los esquemas míticos de todo rito de iniciación: el tránsito del umbral (entrada en la boca de la caverna), la bajada al averno por un túnel, la superación de múltiples pruebas (la prueba de la sed, del calor, de la pérdida en el laberinto, de la oscuridad...), el desvanecimiento o muerte aparente, el despertar o resurrección, la visión de la luz, la travesía por la laguna Estigia en la barca de Caronte, la aparición de monstruos, la arribada al otro mundo, el retorno al exterior y a la luz del día, la transformación del adolescente en hombre, del neófito en iniciado. 
   Nos limitaremos a glosar unos cuantos aspectos sueltos que nos llaman la atención en este proceso, por su similitud con los casos que se dan en la vida real entre los que exploran cuevas. Muchas de las vicisitudes que suceden a los protagonistas en la novela son las que viven los verdaderos cueveros en sus viajes dentro de la Tierra. Se ve que Verne se había documentado al respecto con cierta profundidad. Y que a partir del punto donde sus conocimientos se agotaban, proseguía adelante con su poderosa imaginación. 

   Todavía no había hundido mi mirada en el insondable pozo en el que iba a abismarme. Había llegado el momento. Aún estaba yo a tiempo de acometer la empresa o de rehusarla. Pero me avergonzó dar marcha atrás ante el cazador. (...) me aproximé a la chimenea central. 
   (...) Me situé sobre una roca inclinada hacia el interior del abismo y miré. Se me erizaron los cabellos. La sensación del vacío se apoderó de todo mi ser. Sentí que me abandonaba el centro de gravedad y que el vértigo me subía a la cabeza como la embriaguez. Nada hay más embriagador que la atracción del abismo. Iba a caer. Me retuvo una mano. La de Hans. Decididamente, no había tomado suficientes 'lecciones de abismo'. (Cap. 17). 

    Todos somos Axel, en estos trances. No hay momento más espeluznante que el de asomarse a la boca de la sima y atisbar en la insondable negrura del abismo. La primera reacción siempre es la misma: rajarse y suspender la incursión. Al cabo de un rato, cuando las piernas nos han dejado de temblar y hemos echado un trago de vino de la bota, nos tranquilizamos, nos lo pensamos mejor, tiramos una piedra a la sima para calcular con el ruido su profundidad, alguien instala la cuerda, el más intrépido se anima a bajar, va informando de las dificultades, y los demás, por no ser menos, terminamos por contagiarnos de su ánimo y descendemos tras él. 
   Para los que sufrimos de vértigo, la cosa se complica un poco más. Por más lecciones de abismo que hayamos tomado previamente, la experiencia es siempre traumatizante. En particular el instante en que hay que asomar el cuerpo y colgarlo de espaldas al abismo para bajar 'rapelando' por la cuerda. Las manos tiemblan, las piernas 'hacen la moto', los músculos se agarrotan, un sudor frío nos empapa la frente, pensamos en si resistirán los anclajes, los nudos, las cuerdas, si no fallarán los artilugios o los arneses, pensamos qué estamos haciendo ahí, quién nos mandará meternos en éstas. Pero hay que tomar la suprema decisión. Ver o no ver la caverna, esa es la cuestión; luego no queda más remedio que apechugar con las fobias, hacer un acto de fe en los aparatos descendedores, y lanzarse al vacío. El apoyo psicológico de los compañeros puede ayudar, aunque suele ser de este tenor: 
   –¡Saca el culo! 
   –¡No puedo! ¡No pueeeedo! 
   –¡¡No te pegues tanto a la pared y saca más ese culo!! 
   –¡¡Que no puedo!! 
   –¿Has traído los dodotis? 
   –¡Me estáis estresando! 

   Desenrolló (el profesor Lidenbrock) una cuerda de cuatrocientos pies de longitud (130 m) y de una pulgada de grosor y dejó caer por el pozo la mitad antes de enrollarla en un bloque de lava saliente, tras de lo cual echó por la chimenea la otra mitad. Así, cada uno de nosotros podría descender reuniendo en las manos las dos mitades de la cuerda. Una vez llegados a doscientos pies de profundidad, nada más fácil que atraer la cuerda soltando una de sus mitades y tirando de la otra. No había más que recomenzar este ejercicio ad infinitum. (Cap. 17). 

   Julio Verne demuestra una vez más que sabía de lo que hablaba. Las maniobras descritas son las mismas que se necesitan para bajar un precipicio recuperando las cuerdas. Ahora bien, estas maniobras sólo se realizan cuando no es necesario volver por el mismo camino. Por ejemplo, al hacer bajadas de cañones, o si la cueva tiene otra salida más adelante, como es el caso del impresionante cañón subterráneo de La Leze (sierra de Altzania, Alava), donde se atraviesa de lado a lado una montaña siguiendo el curso de un arroyo subterráneo, en una sucesión de cascadas y lagunas que hay que bajar a rappel y atravesar a nado. Recuperar las cuerdas dobles, sobre todo tras salvar fuertes desniveles en extraplomo, implica atravesar en cierto momento un punto de no-retorno, a partir del cual el regreso se hace imposible. Muy pocas cuevas tienen opción de escapatoria por otra boca, como ocurre en ésta. En la mayoría, hay que dejar las cuerdas instaladas para remontar las simas de regreso a la salida. 
   No lo hacen así en la novela, pero ya sabemos que al profesor Lidenbrock lo que menos le preocupa es el retorno. 

   –Ahora –dijo mi tío, tras proceder así–, ocupémonos de los equipajes. Los dividiremos en tres paquetes, y cada uno de nosotros llevaremos uno a la espalda. Me estoy refiriendo únicamente a los objetos frágiles. 
   El audaz profesor no nos incluía, evidentemente, en esta última categoría. (Cap. 17). 

   Axel se ha permitido un comentario sarcástico, que no le quita de tener bastante razón. Cuando en las cuevas nos concentramos en trasladar y manejar aparatos delicados, focos, cámaras, trípodes, etc., a veces olvidamos que lo más frágil que hay allí somos nosotros mismos, que nuestra integridad física está en juego y cualquier descuido se puede pagar caro. Tenemos también comprobado, por experiencia, que los accidentes se producen en general no en los pasos peligrosos, en los que hay que extremar las medidas de seguridad, sino más bien en sitios normales sin ningún riesgo aparente. La conclusión es que en las cuevas no se puede bajar la guardia ni un segundo. El más insignificante resbalón puede derivar en un monumental batacazo. La fuerza de la gravedad es una permanente amenaza que acecha en todos los rincones. 

   –Pero –dije– ¿quién se encargará de bajar las ropas y esta masa de cuerdas y escalas? 
   –Bajarán solos. 
   –¿Cómo? 
   –Vas a verlo. 
   Mi tío solía recurrir a los grandes medios sin vacilar. Por orden suya, Hans reunió en un solo paquete bien atado todos los objetos no frágiles y lo arrojó al abismo. 
   (...) 
   –Bien –dijo–. Ahora nos toca a nosotros. 
   Desafío a cualquiera de buena fe a que diga si es posible oír sin estremecerse tales palabras. (Cap. 17). 

   Es el mismo escalofrío que se siente cada vez que se entra en una caverna, lo que es equivalente a internarse en lo desconocido. El trío de espeleólogos se hunde en la chimenea volcánica aprovechando resaltes y salientes de las paredes que les sirven de escalones, y descansando de las agotadoras etapas en cornisas horizontales. 

   la cuerda me parecía demasiado frágil para soportar el peso de las tres personas. Por ello me servía de ella lo menos posible, haciendo milagros de equilibrio sobre los salientes de lava que mis pies intentaban agarrar como si fuesen manos. (Cap. 17). 

   Hemos de precisar que en las cuevas reales la cosa no es tan bonita ni tan fácil. Que nunca se desciende tan cómodamente. Los interiores de la Tierra son abruptos e intrincados hasta extremos indecibles; no están pensados a la medida del hombre. Las simas, lejos de tener escalones ad hoc que faciliten la progesión vertical, abundan por el contrario en obstáculos variopintos que parecen colocados por la naturaleza para dificultar el avance y poner a prueba todas las habilidades acrobáticas del cuevero. Por ejemplo, es muy corriente que la sima se vaya abriendo en anchura según se profundiza, creando un extraplomo que hay que bajar (y luego subir) colgándose de la cuerda en vacío. Explorar cuevas no es lo que se dice un paseo. 

   Me incliné por encima de nuestra estrecha meseta y noté que el fondo del agujero era aún invisible. (Cap. 17). 
 
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Lección VIII:  ¡Qué espectáculo, tío! 
 
   A lo largo del viaje, profesor y discípulo van debatiendo sobre las distintas teorías geofísicas propuestas por los científicos de su época en torno a los fenómenos y composición de las capas profundas del globo terráqueo. Anotan en todo momento los datos que les proporcionan sus instrumentos de medición: la profundidad, la distancia, la orientación, la presión atmosférica y la temperatura. Frente a las hipótesis de los estudiosos de biblioteca, Lidenbrock está haciendo el trabajo de campo, la comprobación empírica. En ciencia, los hechos son pruebas. Y lo que el sabio demuestra experimentalmente es que los hechos del mundo subterráneo refutan las tesis del mundillo científico supraterráneo. "Rechazo absolutamente la teoría del fuego central", proclama cuando verifica que la temperatura no sube al ritmo previsto por los cálculos teóricos (cap. 17). 
   Asumido como tenemos el paradigma del fuego central de la Tierra, nos cuesta aceptar las contrateorías del personaje de Verne. Pero lo cierto es que nadie ha seguido los pasos de Lidenbrock para confirmar lo real o ficticio de sus datos. El interior profundo de la Tierra continúa en el siglo XXI tan inexplorado como en el XIX o como lo estuvo siempre, y el único que ha tenido billete para visitarlo ha sido Julio Verne con su imaginación. 

   –Ya hemos llegado –dijo éste. 
   –¿Dónde? (...) 
   –Al fondo de la chimenea perpendicular. 
   –¿No hay otra salida? 
   –Sí; una especie de corredor que tuerce hacia la derecha. 
   (...) 
   La oscuridad no era aún total. Comimos y nos acostamos en un lecho de piedras y de lava.  
   Y cuando, tendido de espaldas, abrí los ojos vi un punto brillante en la extremidad de ese largo tubo de tres mil pies, transformado en un gigantesco anteojo. Era una estrella desprovista de todo centelleo, que, según mis cálculos, debía ser la Beta de la Osa Mayor. 
   Después, me dormí profundamente. (Cap. 17). 
 
   Esta descripción del fondo de la chimenea nos recuerda poderosamente a un paraje que existe en la realidad: la sima de Friouato, una gigantesca hondonada de 30 metros de diámetro y 160 de profundidad, escondida en las montañas de la región de Tazzeka, en Marruecos, que fue explorada por primera vez por el pionero de la espeleología Norbert Casteret. El fondo en semipenumbra con un suelo de piedras sueltas, la galería que se abre a un lado horizontalmente (con cinco kilómetros hasta hoy recorridos, pero aún sin terminar de explorar), el cielo que se ve al fondo del tubo... parece que Verne hubiera estado allí. 
   Sólo varían las dimensiones, mas existen también otras simas en el mundo real que podrían rivalizar en profundidad con la de la novela. Y algunas no están tan lejos de nuestras casas, como pueden ser las simas del macizo kárstico de Larra (Navarra-Zuberoa). Pongamos como ejemplos la célebre sima de San Martín o la llamada Ilaminako Ateak, con sus pozos de 300 y 400 metros, su profundidad cercana a los 1.500, y su interminable y laberíntico desarrollo de más de 50 kilómetros de galerías hasta ahora explorados, y quién sabe cuántos pendientes de exploración. El conjunto forma una inmensa red de cinco ríos subterráneos, con abundantes afluentes y ramificaciones, que tras décadas de trabajo en equipo de un gran número de espeleólogos y expertos en hidrogeología, aún no ha sido completamente topografiada. 

   Comimos las galletas y la carne seca, regándolas con unos cuantos tragos de agua mezclada con ginebra. (Cap. 18). 

   El avituallamiento es algo que no puede faltar en cualquier incursión a cuevas. Los extenuantes esfuerzos que hay que realizar para el avance exigen hacer un alto cada cierto tiempo para recuperar fuerzas y tomar un tentempié. Nuestros víveres suelen ser más variados que el menú único que lleva el trío para seis meses, pero curiosamente también incluyen galletas y carne seca (en forma de torreznos de Soria). En lo que no coincidimos es en lo de la ginebra. Para eso preferimos un reconstituyente más suave, que es el vino tinto, transportado en un recipiente a prueba de golpes de antigua invención, que es la clásica bota. Un traguillo de la bota en momentos críticos reconforta el temple, disipa temores y hasta anima a los más remisos a bajar a la simas. La llamamos el 'quitamiedos'. Lo que no sabemos es qué pasaría si el trago fuera de ginebra. 
   Como anécdota ilustrativa al respecto, reproducimos un fragmento del informe de un componente del equipo que en 1960 exploraba las simas de San Martín y Ukerdi, en Larra, antes mencionadas. Sendos grupos de expedicionarios llevaban varios días acampados dentro de ambos complejos subterráneos, comunicados por radio con miembros del equipo en el exterior. Uno de éstos redacta el siguiente parte: "De regreso al campamento paso por la tienda de transmisiones, en este momento están comunicando con San Martín y Ukerdi, en el primer lugar todo marcha sin novedad alguna, en Ukerdi se preparan hoy los primeros descensos, ambos campamentos tienen algo en común en estas llamadas, los dos piden se les envíe vino rápidamente, pues llevan dos días sin el fruto de la cepa." (Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', 1976. Pág. 73). 
 
   –Ahora, Axel –exclamó el profesor con entusiasmo–, vamos a hundirnos verdaderamente en las entrañas del Globo. He aquí el momento preciso en que comienza nuestro viaje. 
   (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 18) 

   Por primera vez van a dejar los expedicionarios de ver la luz del día, aunque a estas profundidades no sea ya sino un tenue resplandor en la lejanía, para sumergirse por fin en las verdaderas tinieblas. Comienza el viaje, el paso de la luz a la oscuridad, del día a la noche, de lo familiar a lo incógnito. Aquí es cuando hay que encender las lámparas. "Una luz muy viva disipó las tinieblas de la galería" (cap. 18). 
   Y entonces comienza el espectáculo. Las luces artificiales van incendiando de fulgores los paisajes de la caverna y sus inverosímiles formaciones litogénicas; los cristales de las calcitas despiden destellos titilantes; los juegos de luces/sombras sobre los espeleotemas crean rostros, figuras, animales, brujas, espectros y monstruos. Son los genios del abismo. 

   La lava, porosa en algunos sitios, formaba pequeñas ampollas redondas, cristales de cuarzo opaco, adornados de límpidas gotas de vidrio, suspendidos como lámparas de la bóveda y que parecían encenderse a nuestro paso. Se diría que los genios del abismo hubieran iluminado su palacio para recibir a los huéspedes de la tierra. 
   –¡Es magnífico! –exclamé, involuntariamente–. ¡Qué espectáculo, tío! (Cap. 18). 

   La luz de las lámparas, reflejada por las pequeñas facetas de la masa rocosa, entrecruzaba sus múltiples resplandores en todos los ángulos, dándome la ilusión de viajar por el interior de un diamante hueco en que los rayos se rompieran en mil destellos deslumbrantes. (Cap. 22). 

   Aquí la naturaleza, lejos de imitar al arte, lo crea. Todas las formas arquitectónicas soñadas por el hombre tuvieron aquí sus fuentes primigenias, labradas millones de años antes de la aparición del primer homínido. 

   A veces se desarrollaba ante nosotros una sucesión de arcos como las contranaves de una catedral gótica. Los artistas de la Edad Media hubieran podido estudiar allí todas las formas de esta arquitectura religiosa que tiene su origen en la ojiva. Una milla más adelante debimos inclinar las cabezas bajo arcos de estilo románico. Grandes pilares adosados al macizo sostenían el peso de las bóvedas. (Cap. 19). 

   –¡Ah! Empiezas ya a darte cuenta, Axel. Así que esto te parece espléndido, muchacho. Pues aún has de ver otras maravillas. ¡Adelante! ¡Andemos! (Cap. 18). 

   Más apropiado habría sido decir 'resbalemos', dada la inclinación de la pendiente por la que nos dejábamos ir cómodamente. Era el facilis descensus Averni de Virgilio. (Cap. 18). 
 
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Lección IX:  Retroceder, esto es lo arduo
 
   ¿A qué se refiere Axel con lo de facilis descensus Averni? Verne nos está señalando aquí la boca de entrada a un túnel, el que lleva a los infiernos, al reino de los muertos, en la Eneida. Y la pista no es gratuita. El canto VI de la Eneida relata el descenso al Averno, a través de terroríficas cavernas, del héroe troyano Eneas. Ciertos pasajes de los versos de Virgilio parecen servir de inspiración al autor de 'Viaje al centro de la Tierra' para los ambientes y peripecias de su novela. Y el esquema es el mismo que el de otras incursiones al mundo subterráneo de héroes de la mitología clásica, sean Orfeo, Hércules o Teseo. 
   Llegado Eneas a las costas de Italia, se encamina a la cueva de la Sibila de Cumas, tan prestigiosa en la época como la de Delfos, y oído su oráculo, implora de ella que le conduzca a las mansiones infernales, "reinos inaccesibles para los vivos", para volver a ver a su difunto padre Anquises. La sacerdotisa se presta a pilotarle a través de "estas sombrías regiones, nunca alumbradas por el sol", a "la mansión de las Sombras, del Sueño y de la soporífera Noche". He aquí otra vez el arquetipo mítico del guía, que es una constante. Siempre ha de haber un predecesor que indique el camino. Orfeo siguió los pasos de Hércules y de Piritoo. El mismo Virgilio, reencarnado trece siglos más tarde en personaje literario, oficiará de guía de Dante al adentrarse en los cavernosos círculos del infierno. 
   Han pasado dos milenios, y con la traducción se han quedado por el camino métrica, rima y ritmo, pero unos cuantos retazos recortados a tijera y pegados en collage del canto VI de la Eneida pueden dar una idea de los ambientes que conoce Eneas en su periplo por el mundo subterráneo, sin que se pierdan del todo la intensidad poética y la belleza de la escritura. Los fragmentos están en prosa, pero pruebe a leerlos como si fueran versos libres: 

   Eneas se encamina (...) a la recóndita inmensa caverna de la pavorosa Sibila. (...) Allí se ve también aquel asombroso edificio (el laberinto de Dédalo) donde no es posible dejar de perderse;  

   Una de las faldas de la roca eubea se abre en forma de inmensa caverna, a la que conducen cien anchas bocas y cien puertas, 

   a la entrada de la cueva, mutósele el rostro y perdió el color y se le erizaron los cabellos; 

   revuélvese como una bacante en su caverna la terrible Sibila (y responde:) 'Llegarán, sí, los descendientes de Dárdano a los reinos de Lavino; arranca del pecho ese cuidado; pero también desearán algún día no haber llegado a ellos.' 
  
   Con tales palabras anuncia entre rugidos la Sibila de Cumas, desde el fondo de su cueva, horrendos misterios, envolviendo en términos oscuros cosas verdaderas; 

   Eneas: 'Una sola cosa te pido, pues es fama que aquí está la entrada del infierno, aquí la tenebrosa laguna que forma el desbordado Aqueronte; séame dado ir a la presencia de mi amado padre; enséñame el camino y ábreme las sagradas puertas.' 

   'hijo de Anquises, fácil es la bajada del Averno; día y noche está abierta la puerta del negro 

   pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es lo arduo. 

   mas si un tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y estás decidido a probar la insensata empresa...' 

   llegaron a las bocas del fétido Averno 

   Había cerca de allí una profunda caverna, que abría en las peñas su espantosa boca, defendida por un negro lago y por las tinieblas de los bosques, 

   Eneas: 'es la ocasión de mostrar entereza y valor'. Dicho esto, lánzase por la boca de la cueva, 

   '¡Oh vastas moradas de la noche y del silencio! (...) ¡Consiéntame vuestro numen descubrir los arcanos del abismo y de las tinieblas!' 

   Solos iban en la nocturna oscuridad 

   En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. 

   Guarda aquellas aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya suciedad espanta; (...) él mismo maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y transporta en ella los muertos; 

   En frente, tendido en su cueva, el enorme Cerbero atruena aquellos sitios con los ladridos de su trifauce boca. Viendo la Sibila que ya se iban erizando las culebras de su cabello, le tiró una torta amasada con miel y adormideras, que él, abriendo sus tres bocas con rabiosa hambre, se tragó al punto, dejándose caer en seguida y llenando con su enorme mole toda la cueva. Al verle dormido, Eneas sigue adelante y pasa rápidamente la ribera del río que nadie cruza dos veces. 

   'La voluntad de los dioses (...) me obliga a penetrar por estas sombras y a recorrer estos sitios, llenos de horror y de una profunda noche' 

   Este es el sitio en que el camino se divide en dos partes: la de la derecha, que se dirige al palacio del poderoso Plutón, es la senda que nos llevará a los Campos Elíseos; la de la izquierda conduce al impío Tártaro, donde los malos sufren su castigo 

   luego se abre el mismo Tártaro, espantoso precipicio, que profundiza debajo de las sombras el doble de lo que se levanta sobre la tierra el etéreo Olimpo. Allí, en lo más hondo de aquel abismo, ruedan precipitados del rayo los Titanes, antiguo linaje de la Tierra. 

   (En los Campos Elíseos Eneas se reencuentra con el espectro de su padre Anquises, que mora entre los bienaventurados. Anquises pronuncia un discurso sobre el alma universal, en uno de los paisajes más celebrados de la Eneida). 

   Anquises: 'Desde el principio del mundo un mismo espíritu interior anima el cielo y la tierra, y las líquidas llanuras y el luciente globo de la luna, y el sol y las estrellas; difundido por los miembros, ese espíritu mueve la materia y se mezcla al gran conjunto de todas las cosas; de aquí el linaje de los hombres y de los brutos de la tierra, y las aves, y todos los monstruos que cría el mar bajo la tersa superficie de sus aguas. Esas emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y su celeste origen mientras no están cautivas en toscos cuerpos y no las embotan terrenas ligaduras y miembros destinados a morir; por eso temen y desean, padecen y gozan; por eso no ven la luz del cielo, encerradas de las tinieblas de oscura cárcel. (...)' 

   Hay dos puertas del Sueño, una de cuerno, por la cual tienen fácil salida las visiones verdaderas; la otra, de blanco y nítido marfil, primorosamente labrada, pero por la cual envían los manes a la tierra las imágenes falaces. 
   (Virgilio, 'Eneida', canto VI) 
 
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Lección X:  Saber soportar las penurias
 
   Abandonemos en este punto la exploración de los túneles colaterales de Virgilio, para regresar, antes de extraviarnos del todo, a la galería principal de la cueva, que es la de Verne. Acabamos de ver que estamos en un laberinto, como el jardín de Borges, de senderos que se bifurcan. "Aquí el camino se divide en dos partes...", "hay dos puertas del Sueño..." En las cuevas del mundo real pasa otro tanto de lo mismo. Con frecuencia es necesario explorar distintos ramales de una encrucijada, en busca del camino correcto (el que más adentro lleva), ramificaciones que terminan muchas veces en cul-de-sac, en viajes a ninguna parte que hay que desandar para volver a la senda principal. Lo que no impide que estos intentos fallidos nos hagan descubrir de rebote nuevos y raros parajes, por los que merece la pena perderse. El trío de expedicionarios del 'Viaje...' se enfrentará a este dilema. 

   nos hallábamos en el centro de una encrucijada de la que partían dos caminos oscuros y estrechos. 
   (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 19) 

   Dos sendas, como en la Eneida, conducen, una a los Campos Elíseos o la gloria, la otra al Tártaro, espantoso precipicio donde los malos (y los imprudentes) sufren su castigo. Estamos en el asombroso edificio donde es imposible dejar de perderse, y eso es lo que les espera a los audaces viajeros, que toman el túnel equivocado. Su imprevisión en el tema del agua les acarreará graves consecuencias. 

   el hambre y la fatiga me incapacitaban para razonar. No se hace impunemente una marcha durante siete horas consecutivas. Estaba extenuado. (Cap. 18). 

   Más de una vez debimos pasar reptando a través de estrechos pasajes. (Cap. 19). 

   Más de una vez en las cuevas reales debemos pasar reptando a través de 'gateras', pasos angostos y rendijas que es obligado franquear si se quiere continuar el viaje. A veces son una mera ventana, otras un largo agujero no apto para propensos a la claustrofobia; en ciertas ocasiones hay que escarbar en la tierra para ensancharlas. Se dan muchos casos (Basaura, Zatoya, Urziloa...) en los que las gateras constituyen la verdadera entrada a la galería principal del complejo, y quien no supere el mal trago de atravesarlas se pierde la cueva. No hay otro ábrete-sésamo. 
   Pueden ser tubos tan estrechos que hay que despojarse de mochila, carburera y hasta de las cuerdas, que abultan para la progresión, y empujar con fuerza para conseguir introducir el cuerpo, cuyo pecho y espalda van rozando las paredes. No todos consiguen pasar. Recientemente, el miembro más corpulento de nuestro grupo, que venía el último, se quedó atascado en una de estas endemoniadas gateras, estrecha, serpenteante y encharcada como ella sola, y tras varias intentonas y forcejeos, se vio obligado a desistir y abandonar ahí el viaje. Le pasamos, estirando los brazos a través del orificio, un poco de chocolate de despedida, y reemprendimos la exploración con un compañero menos. Estas cosas se propagan como la pólvora entre nuestros círculos de amistades, y al día siguiente nuestro colega ya tenía el siguiente mensaje SMS en su móvil: 'Ya me he enterado que vas a dejar las cuevas y dedicarte al sumo'. 

   Mi mayor preocupación era la de no perder a mis compañeros de viaje. Me estremecía la idea de extraviarme en las profundidades de aquel laberinto. (Cap. 19). 

   Axel está aquí exteriorizando uno de los más profundos terrores que subyacen en el inconsciente de los que exploramos cuevas. La pérdida en el laberinto. No hay peligro más temido para un cuevero, pues desorientarse en las cavernas puede ocasionar un rosario de calamidades, como quedarse sin luz en la negrura absoluta, y a continuación quedarse sin agua y sin alimentos, quizá por varios días, atacados por el frío y la humedad, y por una sensación de impotencia total, con la sola y débil esperanza de que alguien organice un rescate desde el exterior, en una espantosa agonía que sería lo más parecido a ser enterrados vivos. 
   Pero el trío de viajeros no se ha extraviado. Sólo se ha equivocado de túnel. Lidenbrock, con su metodología científica, va anotando en todo momento las coordenadas exactas de su situación. Y procede por eliminación. La galería no parece la buena, pues en vez de bajar tiende a ser horizontal e incluso a ascender. Pero la única forma de verificarlo es recorriéndola hasta su final. Aunque ello suponga malgastar varios días en un movimiento en falso. 

   ¿(...) se había equivocado al escoger el túnel del Este, o es que quería reconocer ese pasaje hasta su extremidad? 
   (...) 
   –Es posible que me haya equivocado. Pero no estaré seguro de mi error hasta que haya alcanzado la extremidad de esta galería.  
   –Tiene usted razón en proceder así, tío, y yo estaría de acuerdo con usted si no cupiese temer un peligro cada vez más alarmante.  
   –¿Cuál?  
   –La falta de agua.  
   –Pues habrá que racionarla, Axel. (Cap. 19). 

   Cualquier cosa antes que retroceder dejando la exploración a medias. Ése es el espíritu del auténtico explorador, del verdadero viajero. Sólo con perseverancia se pueden desvelar los arcanos del laberinto. Sólo con tenacidad se allanan los innumerables escollos del camino. Sólo con fuerza de voluntad se puede uno aproximar a la meta, al centro de la Tierra. 

   Las tinieblas, insondables a veinte pasos de distancia, nos impedían estimar la longitud de la galería. Yo empezaba a creerla interminable cuando súbitamente, hacia las seis, topamos inopinadamente con un muro. Ni un solo paso a la derecha, a la izquierda, por arriba o por abajo. Habíamos llegado al fondo de un túnel sin salida. (Cap. 20). 

   –(...) mañana nos faltará totalmente el agua.  
   –¿Y nos faltará también el valor? –dijo el profesor mirándome con severidad.  
   No me atrevía a responderle. (Cap. 20). 

   Los expedicionarios han invertido cinco días en recorrer el callejón sin salida. Les quedan ahora otras tantas jornadas de vuelta hasta la bifurcación donde se les planteó el dilema. Y en toda la galería no han encontrado ni una gota de agua. El neófito es sometido a la prueba de la sed. 

   No insistiré demasiado en los sufrimientos de nuestro regreso. Mi tío los soportó con la cólera de quien se siente humillado; Hans, con la resignación de su pacífica naturaleza; yo, lo confieso, quejándome y desesperándome ante tanto infortunio.  
   Tal como lo había previsto, el agua se acabó al final del primer día. Nuestra provisión de líquido se reducía a la ginebra (cap. 21). 

   Muchos aficionados a la espeleo coinciden en afirmar que la vida del cuevero es muy miserable, que se pasan en ella muchas penurias. Axel está empezando a experimentarlas en sus propias carnes. Hasta los monstruos y furias del inframundo se lo habían advertido a Orfeo cuando bajó al Averno en busca de Euridice, su difunta amada: "Altro non abita / Che lutto e gemito / In queste orribili / Soglie funeste!" Nada sino el dolor y el lamento vive en estos horribles y funestos parajes. 
   Cuando su sobrino está a punto de desfallecer, Lidenbrock tiene su primer rasgo de humanidad. Deja de ser el terrible profesor y aflora en él el amor de tío. Un poco de agua que guardaba en secreto en su cantimplora le sirve para aliviar el suplicio del joven. Axel se reanima, pero ante el problema irresoluble del agua, propone una vez más tirar la toalla. 

   Ahora –dije– no nos queda otro partido que regresar. Nos falta el agua. 
   (...) 
   Así pues, Axel –dijo el profesor en un tono extraño–, esas gotas de agua, ¿no te han devuelto el coraje y la energía? (...)  
   Pero ¿qué clase de hombre era mi tío? ¿Qué proyecto podía aún concebir su ánimo audaz?  
   –¿Cómo? ¿No quiere usted...?  
   –¿Renunciar a esta expedición, cuando todo indica que el éxito puede coronarla? ¡Jamás!  
   –Entonces, ¿hay que resignarse a perecer?  
   –No, Axel, no. Regresa. Yo no quiero tu muerte. Que te acompañe Hans. Déjame solo. (Cap. 21). 

   De buenos espeleólogos es no rendirse al primer obstáculo. Lidenbrock está hecho de esa pasta. "Su único pensamiento era continuar avanzando" (cap. 19). Mas antes deberá convencer y contagiar de ese entusiasmo a su discípulo que, abrumado por las adversidades, no comparte pareja determinación. Y pone en ello todas sus dotes retóricas de catedrático de universidad. 

   Cuando Colón pidió tres días a sus tripulaciones para hallar las tierras nuevas, sus tripulaciones, a pesar de estar enfermas, espantadas, accedieron a su demanda, y él pudo descubrir el Nuevo Mundo. Yo, el Colón de estas regiones subterráneas, no te pido más que un día más. (Cap. 21). 

   La autocomparación con Cristóbal Colón es muy pertinente. Lidenbrock es un auténtico Colón de las regiones subterráneas porque está explorando las entrañas de un Nuevo Mundo. ¿Qué compañero le dejaría en la estacada a estas alturas? Axel, aunque a regañadientes, se ve moralmente obligado a renunciar a la deserción. La exploración es reemprendida por el otro túnel. El agua sigue sin hacer acto de presencia durante leguas. La sed se convierte en una tortura insoportable y Axel llega al límite de sus fuerzas. 
 
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Lección XI:  Prescindir de las superfluas necesidades terrestres 
 
   Todo había terminado, en efecto, pues impensable era ya volver a la superficie en el estado de debilidad en que me hallaba. 
   (...) 
   De repente, en medio de mi amodorramiento, creí oír un ruido. (Cap. 22). 

   El término 'amodorramiento' empleado por Axel para describir su estado nos trae a la cabeza otro texto, perteneciente esta vez al mundo real. Es una reseña extraída de los informes recopilados en '20 años de Espeleología en Navarra'. Permítasenos insertarla aquí, para seguir con el juego de confrontar los textos literarios de Verne con los textos informativos de los auténticos espeleólogos, a fin de poner de relieve sus concordancias y diferencias. En 1948 los autores realizaban la exploración de una cueva del valle de Irañeta, habiendo bajado una honda sima acompañados de un estudiante que no tenía "ni idea de lo que es una cueva". Al remontar la sima de vuelta, ocurrió lo siguiente, según el informe: 
   "Inmediatamente sigue el ascenso mi compañero que, como es bastante más pesado, lo hace peor, pero consigue llegar a la cornisa, donde empieza a dar muestras de fatiga, y sobre todo de lo que nosotros llamamos 'modorra', pues entonces no sabemos lo que es el mal de las cavernas; nos quedan 15 metros que remontar, de los cuales los siete primeros son en extraplomo. (...) entre los dos echamos otra cuerda para que se ate a la cintura nuestro compañero, (...) Comenzamos a tirar, pero comprendemos que nuestro amigo está muy cansado, lo tenemos que subir en vilo, pero dado que hay un fuerte roce de cuerda, es imposible izarlo sin que nos ayude; llega al techo o voladizo y lo aplastamos materialmente sin que pueda superarlo... probamos una, dos, tres veces y, claro está, se encuentra cada vez con menos fuerza; nos comenta que él se halla muy bien en la cueva y que vayamos al exterior para buscar refuerzos. (...) Bajo el rappel a la cornisa y me sitúo con Miguel, que reposa tranquilamente en un rincón con la clásica sonrisa del que se encuentra bajo sopor, y pienso para mi interior que es posible que en el fondo de la sima, mientras que hemos permanecido, pudiéramos haber inhalado anhídrido carbónico, que es lo que da lugar a estas pocas ganas de todo lo que hay alrededor." (Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', 1976, pp 39-40. Añadamos que el final fue feliz, pues consiguieron sacar a su compañero del pozo, tras seis horas de rescate). 
 
   Hans encuentra agua, al detectar el sonido que produce un torrente al otro lado de una pared. Ése era el ruido que creía oír Axel en medio de su modorra. Con ayuda de un pico, Hans abre una brecha y de ella surge un manantial de aguas calientes, creando un arroyo que corre por los pasadizos hacia los niveles inferiores, siguiendo la ley de la gravedad. Qué mejor guía para conducirnos directos rumbo al centro de la Tierra. Los viajeros sacian su sed y llenan sus cantimploras. 

   con este arroyo de compañero no hay ya razón alguna que nos impida alcanzar nuestro objetivo. 
   –¡Ah! Ya vas convenciéndote, muchacho 
   (Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 23) 

   La aparición del agua ha sido providencial, pero choca que haya sido tan tardía. Lo normal en una cueva es que la presencia del agua sea constante y abundante, en forma de goteras, coladas, charcos, ríos y hasta lagos, y lo inhabitual precisamente es encontrar galerías secas. Podría esto ser achacable al componente de lavas del suelo volcánico que han pisado hasta ahora los viajeros, pero lo cierto es que Julio Verne no menciona en su novela al agua como elemento esencial del proceso de creación de las cavernas por disolución de su manto de calizas, o por la abrasión producida por derrubios arrastrados por la fuerza de las corrientes fluviales. Sea como fuere, el hecho es que, en la realidad, es muy frecuente que para recorrer una cueva tengamos que ir siguiendo el curso de un arroyo subterráneo, que es un guía infalible para dirigirse hacia los niveles más profundos de la tierra, tal como hace el terceto del libro. 

   no se trataba más que de descender. 
   –¡Partamos! –dije, despertando con mi voz entusiasta los viejos ecos del Globo. (Cap. 24). 

   Mi tío maldecía de la horizontalidad del camino que ofendía en él al hombre de las verticales que era. (Cap. 24). 

   El viaje hacia el centro del Globo es, como la peregrinación al Averno, un viaje hacia abajo. Un descenso a lo inferior, que es como decir a lo infernal. De ahí que los tramos horizontales impacienten a Lidenbrock, y los verticales sean, por el contrario, bienvenidos con alborozo. 

   se abrió de repente a nuestros pies un pozo espantoso. Mi tío palmoteó de gozo al ver su profundidad y la inclinación de sus pendientes. 
   –Nos llevará lejos, y con facilidad, pues los salientes de las paredes forman una verdadera escalera. 
   Hans dispuso las cuerdas para evitar todo accidente. Comenzamos el descenso, que no me atreveré a calificar de peligroso, pues ya estaba yo familiarizado con ese género de ejercicio. (Cap. 24). 

   Axel está empezando a ser víctima de otro tipo de peligro que no es tan evidente en las cavernas: el exceso de confianza. Por muy familiarizado que uno se crea con los ejercicios de trepar y destrepar, los riesgos se agazapan en todos los rincones de la cueva, y es precisamente en los sitios más fáciles, los que nadie calificaría de peligrosos y por ello se baja la guardia, donde tienen lugar los percances más inesperados. Los resbalones, las caídas, las costalada